Propuesta para una licencia editorial que facilita el uso de contenidos en los que están involucradas personas que crean y personas que editan.
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Licencia Editorial Abierta y Libre (LEAL) | Propuesta 0.1

Notas:

  1. El presente documento no pretende ser exhaustivo.

Índice


Tipos de licencia

LEAL estándar o simplemente LEAL

Cualquier persona es libre de copiar, distribuir, reeditar y modificar el material o darle cualquier otro uso imprevisto que no resulte perjudicial para quienes se han involucrado en el proceso de creación y edición, siempre y cuando la nueva edición herede algún tipo de LEAL. Por «material» se entiende cualquier publicación, producto audiovisual u otro elemento en el que existan personas a cargo de algún tipo de edición de un contenido. La licencia no cubre el contenido editado, comúnmente entendido como obra («expresión concreta de alguna idea»), ni el tipo de soporte (impreso o digital, por ejemplo), sino el material generado a partir de una edición particular.

Quienes llevan a cabo la edición original del material licenciado aceptan que previamente llegaron a un acuerdo con las personas involucradas en el proceso de producción para que el material final contemple esta clase de licencia, evitando renegociar su reutilización para posteriores usos. Asimismo, las personas responsables de la edición aseguran que el contenido editado también cuenta con una licencia que permite emplearlo libremente para compartirlo, crear materiales derivados y hacer usos comerciales.

Además, la edición se encuentra abierta para que cualquiera pueda acceder a los archivos editables empleados y necesarios para la reedición del material, los cuales serán compartidos por quienes estén a cargo de la edición. Los usos comerciales de las reediciones están permitidos mientras no sean el único medio de adquisición del producto final, permitiendo el apoyo económico a las personas involucradas en nuevas ediciones pero garantizando al mismo tiempo el libre y gratuito acceso al material.

LEAL con atribución o LEAL-A

A la LEAL estándar se le añade el requerimiento de que en nuevas ediciones basadas en una edición con LEAL se reconozca el trabajo de edición del material empleado como base. En tal atribución solo es necesario mencionar a quienes participaron en la edición inmediatamente anterior, para así evitar que la herencia de este carácter se prolongue indefinidamente.

¿Por qué una Licencia Editorial Abierta y Libre?

Mayor libertad de uso final

Es necesario dejar de contemplar a las personas como consumidoras pasivas, quienes a través de un intercambio económico obtienen acceso a un artículo. Por el contrario, tienen los mismos derechos de acceso, creación, reinterpretación y difusión del contenido. Por eso son libres de usar cualquier edición con LEAL sin tener que pedir autorización a nadie. Para este fin se entiende que la cultura libre involucra una cultura de honestidad intelectual para el libre y seguro acceso al conocimiento.

Mayor libertad en la autoría

La persona a quien se le atribuye la autoría del contenido deja de encontrarse en la necesidad de cederle a quien edita todos los derechos de explotación. Quien se atribuye la autoría permite la edición de un material determinado, quedando a su consideración si desea recurrir a una tercera parte para una nueva edición o reedición, sin que se limite a tiempos de derechos reservados, contratos u otros impedimentos administrativos o jurídicos que merman las posibilidades del quehacer cultural.

Mayor libertad en la edición

Quienes se encargan de la edición de una obra dejan de encontrarse en la necesidad de recurrir a costos, muchas veces excesivos, para poder reeditar un contenido previamente publicado o, peor aún, de tener que esperar décadas para que el contenido sea de dominio público. Los costos de producción se disminuyen al no tener que contemplar el pago de derechos. El aparato jurídico-administrativo se simplifica al no tener que llegar nuevamente a acuerdos que abarcan a cada una de las partes involucradas en la producción. Se abre la posibilidad de crecimiento para pequeñas editoriales o personas que editan de manera independiente.

Acceso abierto a todo el contenido

Es indispensable que los materiales con licencias libres no solo otorguen el permiso de reutilización, sino que también faciliten el acceso a todos los contenidos empleados durante la edición. Con LEAL se asegura que cualquier persona tenga la posibilidad de acceder a los contenidos de un material editado sin necesidad de recurrir a métodos de ingeniería inversa, entendiéndose por esta el proceso para obtener el contenido de un producto a partir de su presentación final, como lo pueden ser la digitalización de un material previamente editado o la eliminación de candados de gestión de derechos digitales (DRM, por sus siglas en inglés). De esta manera se elimina el trabajo repetitivo de reconstruir una edición a partir del material que llega a las manos de cualquier persona.

Alternativa a la cesión de derechos

El contrato comúnmente celebrado entre las personas a quienes se les atribuye cierta autoría y quienes les editan o producen el material final involucra una cesión total de derechos de explotación (también conocidos como derechos patrimoniales) hacia la entidad editora. En muchos casos la persona responsable de la autoría no desea ceder todos los derechos de explotación, y en algunas situaciones quienes editan tampoco tienen interés en adquirir derechos más allá de una producción específica.

Por otra parte, las alternativas de algunos derechos reservados tienden a enfocarse en el contenido editado, obviando el esfuerzo del trabajo colaborativo para la producción del material final. Tal simplificación suele invisibilizar parte de los procesos primordiales para la publicación de un elemento, lo cual es evidenciado principalmente por la habitual ausencia de todo el material empleado durante la edición del contenido.

Como punto medio, la LEAL propone un acuerdo explícito entre las personas responsables de cierta autoría y quienes les editan, en el cual las primeras solo otorgan algunos derechos reservados que son del interés de las segundas, junto con el compromiso de hacer públicos todos los contenidos empleados durante la edición. De esta manera se logran visibilizar todas las partes necesarias para publicar un contenido, al mismo tiempo que un solo acuerdo inicial permite la reutilización de cierto material para futuros casos.

¿Qué aspectos cuestiona?

Invisibilización del trabajo editorial

Claramente, dentro del marco de la cultura libre sigue considerándose primordial el reconocimiento a la persona que ha creado el contenido inicial de un material o generado su idea inicial (concepto de autoría). Las licencias comunes abordan los contenidos (u obras) de forma global, invisibilizando el esfuerzo específico que requiere la edición de un material en particular. No solo la persona a la que se le atribuye la autoría debería tener la facultad de decidir el rumbo de un material que fue trabajado de manera colectiva, pero hay muchos matices por considerar respecto al tema.

Una de las características del quehacer editorial es su bajo perfil: la calidad de la edición de un contenido se mide según la ausencia de obstáculos para la apreciación de un material final. Quienes editan están al tanto de esta necesidad de imperceptibilidad. Sin embargo, en lo que respecta al aspecto económico, las grandes entidades editoriales han sobresalido por llevar a cabo prácticas hegemónicas y monopolizadoras que perjudican al resto de las partes involucradas en la producción de un material. Las personas que procuran generar prácticas editoriales más equitativas también se ven afectadas, pues en la mayoría de los casos tal actividad ha quedado marcada por el dominio de unos cuantos.

La doctrina de los derechos de autor no surgió por un deseo genuino de protección a la autoría de un contenido, sino para ejercer cierto control sobre la obra y proteger los intereses económicos. En la actualidad, los derechos de autor no distan mucho de sus orígenes: mediante esta doctrina muchas entidades editoriales han hecho valer sus intereses sin importar que vayan en contra del ecosistema cultural del libre acceso a la información o, incluso, sin brindar una retribución pertinente a quien cedió los derechos de su contenido. No es casualidad que la labor editorial haya sido reducida a sus peores caras: tener la facultad, en varias ocasiones autoritaria, de decidir a quién publicar, cómo comercializar una publicación o a quiénes privilegiar.

Con los nuevos contextos digitales este paradigma se pone en duda gracias a un proceso de empoderamiento tecnológico: ¿para qué se necesitan editoriales si al parecer ya existe software que puede «sustituir» su trabajo; si ya es posible acceder directamente a los canales de distribución; si cabe la posibilidad de ahorrarse disgustos al hacer todo de forma independiente; si solo quieren «secuestrar mi obra» y lucrar con ella?

Sin embargo, se pasa por alto que la edición también es un proceso creativo; que el cuidado que implica no puede ser provisto por una herramienta de software:

  • El trabajo llevado a cabo por un equipo de personas para contrastar la validez de la información.
  • La homologación del contenido para brindarle mayor claridad.
  • La necesidad de coordinación entre varias personas cuyos perfiles van desde la autoría y la creación hasta la corrección, traducción, diseño, ilustración, programación, impresión, entre otros, donde se incluyen perfiles tanto artísticos y científicos como de ingeniería, administración y logística.

Por estos motivos el quehacer editorial dista mucho de ser absorbido por el software, aunque también se hace evidente que:

  • La edición se complementa gracias al software. Como oficio o profesión, requiere de software especializado para la consecución de sus tareas.
  • La autoedición o la autopublicación facilitada por el uso de software no se contrapone al trabajo realizado por una editorial; al contrario, solapa el orden establecido de muchas prácticas editoriales, haciendo al mismo tiempo patente lo imprescindible que es la edición.
  • La edición también demanda un libre acceso a las herramientas y a los contenidos para mejorar su calidad.

Por lo tanto, el problema de invisibilización no surge de la necesidad de un bajo perfil del trabajo editorial, sino del pretender minimizar e incluso erradicar al personal que está detrás del cuidado de una edición. Siempre es necesaria la edición, sea colaborativa o en forma de autoedición: es el autoritarismo de ciertas entidades editoriales lo que hay que erradicar.

Ambigüedad del concepto de obra

En la doctrina de derechos de autor, la obra por lo general se entiende como «la expresión concreta de una idea». Si bien en un primer momento esta definición parece ser autoexplicativa, en la práctica se presta a enormes dificultades. Un ejemplo claro de estas complicaciones se da al momento de celebrar contratos de cesión de derechos patrimoniales o de copyright, según el contexto jurídico, en el cual quienes se atribuyen la autoría ceden todos los derechos a quienes editan, sin importar el soporte en el que se elaboró el material final ni la edición determinada. ¿La obra representa todo el material producido o solo su contenido?

En el pasado este problema era prácticamente desconocido, ya que el único soporte disponible era el físico y su reproducción por parte de terceros era imposible o económicamente inviable, por lo que la obra guardaba una relación estrecha con su soporte. Sin embargo, en los nuevos contextos digitales, por lo regular es posible la fijación de la obra en diversos soportes o formatos. Un ejemplo sería una novela que no solo puede plasmarse en impreso, sino también en formato digital, ya sea como texto o como audio.

En la industria del libro son pocas las entidades editoriales que tienen interés en todos los soportes disponibles de una misma obra o contenido. Y son menos las que tienen las capacidades técnicas o económicas para poder ejecutar la obra en todos los soportes posibles. Esta situación no solo está presente en esta industria, sino en el quehacer cultural en general. Quien se atribuye la autoría no debería tener la limitación de ceder todo o nada a quienes pretenden editar o producir cierto contenido. El concepto de obra no puede restringirse a su soporte.

Además, la obra presenta un problema de determinación. ¿Cuándo se considera que algo es una obra: cuando una persona termina de plasmar cierta idea o cuando se produce y edita un contenido para generar un material final? Si es el primer caso, carece de sentido cualquier tipo de edición que no sea la autoedición. Si se da el segundo caso, entonces no solo la persona que plasma inicialmente la idea, sino cualquier otra persona implicada en su edición, compartiría de igual forma los derechos de autoría. Que la cultura sea libre y compartida acarrea que cualquiera tenga los mismos derechos de acceso a esta. Sin embargo, esto no implica que cualquier persona se considere «creadora» de cierto contenido. Tal vez una aproximación al punto medio de este problema sea ver a la obra no como un producto, sino como un proceso para llegar a un elemento final.

El proceso inicia con el contenido base para su posterior transformación. Quien se atribuye la autoría puede considerarse como la persona que otorga tal contenido. Quienes editan pueden percibirse como las personas que la transforman para obtener un resultado más completo. La obra o el material final es un fruto tanto individual como colectivo, y en su aglomeración de esfuerzos, talentos y voluntades disminuye la importancia de la atribución, ya que se vuelve más relevante el qué, cómo y para qué se hizo que el quién lo produjo.

La ambigüedad del concepto de obra es primordial para continuar alimentando la discusión sobre la manera en que como personas o comunidades entendemos nuestra cultura. No obstante, desde el plano del derecho quizá lo más conveniente sea solo concentrarse en las fijaciones particulares de cada obra, para poder dar con una legislación más equitativa que permita el acceso público, al mismo tiempo que se reconozca el trabajo de quienes han invertido tiempo y esfuerzo en la edición de un producto final.

Sacralización del concepto de autoría

Como se ha mencionado en otros espacios que abordan el tema de la cultura libre: las creaciones no pueden pertenecer a alguien. Si bien puede ser cuestionable el concepto de autoría comúnmente difundido, no es esta noción la que daña la libertad de los contenidos, sino el derecho de propiedad que se atribuye a alguien por el hecho de haber dado forma a una idea que fue gestada dentro de una comunidad, en lugar de permitir que tal idea regrese a la colectividad gracias a la cual se formó para continuar su transformación y desarrollo.

¿Por qué es cuestionable el concepto de autoría? Aquello denominado obra no es una creación espontánea. La persona a quien se le atribuye la autoría de cierto contenido no es alguien que recibe una iluminación azarosa o una idea surgida de la nada, sublime y repentina. Es alguien que retoma un previo bagaje cultural para transformarlo. Sí, la creación puede ser un proceso íntimo que implique un vínculo con quien lo creó. Sí, el proceso creativo implica trabajo y esfuerzo. Sí, es válido reconocer a la persona que ha dejado su marca personal al plasmar cierta idea. Pero esto no significa que tal persona deba ser propietaria de tal idea. Creer que debemos ejercer cierto control sobre lo que hacemos es violentar la información: «porque yo te creé eres de mi propiedad, siempre tendrás mi marca y solo yo puedo decidir hasta dónde llegas y bajo qué condiciones».

Desde hace varios siglos se ha observado una exaltación de la figura del autor, que va en detrimento de las demás personas que se involucran en el proceso de edición de un material. El autor se percibe en el imaginario colectivo como una persona, por lo general un hombre, de talante enciclopédico, cuya capacidad opaca al resto de las personas que colaboran para publicar su trabajo, hasta el punto de considerar secundario el esfuerzo del resto. El autor tiene la última palabra. El autor es alguna clase de ente extraño cuya generosidad llega al punto de ceder los derechos de su obra para que otro ente accidental se la edite. El autor es una clase de ser vivo extraordinario. En realidad, la persona a quien se le atribuye cierta autoría es alguien que sin duda ha realizado un gran esfuerzo al plasmar alguna idea, pero cuyos logros serían imposibles sin haberse alimentado primero dentro de una colectividad.

La individualización del quehacer cultural ha inducido a percibir al autor como el pilar de nuestra cultura. Como si la creación de una obra fuera un acto espontáneo que no depende de un bagaje previo. Como si la relevancia cultural de la Antigua Grecia solo se hubiera dado porque existió un Sócrates, un Platón o un Aristóteles, y no gracias a todas las personas de quienes aprendieron o aquellas que reprodujeron sus enseñanzas, recitaron sus obras, pasaron al papel sus pensamientos, o editaron y discutieron lo que habían dicho. Como si en Mesoamérica la flor y el canto se hubiera expresado solo gracias a Nezahualcóyotl o Macuilxochitzin, cuando se dio el caso inverso: gracias a la flor y el canto cada uno de ellos pudo poetizar. Como si la estabilidad y el crecimiento de las culturas populares residiera en la creación de obras según cada autor, en lugar de regirse por un sentido comunitario de libre colaboración.

Sin duda la noción común de la autoría implica la creación del contenido inicial para un producto cultural. Sin embargo, entre tal contenido y lo que cabe considerarse como una obra o material terminado existe una gran distancia que solo a través de diversos procesos y personas involucradas se puede recorrer. La relevancia cultural que un producto final puede acarrear es proporcional a la dedicación de todo un equipo de trabajo, sin mencionar su recepción y apreciación. La calidad del contenido creado por una persona puede llegar a ser motivo de admiración, pero en el trabajo colaborativo esto no significa que un autor sea lo único necesario para que una obra sea difundida y apreciada.

Restricción de uso final

Cuestionamos la noción de autoría pero reconocemos el derecho de la persona autora para decidir licenciar una sola edición y no ceder todos los derechos. ¿Por qué? Porque estos derechos solo suelen beneficiar a las grandes productoras y entidades editoriales, quienes limitan el uso de los materiales para obtener un mayor beneficio económico de los mismos. Un contenido seguirá vivo mientras su difusión continúe, y esto es más fácil de lograr dejándolo libre en lugar de restringirlo.

Las libertades que se otorgan a cierto contenido o material no tienen por qué limitarse a lo establecido por alguna licencia. Si bien aquí se proponen ciertas pautas iniciales, es necesario generar diálogos y aclarar expectativas sobre los alcances esperados de cada material publicado.

¿Cómo pretendemos eliminar todas las barreras de acceso a la información mientras creamos otro tipo de muros, como los económicos, sociales, políticos, raciales, culturales o de género? En la apertura de todo contenido encontramos la posibilidad de un crecimiento más equitativo, hasta difuminar la brecha entre quienes crean y quienes aprecian.

El hecho de que nos identifiquemos únicamente como agentes consumidores de cultura, es decir: como personas meramente lectoras, espectadoras, oyentes o admiradoras, no es una cuestión predeterminada: es una decisión y una actitud política: es complicidad y convicción de que la cultura es un producto de consumo. Sin embargo, en cada acto de «copia», de «vandalismo», de «pirateo» o de «sabotaje» se percibe un deseo de algo más que estar únicamente a la expectativa. Y no solo eso: se percibe un empoderamiento respecto a las herramientas que tenemos al alcance para crear fisuras a las culturas corporativas o subsidiadas que nos han creado el imaginario de que todo producto cultural tiene que estar avalado por una institución o ha de ser apoyado económicamente por algún estado.

La reutilización como empoderamiento erradica el supuesto de que las personas solo somos capaces de ejercer cultura a través de mecanismos tradicionales de producción, distribución y comercialización. Tal herramienta en simbiosis con nuestros cuerpos elimina la distancia entre el uso de algo plasmado por otras personas y la reapropiación de ese algo. La apertura y el libre uso de un contenido destruye el supuesto de que solo algunas personas tienen la capacidad de actuar.

Si la restricción existe para mantener el orden, entonces el problema no es el uso libre y abierto de nuestra cultura, sino la pretensión de controlar los mecanismos de empoderamiento y enriquecimiento.

Discusión y colaboración

Como podrás darte cuenta, este documento está inacabado y lleno de lagunas que solo mediante el debate y la contribución de más personas podemos solventar. Existen muchos elementos que se tienen que discutir, por lo que esta propuesta de Licencia Editorial Abierta y Libre está disponible para cualquiera que desee colaborar. Puedes escribirnos a contacto@perrotriste.io.