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<title type="main">Hacia la justicia</title>
<title type="sub">Libro extraño, Tomo V</title>
<title type="short">Justicia</title>
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<idno type="viaf">212914573</idno>
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<name type="full">Francisco Anselmo Sicardi</name>
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<idno type="viaf">74763927</idno>
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<principal xml:id="uhk">Ulrike Henny-Krahmer</principal>
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<date>2015</date>
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<seg rend="italic">Libro extraño. Tomo V. Hacia la justicia.</seg> Alicante:
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, <date>2000</date>, <ref target="http://www.cervantesvirtual.com/obra/libro-extrano-tomo-v-hacia-la-justicia--0/">http://www.cervantesvirtual.com/obra/libro-extrano-tomo-v-hacia-la-justicia--0/</ref>. </bibl>
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<seg rend="italic">Libro extraño. Tomo V. Hacia la justicia.</seg> Buenos Aires:
Imprenta de M. Biedma, <date when="1902">1902</date>. </bibl>
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Imprenta de M. Biedma, <date when="1902">1902</date>. </bibl>
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<abstract>
<p>
<quote>
<p>Professor of medicine, Sicardi used his clinical experience to gather
material for this novel that treats of abnormal personalities and mental
aberrations. <seg rend="italic">Libro extraño</seg> is a social study of
a group of families and individual characters, many of whom reveal
psychopathic behavior of propensity toward moral depravity. In this
naturalistic novel, Sicardi expounds the doctrine of determinism as he
traces mental diseases and immoral behavior from one generation to the
next.</p>
</quote>
<bibl>Lichtblau, Myron (1959), The Argentine novel in the nineteenth century, p.
179-180. Cited by Lichtblau, Myron. <seg rend="italic">The Argentine Novel:
an annotated bibliography.</seg> Lanham, Maryland, 1997, p. 950.</bibl>
</p>
<p>
<quote>
<p>Francisco Sicardi es uno de los representantes del realismo naturalista
en nuestro medio. Escribió un ciclo novelístico sobre distintos aspectos
de la vida porteña, titulado <seg rend="italic">Libro extraño</seg>,
además de algunos poemas y piezas teatrales. Prosista vigoroso y
antiacadémico, ajeno a las preocupaciones formales, era uno de los
'raros' con que simpatizaba la generación de Gálvez y, en cambio, casi
un desconocido para la crítica literaria oficial. Según Gálvez, es un
precursor de la novela argentina de nuestro siglo.</p>
</quote>
<bibl>Scotti, María Angélica (ed.), Memorias de la vida literaria argentina, p.
61. Cited by Lichtblau, Myron. <seg rend="italic">The Argentine Novel: an
annotated bibliography.</seg> Lanham, Maryland, 1997, p. 950.</bibl>
</p>
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<term type="author.continent">America</term>
<term type="author.country">Argentina</term>
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<term type="text.language">Spanish</term>
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<front>
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<head>Prólogo</head>
<p>El libro toca a su término. Ya era tiempo. Ha pasado a través de muchos dolores y
ha disecado un gran trozo de alma humana. Los pobres fronterizos que lo han
hecho entraron en el sepulcro sin esplendores, ni ruidos, como todos los
anónimos, después de haber poblado las noches del escritor, arrulladas por el
tic-tac del reloj en la casa honda y silenciosa. Han sufrido y han rezado. Más
de una vez el puñal fue la <seg rend="italic">suprema ratio</seg> y los
callejones del suburbio y la ciudad en guerra civil se impregnaron de sangre.
Por eso sus páginas tienen aletazos de alma y rugidos de bestia, todo entre las
tormentas, los crepúsculos suaves, las madrugadas y las noches serenas de astros
maravillosos en el azul profundo de la naturaleza de mi tierra, impregnada de
emanaciones de trebolares y cardos, de perfumes acres de alfalfas y sina-sina,
de selváticos tufos de ombúes resecos, esos esqueletos que no quieren salir
todavía del humus patricio, melancólicas ruinas y amables refugios muertos del
corazón vagabundo del pueblo viejo... Por eso si algo hermoso tienen sus
páginas, reflejo es de la hermosura de mi tierra y todo lo imperfecto que es lo
más, reflejo es de la imperfección humana, porque el instinto de arte tiene como
instrumento a la lira salvaje y descompuesta con esplendores intermitentes y
sombras gigantescas. Por eso también la perfección es un <seg rend="italic">desiderátum</seg> o tal vez una gloriosa megalomanía.</p>
<p>Tengo para mí que para llegar a ella los poetas debieran tragar el humus de los
campos, llenarse la boca del barro fecundo y escupirlo a chorros sobre las
páginas. Así crearían la selva, la maleza, la covacha de la fiera y el nido y
debieran pedirle al éter los colores, a los astros las carolas luminosas y al
océano el misterioso idioma de las mareas, el zumbar de las borrascas y la
tranquila y solemne elocuencia de sus calinas. De esa manera estrofa estaría
llena de la ansiosa vitalidad de la naturaleza. Sería la verdad y sería lo
digno. Porque mientras los escritores hagan servir el divino arte para la
miniatura insulsa, y los desmayos y el numen de la fuerza que conforta y levanta
no agite y sacuda las cuerdas del plectro, esta virginal tierra de América no
tendrá nada que agradecerles. Han despreciado sus bellezas vigorosas. ¡Es una
diosa que quiere parir y no encuentra quien la fecunde!</p>
<p>A veces uno piensa que no hay virilidad intelectual. Todo es medido y pequeño. El
artista gigante que esculpa la verdad en los granitos y en los mármoles de la
montaña no existe, ni el poeta que revele las alegrías y las lágrimas de las
cosas. ¡Parecen en el pasado visiones espectrales los grandes muertos! Ellos
auscultaban a la madre tierra, ellos sabían el alma del ritmo, mientras aquí los
colores están impregnados de luz purísima, nacen, viven y se van sin dejar nada
en el pincel humano, como una estéril tristeza. Late el corazón; las
generaciones se mueven. En vano el primero es cítara de cuerdas sangrientas con
amor, con dolor, con hondos ensueños que narran la leyenda generosa y describen
las sombras del delito y en vano orquestas son las muchedumbres, que ruedan a
través del tiempo en una marcha interminable consolidando sus índoles, grabando
etapas históricas, en pos de objetivos distintos. ¡En vano! Sus clamoreos se
pierden, sus cánticos de gloria se dispersan; sus retrocesos desaparecen en las
tinieblas. Nadie escribe el poema de nuestra marcha en la odisea del presente.
Será porque ya no hay patria, porque ya no hay mundo, ni tiranos, ni esclavos,
ni ergástulas políticas. ¡De manera que los pobres electos que aman la libertad
pueden morirse! La desventura no se socorre, ni la mano está hecha para
acariciar la mejilla macilenta del que sufre hambre. Por eso hoy, después de
tanta peregrinación de siglos, en presencia de las razas sanas y fuertes, hemos
vuelto de nuevo al madrigal. ¡Cantamos la poesía de las blancas pelucas y los
afeites de los abades elegantes y lascivos! El himno al sastre triunfa y
endiosamos los perfumes acres de las casas de modas y de las peluquerías. O si
no los artistas escriben el lupanar. Se han apercibido que si no hacen eso, el
hambre los va a devorar y los hijos que no tienen la culpa de haber nacido serán
miserable ludibrio, si hombres y carnes de dolor y de infamias si mujeres. Y la
degeneración ha llegado hasta olvidar su propia psicología. Usan la ajena
estética y roban el alma ajena y si por casualidad pasa algún salvaje de melena
hirsuta y ojo revuelto que marche como un sonámbulo solitario y derrame de su
pluma tinta con olor a macho, los efebos y estetas delicuescentes arrugan la
nariz y exclaman:</p>
<p>-¡Puff! ¡Porquería! Para volver y para siempre al regazo estéril de las marquesas
en decadencia, transformados en perritos lanudos y concupiscentes. ¡No haya
miedo! No serán fecundadas porque no tienen ovarios... ¡El progreso ha creado la
laparotomía para arrancarlos!</p>
<p>Por eso he pensado que los sanos y los fuertes siembran en la estepa. La semilla
no cuaja y el árbol no retoña. Así sus libros tienen la vida precaria y llenos
de tierra, rotos y manchados de mohos y de humedad desaparecen en los rincones
de la casa del escritor. Los pocos amigos que no saben esto lo ven pasar y lo
saludan como a una esperanza; los demás usan con él alta conmiseración y siguen
ganando plata. Mientras tanto el alma se encoge y se llena de enconos sordos; la
telaraña envuelve y mata las alegrías ingenuas y las fruiciones de la creación y
la mente se acostumbra a creer inútil la virtud. Ya no estima a las madres que
se encierran para amar y sufrir, ni elogia el trabajo pertinaz y silencioso que
forma la casa. Lo que sabe es que el triunfo acompaña a la hetaira semidesnuda
de pechos procaces. Esa es una pródiga. La concepción no la deforma y el
artificio da esmaltes a sus carnes, agranda el ojo y ennegrece la pestaña,
mientras las otras palidecen y encuentran la vejez prematura. Han alimentado a
los hijos y no duermen para velar su sueño. ¡Tristes criaturas, como los
escritores que hacen la obra honesta y profunda! Menos mal si detrás de ellos
hay un alma de hierro, de esas que no quiebra la indiferencia, ni la diatriba
conmueve, ni el elogio vulgar y mentido tuerce en su nativa fertilidad, una de
esas almas resueltas hasta morir por las viriles energías de su credo de arte,
porque entonces las malas pasiones se hacen pedazos en su coraza de caballeros,
el sendero se abre y en la hora de la vejez o de la muerte se llega al triunfo
sin discusión, a la apoteosis consentida. No siempre es así. Los aristarcos
suelen triunfar. El corazón a ratos es frágil como el cristal; la indiferencia y
la injusticia deshilachan sus carnes de seda; el desaliento amarga los
soliloquios sombríos del artista quebrado y la mente saturada de aristócratas
delicadezas sucumbe al estrujón de la mano áspera y plebeya. ¡Ah! ¡Esos
canallescos insuficientes, corolarios de rameras y de innobles truhanes! Yo los
conozco. No tienen sangre roja en las arterias. Son puro hígado. El genio los
desazona. Se enfurecen y se trastornan. Usan lívido el polen y la pluma grosera
como vidrio de papel de lija. Se sientan a escribir. ¡Tuvieran siquiera la
grandeza de los iconoclastas, fueran sectarios de esas colosales revoluciones de
pueblos o heraldos de las nuevas ideas! Nada. Lo que quieren es destruir. La
envidia los aguijonea. Hay que matar en germen las iniciativas, no consentir que
los jóvenes escriban, que tengan ideas y sensaciones, que amen y sufran, para
que lo hidalgo y las tentativas audaces y todo ese orbe caliente y agitado del
alma juvenil se agoste batido por la frase siniestramente simiesca o se
aletargue en la fría ponzoña de la crítica maligna. ¡Si habrán amado alguna vez
estos degenerados, si se habrán sentido alguna vez égida de cosas nobles, amparo
de bellas criaturas o sombras robustas de purezas amables y delicadas! Por eso
muchos escritores mueren jóvenes, cuando el latigazo cae demasiado pronto y
hiere las fibras virginales de la corola naciente. Acostados en los sarcófagos,
larga y blanca la persona, lamentan hasta la vejez extrema aquellas fantasías
acariciadas y muertas en plena frescura, los pobres versos en amarillento papel,
los bocetos de verdes naturalezas tirados en el rincón más obscuro de los
roperos. Son luego remordimientos. Suenan como una reprehensión, como una falta
dolorosa al deber. Esa es la obra de los verdugos. Así queman muchas páginas de
gloria estos traidores a la patria, que destruyen los bloques marmóreos
destinados a formar más tarde su monumento, y a darle efigie honda y vigorosa.
¡Por eso los escritores que no buscan el elogio y ven pasar la diatriba con un
vigoroso sacudón de hombros, blandiendo la pluma con ahínco, más salvaje todavía
y escribiendo porque son persona y voluntad, deben enviar a los jóvenes artistas
la palabra de aliento y de esperanzas y concitarlos a ser... a nutrir su Yo y a
agigantarlo! Deben saludar a estos formidables que bajan al estadio para la
lucha, a los perseverantes, a los inquebrantables, a los irreductibles y a los
buenos que estrechan la mano de los que empiezan la vida intelectual y los
acompañan en el difícil camino, porque son los jóvenes los que han hecho esta
tierra, muriendo en los combates y derrochándose en el trabajo y en la vida
pública. ¡Oh! ¡Jóvenes! ¡Es necesario ser! Los aristarcos desaparecen ante la
tenacidad y la fuerza. Es necesario ser porque la patria quiere que nadie se
esterilice y desea hombres para el porvenir...</p>
<p>Y ya van faltando. El momento presente es gelatinoso. Los gobiernos son blandos;
los pueblos son blandos. No hay la educación constante y tenaz. Por eso cuando
se hace una manifestación de energía, eso se llama revolución, que resulta un
corolario enfermizo porque después el músculo se agota y el alma también. Así se
explica que crezca con lujuria la maleza y abrase y mate la planta juvenil. ¡Así
se explica que lo podrido se acumule y triunfe en Dinamarca! De aquí la
necesidad de las letras viriles y del apostolado frío de todos los momentos,
porque es necesario que los escritores se convenzan que no serán persona en esta
tierra, mientras no sean combatientes. Ya es bueno que cese la risa sardónica de
las insuficiencias que ocupan las alturas y no es la primera vez que los
gavilanes negros de la pluma se han trocado en catapultas. Si no hacen esto no
gozarán derechos y si se quejan de la injusticia o mengua en que se les tuviere,
eso se dispersará entre el rumor de cualquier carcajada compadre o en la vulgar
lástima de los sibaritas triunfantes. Menos madrigales. Es necesario que la
pluma sea temida entre y se revuelva entre las carnes sangrientas. ¡Es necesario
empujar al país hacia la honra! ¡Detrás de nosotros hay un pasado que puede
servir de ejemplo! Hay monumentos en las plazas de la República, trozos de
bronce pardo, que bajo el gran sol escriben el poema de la gloria honesta y hay
esfuerzos de trabajadores diseminados en todo el territorio, que dicen a grito
herido que esta es tierra capaz de grandezas, y puede ser cuna, fragua y crisol
de civilizaciones, alma de desamparados, savia para estériles y resurrección de
tristes. Por eso yo afirmo que las páginas que se escriben con lodo no entran en
el ciclo de nuestra marcha y los truhanes no forman en la corte de las realezas
de nuestra historia. ¡Son manchas que no empañan, basuras que se apartan con el
taco, caracuces que se tiran a los perros! El gran sol de los cielos brilla
siempre aún a través del nubarrón que cruza por delante!</p>
<p>Pero es bueno que no pululen. Para eso el culto al pasado, a lo que queda en la
historia, a todo lo que sin mancha traspone los tiempos y cubierto de polvo vive
todavía salvado por el recuerdo. ¡Oh! ¡La eterna primavera de las ruinas! ¡Oh!
¡Niñez de mi ciudad natal! Todavía hay cercos perfumados que limitan los
callejones del suburbio, trenzas obscuras de moras y corolas de rosas
selváticas. Adentro de ellos viven los cuices, la lagartija curiosa que sale al
camino y espía, canta el jilguero, procrea el sapo y la ratona gorjea la alegre
melodía. Por lo mismo que es un mundo que se va, vosotros que amáis esta tierra,
sacaos el sombrero cuando pase Genaro con su guitarra de cantor del suburbio a
la espalda, porque la reverencia no es al hombre, ni al que escribe, sino el
pobre y melancólico símbolo de ese mismo mundo, al extraño y dulce poeta de las
viejas cosas adoradas, para que nunca mueran los ombúes, ni los sauzales, ni las
alhucemas, ni los roperos de caoba, que guardan todavía ricas sedas, encajes y
peinetones, con que vistieron sus carnes las que ya pasaron. ¡Inmortales así
mismo! A través del silencio, cuando las campanas tocan ánimas en la tiniebla,
como si fueran voces del infinito desasosiego humano, bajo el cielo obscuro y
sobre los esplendores de las calles iluminadas, en la hora en que los niños
juntan las manos para rezar, entran en la casa solariega las viejas abuelas, las
compañeras de la fuerte raza, las hembras castas y venerables sobre cuyo corazón
durmieron los guerreros patricios... Porque después ellas envolvían en los
grandes rebozos de espumilla perfumados de cedrón y de retamas el cuerpo herido
de los héroes y paso a paso camino de la Recoleta siguieron sus féretros,
iluminados por su mirar grande y sereno. A esa hora entran en la casa solariega
las viejas abuelas, ¡¡las hembras castas y venerables de los caballeros de la
fuerte raza!! Porque si es cierto que todas las cosas tienen estrofas en la
entraña, son de granito las que conservan las edades fenecidas, almas vivientes
de los dioses tutelares y sollozando van hacia el olvido tristes historias de
dolor y de quereres, hondos sonidos de lágrimas que no se ven y virtudes de
sacrificios silenciosos. ¡Por eso Genaro es un canto de reverencia y la suprema
piedad de un espíritu! En la niñez esos panoramas enriquecieron nuestra retina y
los bálsamos de los pastos enriquecieron nuestra sangre. El ombú nos dio su
sombra y los callejones oyeron el estrépito de los juegos y reyertas infantiles.
La mente vagabunda abierta a las sensaciones se formó entre los estremecimientos
del fecundo suelo, vivió en pleno sol, con la visión de los charcos lejanos,
mirando con asombro la mancha escarlata de los hornos en ignición. La leyenda de
la viuda ese fantasma blanco, ese nocturno y gigantesco caminador de los
callejones obscuros y el cuento de Juan sin miedo en la cueva del campanario
entre la mueca y los besos glaciales de un ejército de cráneos, eran el
misterioso terror de las noches sin sueño, la arcana trepidación, la pavorosa
sospecha de muchos más allá, la adivinación casi de los peligros de la edad
futura. Así estos recuerdos tienen en sus átomos fragmentos, gritos e impetuosas
sensaciones de la grande y eterna alma de niño, y serán como ella inmortales,
aunque su larva material vaya desapareciendo. Por eso también el poeta escribe
la tierna despedida con los latidos lentos y profundos del corazón melancólico,
el adiós a las lágrimas de las cosas viejas de nuestra tierra adorada. ¡Adiós
madres de nuestra niñez, alma naturaleza de las afueras! La religión del
recuerdo os salve ¡oh! ¡Divinas cabezas blancas desaparecidas! De cuando en
cuando se oye todavía el tañido de una guitarra y tuerce su copa algún ombú a lo
lejos porque el Pampero pasa. Entonces esos murmullos suenan en la casa
silenciosa como un crujir de cunas, como cadencias de amables nenias y el poeta
repite las palabras de la elegía:</p>
<p>-¡Adiós Genaro! Adiós madres de nuestra niñez, ¡oh! ¡Divinas cabezas blancas
desaparecidas!</p>
<p>Porque el progreso transformó al erial en ciudad y sustituyó al alma de la
naturaleza por el alma del hombre. Las manzanas se cuajaron de casas y la
callada orquesta de las soledades fue vencida por el estruendo tartáreo de las
máquinas. Sobre las raíces secas, sobre las linfas quietas y muertas, sobre las
alfalfas podridas en los prados y las ciénagas ponzoñosas pobladas de carroñas,
al lado de la tapera, de los cercos de moras y sina-sina arrancados de cuajo y
tirados de través en los callejones estrechos, sobre los esqueletos de la
arboleda hachada y sobre el frío de nieve del cementerio que cubre los restos
del mundo viejo, -¡el sol que alumbra los techos y hace chispear los vidrios,
que calienta el agua azulada de las bateas y resplandece sobre la cabecera de
las cunas y la gloria del músculo que se contrae y crea, las viriles energías de
los corazones trabajadores en marcha, los polvorientos huracanes de antaño
asoladores y bárbaros, detenidos por las paredes de ladrillo rojo, como baluarte
de civilización, las plegarias de misteriosas voces y el arcano salmo de la
naturaleza desierta vencido por los rosarios, que la familia reza en los nuevo,
hogares, el grito humano más sublime que el treno sin palabras de los mundos, la
sensualidad de la fuerza sana en triunfo, el día sobre la noche y la vida sobre
la muerte! Y a pesar de haber desaparecido casi las formas materiales, la vieja
raza pendenciera y brava deja sus gérmenes dispersos en la República. Por eso en
el tercer tomo D. Manuel de Paloche escribe el poema del trabajo y Desiderio el
poema de la revolución. En él la ciudad crece y se agiganta, las razas bregan y
sudan; sus índoles y sus familias se confunden; cambia y se vigoriza el
organismo y del choque fecundo surge un arquetipo de hombre físico y va
formándose el ciudadano de los nuevos tiempos, la fresca y sana civilización que
ha creado la Avenida de Mayo y necesita el cuarto de baño. Por eso Paloche
megalómano e iluminado hacia el porvenir es un símbolo y Desiderio apóstol del
pasado es un símbolo, un emblema de la mente fosca y sanguinaria de la edad
bárbara, dos creaciones monstruosas que guardan en el tórax ancho y en el
intelecto potente muchos años de evolución argentina, dos sombras que agitarán
siempre la vida de nuestra tierra, mientras haya trabajadores que plasmen y
sectarios de la revolución que destruyan, porque hasta ahora esa va siendo
nuestra historia de adentro y una generosa utopía la paz. Por eso D. Manuel de
Paloche es una tendencia, el deseo de la perfección social y la voz misteriosa y
profunda que suena en la mente de los que desean el triunfo de la civilización
política. Su martirio significa la muerte de muchos ideales que se quieren para
la patria tal vez demasiado pronto y sus visiones proféticas son el esplendor
futuro. Y termina como los precursores en medio de la hornaza que ha querido
evitar y su burla amable cruza todo el libro como un rayo de sol fecundo...
Déjenlo marchar. Puede ser montero nervudo que derribe la selva a hachazos y
entre en la luz y montañez que trepe y no se canse como un áspero y formidable
espectro que busque la cumbre.</p>
<p>Después el libro de Carlos Méndez; la historia de un redimido por el hogar, un
poeta suicida que encuentra estrofas en los gritos de las chimeneas prendidas y
canta las quimeras, los ensueños y las esperanzas de la familia en marcha. Ese
libro cuenta las bregas del trabajo, el esplendor de los días de sol en los
patios floridos y narra los estrépitos de los niños que apuran el crecer lozano
y suena al revelar las hondas canciones de las cunas, detrás de las cuales está
el Ángel de la Guarda con las alas extendidas... Así el poeta escucha los besos
en la penumbra y escribe los pensativos y castos amores y así también va
narrando el dolor del hogar envejecido y el descenso del trabajador hacia la
muerte. En esa odisea de años algunos árboles se secaron; los muebles de roble
cambiaron de color; la casa ha perdido mucho revoque; hay verdín en las paredes
y la yedra se ha encaramado hasta el techo con su colchón verdinegro; faltan
algunos seres queridos que ya no volverán y los roperos están llenos de
recuerdo, entre las alhucemas marchitas. Carlos Méndez está triste y fatigado.
Tiene arrugas en la frente y canas en la cabeza. Fue bueno; por eso tiró su
cuerpo en la pelea sin mirar para atrás, intrépido, sin jactancias y de el se
apoderó la vejez prematura, porque esta es tierra que ama a los jóvenes como los
dioses griegos y los mata por eso en edad temprano. Con este sacrificio es
permitido aquí formar casa, tener hijos e incrustar apellidos nuevos en su
historia.</p>
<p>Estos tres libros nacieron de un tronco común: el primer tomo. Ha sido hecho a la
diabla. No tiene plan, el último capítulo antes que el primero, un borbotón de
palabras, de cuadros, de olores y de sonidos, una zinguizarra brutal de la mente
calcinada como un volcán, un hervidero de escorias y de metales, un vértigo de
creación en que fueron lanzados al estadio cuatro familias de psicópatas,
suicidas como Carlos Méndez, homicidas como Genaro, locos morales como Valverde,
megalómanos, perseguidos y místicos como la familia de D. Manuel de Paloche. En
este empiezan las horas juveniles los personajes y el suburbio se inicia con el
espectáculo de sus estaciones, con sus naturalezas, sus pájaros, los cielos
azules y serenos y, el estruendo fulmíneo de sus tormentas. Allí está el rancho
y el ombú y los largos y hondos callejones llenos de pantanos bajo la lluvia
copiosa. Los eucaliptos de alta y negra cimera, las pitas, los alambres que
dividen las quintas, los cercos de mora y sina-sina detienen en su carrera
bellaca a los vendavales que suenan, rugen, mugen, zumban y gimen en el largo y
furioso aullido. Aquí el labrador de camiseta a cuadros guía el arado con las
botas entre el humus bajo las bandadas de gaviotas que siguen y picotean los
vermes del surco, mientras más lejos hacia la ciudad surge la casa de dos
piezas, donde viven los albañiles y los carpinteros. Este libro señala la
primera etapa de la evolución que tiene por casa el rancho, mientras Genaro,
Paloche y Méndez construyen la ciudad de ladrillo que llega en la Avenida de
Mayo a la eximia forma. En el primero hay todavía un gran abuelo heroico, de
esos que mordieron heridos la cuesta de Chacabuco y los llanos de Maipo; en los
otros va van sonando las alegrías y las elegancias de las nuevas civilizaciones
-el viejo del Río, un cruzado cuyo emblema contenía el color del cielo con el
fulgurante sol que alumbró las batallas de nuestros homéridas y D. Manuel de
Paloche enamorado del asfalto, del mosaico y del cristal, y cultor de las
profundas y amables concepciones del espíritu nuevo, la misma psique generosa
modificada por la savia de años y por el alma de todas las razas de la
tierra.</p>
<p>El último libro será para los que sufren y delinquen porque son pobres. Estarán
en él las nuevas formas que precipitan al mundo en pos del ideal de justicia y
católicos, socialistas y sectarios del anarquismo harán en él el drama doloroso.
Es el libro de los cruzados modernos. Puede ser que sus páginas tengan el
consuelo de las profundas conmiseraciones y que la noción del perdón se extienda
por él un poco más en la conciencia humana y es así como en toda la obra se
asiste a la metamorfosis sucesiva del alma nacional y como los jóvenes del
primer tomo llegan envejecidos y caducos a escribir su libro antes de la
muerte.</p>
<p>Siquiera porque ya no existen es bueno ser amables y contentarse con haberle
negado en vida el agua y el fuego y aunque fuera alrededor de su sarcófago
reconocer que un alma zahareña de artista sacude todas sus páginas y que se ha
cumplido el granítico aforismo del testamento de Bohemio de que «el arte
envejece cuando los hombres le arrebatan las adustas energías de la vida libre,
para encerrarlo en los burdos liminares de la imitación y de las escuelas. ¡Que
sea licencioso y loco antes que ser esclavo!». Así ha sido, tal vez licencioso
pero no tiene huellas de esposas en la muñeca, ni arrastra grillete. ¡Ha sido
iconoclasta sin quererlo, libre como el Pampero, apasionado como el corazón
indomable de la tierra y puro como sus éteres como que fue escrito con estos
amores, con la pluma mojada en el humus, en las turquesas del divino cielo y en
las linfas y clorofilas de sus praderas y de sus bosques! Y a fin de no quebrar
la pluma para siempre, puesto que dos mil páginas de psicología humana y de
psicología de pueblos no han logrado convencer, sería generoso que siquiera
desde que mucho amó el libro, le sea mucho perdonado. ¡Amén! </p>
</div>
</front>
<body>
<div>
<head>En invierno</head>
<p>La casa no había quedado sola. Todo hablaba allí del gran corazón de Méndez. En
la mesa del comedor, su asiento vacío parecía esperarlo y el sillón estaba cerca
de la estufa como en las noches de invierno, cuando él conversaba de sus
trabajos y de sus torturas de médico. Cual si fueran heraldos de su vuelta, en
todas partes se oían ecos de la voz de Carlos como si quisiera todavía
acompañarlos a vivir y a esperar. Eso sucede cuando hay familia. Los muertos
tardan en irse. Siempre hay reflejos de cabellos blancos, frentes serenas y
amables pupilas llenas de dulzuras. El viejo reloj seguía andando; la leña
crepitaba en la estufa en ese invierno crudo; mojados estaban los vidrios de la
ventana, que él solía secar a veces para ver las ramas desnudas de los perales
viejos y sobre su mesa de escribir, un poco en desorden, los libros y los
papeles borroneados no se habían tocado. Todo esto era un santuario y una
religión. La familia de rodillas rezaba al Señor para que diera resignación a
los pobres que muertos los padres, tenían que deshacer la casa. ¡Que el destino
ahorre a todos ese dolor! Porque no es bueno que manos extrañas, se lleven las
cimas donde durmieron los niños, ni el comedor, mudo testigo de tanto diálogo de
amor y de virtud. Son como hijos esos silenciosos fantasmas que se envejecen con
uno, los sillones, los cuadros que adornan las paredes, las alfombras y cortinas
que entibian los cuartos y la arboleda que da frescura y perfumes. Así tal vez
fuera útil que los hermanos llevaran consigo lo que pudiesen para que se
transformaran en los nuevos hogares en mensajeros de las dulces memorias, en
eslabones de la tradición. Después, es claro; ellos también se van; pero antes
dejan allí los poemas recogidos en la vida del gran abuelo, su fortaleza, su
ecuanimidad y benevolencia, sus caridades o sus hazañas, los ímpetus de ardor
juvenil y las robustas esperanzas. Porque así se consigue que la historia de las
familias sea un libro sin páginas rotas, ni capítulos manchados, puesto que lo
que escriben los hijos tiene siempre algo que fue del padre, la trama o el
estilo y muchas cosas del alma. Por eso si no fuera porque los viejos entregan
cada minuto su psicología, ellos no llenarían tanto la casa y cuando se van,
habría menos soledad y menos tristezas.</p>
<p>Esa tarde cuando el sol invadía el estudio Ricardo y Angélica revisaban los
papeles del padre. Era un informe montón de sobres de todos colores, cuentas,
cartas, cuadernos y folletos. Después de haberlos leído, muchos se guardaban,
otros iban a la llama de la estufa, donde se retorcían gimiendo y resoplando
para carbonizarse. Algunas cartas les costaba mucho leerlas. Se detenían y se
miraban los dos hermanos con los ojos llenos de lágrimas. Eran de los pocos
agradecidos que escriben al médico sus gratitudes. Otras se las pasaban en
silencio, conteniendo los sollozos. Eran versos del médico escritor. Hablaba de
sus hijos. Bendecía al hogar que lo había redimido. Al revolver los papeles
saltaron algunos retratos; Angélica y Ricardo cuando eran chicos, Dolores cuando
era novia. Tenían manchas blancas de humedad; las caras estaban desvanecidas.
Detrás había escrito Méndez; pero la tinta se había borrado en parte. Apenas se
entendía. Todos estos recuerdos los envolvían en papeles de seda para
conservarlos, mientras lo indiferente caía a la estufa a quemarse en largas
llamaradas. Llegaron a un pequeño bulto, envuelto en un pañuelo de espumilla.
Era un retrato de Catalina y sus cartas. Tenían olor a cedrón. Estaban
perfumados por una ramita llena de hojas secas. Con la unción con que se
arrodillaba a rezar, abrió Angélica aquellas cartas y leyó en ellas toda una
vida de madre santa. Después las besó en silencio y alrededor de aquel retrato
las fue colocando.</p>
<p>-¡Pobre papá! -exclamó la niña un rato después. ¡Qué bueno era!</p>
<p>-Tienes razón, -añadió Ricardo con voz grave. Pero yo le he dado muchos
disgustos. ¡Cómo siento! ¡Soy un maldito!</p>
<p>Los dos hermanos se abrazaron. Ricardo besó el cabello de Angélica, mientras
Dolores entraba en ese momento con un sobre de luto que tenía lacre negro. Era
el testamento de Carlos Méndez.</p>
<p>Se confesaba cristiano. Hizo todo el bien que pudo. Perdonaba a los que lo habían
herido y pedía a su vez perdón. Quería a sus hijos y no deseaba morir con la
esperanza de darles mayor bienestar; pero el trabajo y las pasiones habían
demasiado pronto esclerosado el corazón y los músculos. Por eso se iba aunque
fuera con el alma triste hasta la muerte como la de Jesús. Dolores era una
exquisita y había en ella una delicada alma de mujer. Era buena; por eso tenía
talento, porque la bondad es la amable consejera, la solitaria estrella del
derrotero virtuoso. Siempre se conservaba así. Si no hubiera temido herirla, él
habría dicho que tal vez eso fuese una deliciosa forma de su instinto. Le
aconsejaba al hijo que si se casaba, respetara siempre y fuera amable con la
compañera, porque la mujer buena, decía, hace en la casa los inviernos tibios,
sin cielos grises y sin cierzos y ofrece veranos perfumados y frescos. Es el
decoro, la forma cortés y el hondo aliento que conforta la marcha. Nunca pudo
comprender a los hombres que no les piden disculpas, después de sus arrebatos.
Él la había tomado muchas veces de las manos, la había mirado en los ojos y
besado la frente en silencio. Recién entonces estaba contento. Hablaba de sus
hijos. Ricardo iba a ser todo un hombre. El tiempo encauzaría su exuberante
naturaleza porque tenía condiciones fundamentales. Era honesto y leal. Amaba a
sus padres. De la hija no decía sino esto: «no me ha causado nunca un pesar. Es
Angélica». Hablaba de su patria y decía: «Ha respetado siempre la dignidad
humana. Vence para civilizar no para hacer vasallos. Sus hombres de Estado,
creándola magnánima han dejado resuelto el problema de su grandeza. Todas las
razas son hermanas y los nacidos aquí, vengan de donde vinieren, encuentran
anchos senderos para marcha, pueden ser fecundos, fundar familias y grabar en la
historia apellidos. Cumple con los destinos del Continente, llamando a su seno y
cuidando a todos los pobres de la tierra, da esperanzas al desaliento, carnes a
las familias extenuadas por hambres seculares y resurrecciones a los que tienen
en el espíritu la desesperanza suicida de muchas generaciones de abatimiento.
Sentía morir, cuando la evolución que iba a dar formas y efigie a la nueva
nacionalidad no estaba acabada. Todos sus libros eran para la gloria de esta
metamorfosis y los esplendores del porvenir no resultaban una visión profética,
sino el corolario profundo y lógico de la base existente. Porque aquí hay,
dígase lo que se quiera, mucho respeto por los principios y la libertad humana
se cuida hasta donde es posible, porque eso es tan absoluto como Dios o como el
derecho. Los que dicen lo contrario no saben comparar. Consideraba ese respeto
como fundamental y agregaba que los pueblos que por ser fuertes olvidaban eso
conquistando o sojuzgando creaban en su propia entraña un cáncer, destinado
tarde o temprano a devorarlos. Hacía a su país una crítica. Éramos imprevisores.
No veíamos las acechanzas de los codiciosos de nuestras riquezas. Señalaba a
Chile como el más ávido, pensando que sus tendencias eran claras. Primero todas
las costas del Pacífico y después parte del otro Océano, porque creía que estas
naciones viven de las savias Europeas y era necesario para sus progresos estar
lo más cerca posible de ellas. Así muchas veces sufrió por las indolencias de
los hombres de estado y fulminó a las revoluciones que rompían nuestras
energías. Se imaginaba a ratos que no era sino un pobre soñador. Acaso él
estuviera viviendo en la utopía. En sus libros aquí y allá aparecían estos
recelos, pero a pesar de escribir tanto, había permanecido anónimo. No había
experimentado amarguras por esto, ni había dicho palabras acres. Era un
resignado. El país tiene que trabajar; la vida es apurada. Aquí todo es acción y
no hay tiempo para leer. Confiaba a pesar de todo en la justicia. Para su hijo
había escrito sus sensaciones de arte, las alegrías sanas de los trabajadores,
los silenciosos cariños por la religión de sus padres, su amor por la humanidad,
y su caridad por los pobres, estudiando los problemas que les mejoraran la vida.
De alma indomable, sus poemas eran salvajes como las selvas primitivas, abruptos
como los barrancos por donde se azotan los torrentes. Era casi un instintivo.
Esas armonías habían nacido con él. No sabía de reglas, ni de ritmos; por esto
tenía sentimiento de no poder satisfacer a los críticos. Estas cosas
significaban la mejor herencia que dejaba a sus hijos. Lo demás, los bienes
materiales, deseaba fueran distribuidos, obedeciendo a la ley y aunque para
obtenerlos se había envejecido en su vida un poco agitada, no sufría por eso,
habiendo pagado tributo a su orgullo de hombre y a su altivez de trabajador.
Hablaba de Elbio Errécar, y lo recomendaba, encargando a Ricardo leyera alguna
vez la biografía del viejo Errécar escrita por él, si quería saber cuales son en
el mundo los resultados de la vida honesta. Concluía su testamento, repitiendo
que sus bienes se dividieran, obedeciendo a la ley y ¡de nuevo se confesaba
cristiano!</p>
<p>Cuando se acabó la lectura, los dos hermanos habían abrazado a Dolores para
decirle que todo era para ella, que ellos nada necesitaban. Después la
acompañaron a su aposento, llevándola de la mano. Ella había llorado. Para esto
venía la noche. La sombra y el silencio alejaban los ruidos; algunos de ellos se
hacían más intensos con la desaparición de casi todos. Las locomotoras silbaban
más fuerte; el zumbido del trowley se oía mejor. Los pocos carros, pasando al
trote, dejaban distinguir chasquidos de herraduras, tableteos violentos de
ruedas a saltos. Había en la calle cantos de cuando en cuando, ruidos de pasos y
diálogos animados de peatones que se mezclaban al roce grave de los trenvías
sobre los rieles y el tañer de las cornetas en las boca-calles. Los rumores
seguían huyendo y se sentían a lo lejos como un largo y monótono rezongo.
Ricardo se quedó solo en el patio con los brazos cruzados. Pensaba en el padre
muerto y sintió penetrar en todo su cuerpo algo como una austera hombría. Era
una transfiguración de su mente, los dolores del deber, una sensación honda y
severa que le arrebataba en un instante la juventud del corazón. Se sentía padre
él también de las dos mujeres que sollozaban en el aposento. Era un triste y un
fuerte en aquella noche fría y espléndida entre las penumbras aglomerados
alrededor de su cuerpo inmóvil, bajo la glacial hermosura del cielo tachonado de
astros serenos. El patio estaba oscuro. A lo lejos se veía como un fulgor en el
horizonte. La ciudad se había iluminado en momentos en que las campanas de la
iglesia tocaban ánimas Se entreveían las ramas yertas y desnudas de los perales
y la curva de hierro de la parra se hundía adentro. Eran las plantas amadas que
por años dieron a la familia primaveras y frutas, y el arco del aljibe se
divisaba sobre su brocal tapizado de baldosas azules. ¡Por cuánto tiempo sus
aguas cristalinas extinguieron la sed de todos! ¡Cómo se complacía Carlos de
aquella agua rica y pura! Por primera vez entró en su alma una extrema dulzura.
Hubiera querido arrodillarse y rezar con la melancólica plegaria de las
campanas, así cerca de Dios, allí mismo en esa casa, tan llena todavía del
espíritu del padre. Le parecía que sobre el pecho tenía una cruz grabada y de
rodillas sobre la baldosa, con la cara levantada hacia las estrellas, esperaba
aquella grande y melancólica sombra desaparecida para que lo armase caballero.
Recibió esa noche la Eucaristía. La Fe entró a raudales con todos sus éxtasis y
todas sus energías a lastimarle el tórax. Su corazón cantaba apurado el himno de
la metamorfosis celeste y los misioneros llegaban en tropel a través de las
penumbras para armarlo caballero. Ricardo Méndez sintió entonces una profunda
alegría y cuando entró de nuevo al estudio, entre los libros del padre, una
robustez juvenil calentó su alma aterida. Su pecho tenía una coraza de hierro.
Era un cruzado. Se disponía a la vida nueva, serenamente, dentro de aquella
metamorfosis fuerte y tranquila. Eso sucede en la desventura. Crece el amor del
bien, se borran las pasiones pequeñas, se exacerban los afectos y se suelen
tomar las resoluciones heroicas, como si los que se van para siempre de la
familia fueran ramas podadas del árbol fecundo que dejan a las que quedan más
linfas y más lozanas para rejuvenecerlo y hacer la planta rica y frondosa. En
adelante él formaría entre los obreros de la Iglesia como un apóstol del
Catolicismo y se iba a lanzar a la lucha contra los socialistas que perturban y
la anarquía que esfacela y mata. A Jesús le pedía fuerzas; a la plegaria ardor
de misionero. Estaba consagrado. Su alma impetuosa descansaba en la resolución
heroica. El humilde había adquirido en ese fervoroso un sostén y un baluarte, y
las pobrezas de todos iban a ser mitigadas. Así pensaba esa mente de luchador,
votado todo entero al sacrificio, habiendo despertado la muerte del padre todos
los místicos poemas escondidos en su psicología...</p>
<p>En las tardes siguientes vino mucha gente a visitarlos. Amigos pocos.
Indiferentes que cumplían un deber social muchos. Hasta los que lo criticaban en
vida acudían presurosos.</p>
<p>Los muertos no incomodan y no desalojan. No perjudica por consiguiente su
recuerdo, ni molesta elogiarlos. En esas conversaciones resultaba Carlos con
muchas virtudes, un diagnosticador poderoso, un gran escritor y un poeta
gigantesco en medio de su desaliño montaraz. No era lo mismo antes. Desde que
escribía, era incapaz de ser médico, como si observar una naturaleza o un
momento del alma humana no exigiera las mismas prerrogativas y el mismo ímpetu
intelectual que la observación de los enfermos. Tal vez es mejor y conviene más
perder sus noches en los garitos, embriagarse en la orgía, con tal que al día
siguiente sepa uno tomar el pulso con seriedad nigromántica. El muerto era
bueno. Siempre es así aunque en vida todos los epítetos soeces hayan zumbado
alrededor de su cabeza. Bien es verdad que su espíritu era un poco intolerante y
que su alma sagaz penetraba las cosas misteriosas de muchas almas imbéciles y
criminales, porque hay inteligencias, que son sentinas y psicologías que tienen
olor a barro de estercoleros. Por eso el disgusto de lo real, lo había hecho
misántropo. Eso no le fue perdonado. Marchó erguido sin doblar el torso jamás.
La línea recta le había parecido el decoro y no recogió en el camino ninguna
mancha de lodo. Hería a ratos con violencia y despedazaba al adversario mal
trecho; pero en la hora de la muerte de los que han sido fuertes, dentro del
silencio que rodea al cadáver estirado e inerte sobre el sarcófago, de ébano,
mueren también muchos rencores y el dolor de los sobrevivientes encuentra a su
paso reverencias. Después se fue la casa quedando sola y solamente los más
cariñosos acompañaban a la familia.</p>
<p>Martín Errécar iba siempre a visitarlos. Sabía poco de usos sociales, como que
toda su vida no había hecho sino trabajar para educar a sus hijos. Era sencillo
y fuerte. Cuando vino de Europa, muchachón de veinte y cinco años, tenía el
pecho robusto y los brazos musculosos y muchas esperanzas y alma bravía.
Agachado sobre su banco de carpintero, cepillaba todo el día y se le veía darle
a la sierra arriba y abajo, serruchando tirantes y alfajías. No gastaba. Nunca
se acercó a los almacenes, ni jugó. En las horas de descanso cuando llegaba la
noche, su talento de narrador jovial entretenía a los compañeros. Poco a poco,
merced a los ahorros, pudo comprar un taller para trabajar con más bríos. Se
enamoró de una mujer y se casó, no sin que esta pasión despertara en él algunas
sensaciones de artista. Escribía versos para ella, unos pobres pensamientos que
le brotaban de la pluma sin ningún arte, con la fluidez límpida de un manantial.
Eso nadie leía sino la compañera de su vida, para la cual, aun muchos años
después, tenían misteriosos encantos aquellos papeles amarillentos guardados en
la cómoda. Trabajaron los dos hasta comprar un terreno. Sobre él edificó una
casa de madera, donde nacieron sus hijos, y a medida que ellos crecían, en el
alma del padre entraba hondo el cariño por la tierra hospitalaria, tanto que al
recordar a veces la nativa aldea, los dos amores se confundían se estrechaban en
una sola idolatría. Donde había construido su casa era entonces el suburbio; uno
que otro rancho, con grandes intervalos baldíos; muchos huecos, llenos de
basuras y de podredumbre; muchos cercos de moras, largas hileras de pitas e
higos de tuna y algunos ombúes tupidos y seculares; calles sin empedrar,
polvaredas en los veranos secos, hondos pantanos en los días lluviosos. Algunas
veces, cunando los ciclones se desparramaban como locos para hacer pedazos lo
que cayera entre sus vértices, él ponía puntales a la casa que va empezaba a
crujir como si fuera a caerse. Los niños dormían en las cunas de madera, luego
era necesario cuidarlos. Ella, levantada desde temprano, arrojando un montón de
viruta en el fogón, prendía fuego y la llamarada calentaba la pava negra y
redonda abrazándola por todos lados. Al rato hervía el café para los peones.
Después vestía a sus hijos y se arrodillaba con ellos para rezar, y en momentos
en que Martín pasaba cerca para su taller, los miraba en silencio, haciéndose el
nombre del Padre. Al rato el cepillo mordía la madera, la viruta se enroscaba
como una víbora y caía en el suelo, y se sentían después los golpes del
martillo. Había allí el rico perfume del cedro y el olor acre del quebracho,
dejos desagradables de cola en ebullición y emanaciones de pinturas de todos
colores. Los muebles estaban en la pieza que daba a la calle, esperando al
comprador; grandes roperos rojos, con hedores de barniz, colchones de cotín,
rellenados con lana bien escarmenada, catres, bateas y camas de hierro pintadas
de azul. En el suelo, unos sobre otros, largos bebederos para los animales en
las secas desolantes de la campaña, y colgando del techo, sostenidas por ganchos
clavados en los tirantes, sillas de todas clases, con asientos cribados de
esterilla, de madera negra o de paja amarillenta. Después la mujer cocinaba el
almuerzo. Venían los muchachos a narrar a los padres las peripecias de ese día
de escuela. Se comía el sabroso puchero y en las tardes lavaba y remendaba la
ropa. Era fuerte, rosada y sana. Cuando llegaba la noche, sentados en el patio,
mientras los hijos dormían, ellos conversaban largo rato, pensando en su
porvenir y esperando que de hombres, serían buenos, ilustrados y felices. Elbio
iba a ser médico y a Carlos le darían carrera. Eran altos y delgados. Martín
temía por la salud de ellos. No podían ser trabajadores; pero él era robusto y
se bastaba. Entonces se dispuso con la compañera al sacrificio, y de rodillas,
antes de acostarse, los dos rezaban el rosario y le pedían a Dios conservara a
los chicos que dormían en los cuartos de al lado.</p>
<p>Fueron creciendo. Se criaban por el espacio abierto, en el espléndido sol del
suburbio, el día entero en movimiento, rosadas las mejillas bajo el riego de la
rica sangre bermeja, vigorosos los músculos y calientes en las bruscas
atropelladas de los juegos infantiles. Mientras se oía la sierra dividir
crujiendo la madera, ellos en la calle cubierta de polvo jugaban a la <seg rend="italic">rayuela</seg> y al <seg rend="italic">rescate</seg>. Después,
entre las pandillas de distintos barrios, había sus enconos. Se formaban
batallones y se empeñaban verdaderos combates. Las piedras se cruzaban zumbando;
corría sangre entre los gritos, del odio; alguno caía con la frente partida. Eso
arreciaba el ardor. Los peleadores, cada vez más cerca, llegaban al pugilato;
salían de los bolsillos los cortaplumas y entraban en el vientre
desapiadadamente, hasta que la derrota, dispersando a uno de los grupos, lo
echaba en todas direcciones hacia sus casas. Sin saber ellos mismos, hacían en
el rescate y en esas reyertas la miniatura de la guerra, como que el macho
quiere ser conquistador del suelo que pisa, y este amor del peligro, la
necesidad del dominio sobre los otros y el temerario arrojo de los primeros años
son necesidades del sexo, los inconscientes sobresaltos de la virilidad en
embrión. Los chicos tienen mucha inquietud. Los fascina el misterio de lo
desconocido. Por eso Elbio Errécar, en pandilla, corría por los callejones del
suburbio, entre los pantanos, a toda carrera sobre cualquier caballo, apedreando
pájaros y arañándose las carnes por entre los cercos de moras. Era como el jefe
de todos ellos, un alma valiente y audaz en su temerario coraje. En las peleas
estaba siempre al lado de los más chicos para defenderlos. Daba todo lo que
tenía: pan que traía de su casa y los cobres escasos eran de todos para los
almuerzos a la sombra de los ombúes lejanos. A veces en esas correrías
encontraba viejas agobiadas bajo las cargas de leña recogidas en los cercos.
Elbio las ayudaba a llevarlas, y a los harapientos que cruzan los callejones del
suburbio con la mejilla marchita y la nariz roja de alcohol y de pobrezas, él
les daba pan de su casa y sacos viejos para que se abrigaran en invierno. Se
quedaba largo rato escuchando la vida de los miserables. Ya desde entonces
comprendió que en el mundo había injusticias y dolores no merecidos y germinó en
su corazón el odio contra los que oprimen y la piedad hacia los oprimidos.
Muchas cosas le contaron sus hambrientos del suburbio. Habían sido felices en
sus mocedades y habían tenido su hogar; pero envueltos en la melancólica odisea
de esta trabajada tierra, todo le entregaron, riquezas y sangre para venir a
menos y entrar apellidos ilustres en el silencioso anónimo, donde ya no hay pan,
ni techo, ni amistades, porque la pobreza queda solitaria y la cubre el frío del
abandono. Conoció muchas tragedias de las tiranías; supo muchos crímenes de las
revoluciones. Los viejos que recibían sus dádivas le narraban terribles cuentos
de desolaciones y de muerte, y cuando él volvía a su casa llevaba en el corazón
una lúgubre sombra. ¡Cuántos dormían en inmundas covachas, que habían nacido
entre sedas y espumillas! ¡Qué fortuna desventurada la de esas familias, decoro
antaño de la tierra y destinados a desaparecer bajo las cicutas y las polvaredas
del suburbio! Por eso Elbio sintió desde niño la necesidad de la protesta. Su
lenguaje era violento y lleno de caridad humana. Amaba a los humildes, y al lado
de la madre rezaba en la noche por ellos y mientras les llevaba pan y ropas
viejas de su casa pobre, Martín Errécar seguía cepillando el lado de su banco y
ahorrando para sus hijos y en la noche sudorosa, sentado al lado de la
compañera, bajo la higuera del patio, hablaba de ellos, lleno de fuertes
esperanzas. Sin embargo, el dolor y la desventura no lo respetaron. Las
revoluciones lo hicieron retroceder, y mientras la miseria abría más de una vez
las puertas de su casa para entrarse, su alma bravía no cedió en la lucha. La
sierra seguía cortando tirantes; el cepillo mordiendo la madera y los sudores
empapaban su robusto pecho de trabajador. Así los obreros han respondido siempre
a los rumores y a la sangre de los combates. Miran el desgarramiento de los
héroes y asisten a estas convulsiones de muerte que destruyen a través de las
luchas fratricidas la obra honesta y generosa y contemplan los funerales del
alma vieja destrozada por los cañones. Ellos siembran la tierra pisoteada por
los ejércitos y transforman en vivienda útil el escombro que las artillerías
desmoronan y, levantan el taller sobre los cementerios para que la vida fecunde
otra vez los fúnebres polvos. Pero... ¡hay que tener cuidado! Las casas se
visten de luto; el pan escasea; las enfermedades acechan a los que comen mal;
muchas almas se abaten, obligadas a contemplar eternamente las rebeliones
sacrílegas. Por eso Martín algunas veces levantaba el puño hacia el techo,
sacudiéndolo vigorosamente, y preguntaba, en sus foscos soliloquios, ¿por qué lo
empobrecían, por qué daban tristezas a su mujer para que a sus hijos les diera
también leche triste, y en vez de tener sanos los colores, fueran flacos y
enfermos? ¡Oh! ¿Qué importa eso? ¿Quién nos obliga a hacer grande la patria?
¿Por qué no hemos de ser la gloriosa nación suicida y las madres no han de dar a
sus hijos leche contaminada por la tristeza? </p>
<p>Por eso se enfermó Carlitos y fue entonces que Martín llamó a Méndez para que lo
asistiera. En ese invierno llovió mucho. Casi todos los días corren bajo el
cielo tropas de nubes plomizas, gruesas nubes apresuradas, mientras el viento
vuela haciendo silbar los alambres. A veces garúa; otras cae el agua a cántaros
mansamente implacable. De cuando en cuando sopla una racha y las gotas oblicuas
hieren el rostro a latigazos, se precipitan sobre las combas de los paraguas
ganan su hueco, mojan las ropas y las hacen sopas. El cielo está plomizo y
termina a trechos en el horizonte en una enorme mancha negra amenazadora, dentro
de cuya masa revientan y fulguran unos tras otros los relámpagos sin hacer
ruido. Amanece sin sol. El día avanza, se agranda, desciende y muere en el ocaso
gris, siempre sin sol. Así meses, de la mañana a la noche. El alma de los
hombres se transfigura bajo el temporal tétrico. Las casas están obscuras,
húmedo el ambiente, los cielos rasos manchados y sucios, mojado el papel de las
paredes, que se prepara a desprenderse en colgajos. En vano en la madrugada se
abren las celosías, para que penetren los esplendores de un sol, que no sale
nunca, ocultado por la muralla del cielo color ceniza que mira con su apagada
pupila a los hogares tristes, a los palacios de las calles estrechas, que van
tomando relieve entre las penumbras. Los obreros, los pocos que tienen trabajo,
caminan bajo la llovizna fastidiosa con las botas llenas de barro con el único
traje empapado sobre las carnes que tiritan. Caminan sin paraguas deslizándose a
lo largo de las paredes cual delincuentes que quisieran ocultarse, resbalan por
las veredas, hacen saltar el lodo de los charcos y llevan el corazón blasfemo
como moléculas desheredadas y malditas. Llegan al taller donde las máquinas
chirrían bajo la luz amarilla del gas que ilumina las estrechas zahúrdas
contaminadas por las hediondeces de rancias grasas, tufos de carbón y
podredumbres de venenos de cuerpos sucios y sudorosos en los impíos
hacinamientos. En esas casamatas trabajan los pobres y piensan que en la casucha
miserable donde viven los hijos, están los techos rotos y se llueve como afuera,
y del piso de ladrillo mana agua negra del pantano que hay en el subsuelo.
¡Jipen no más, muéranse tuberculosos, bestias de carga, gusanos anónimos de
todas las naciones! ¡Con esa fría piel de sapo, con ese asco que da vuestro
cuero calloso y hediondo encerraos melancólicos parias, destinados al <seg rend="italic">espoliarium</seg>! Antes estaba Dios para defender vuestros
amores, la alegre alma de los hijos y la casta religión de la compañera
arrodillada; pero hace tiempo que Él también está arrepentido de su divina obra.
Ya no tienen sol los trabajadores. Hace meses que el cielo de plomo quiebra sus
dorsos; hace meses que llueve y que las compañeras de los pobres tienen
tristezas. A lo lejos asoma el hambre con su máscara de espectro y camina a
saltos haciendo crujir las canillas. Sus largos brazos y sus manos de esqueleto
echan por delante generaciones enteras de demacrados que aúllan con lúgubres,
lamentaciones y piden pan. ¿Qué importa que alguna vez la pluma del escritor
grabe la palabra de la protesta y señale a la piedad cristiana la familia que
perece? Los llaman iluminados, les dicen profetas. Tienen en contra del acento y
de las varoniles palabras de consuelo capítulos de ciencia. ¡Son neurópatas!
¡Están clasificados! Mientras tanto ¡oh! melancólicos parias, pobres de todos
los pueblos, hermanos de Jesús el sol ha muerto; los talleres están sombríos;
las aguas inundan las casas y las arrastran y despedazan entre el cieno y cuando
el escritor narra con sangre de dolor las amnistías de los miserables, los
pseudofelices de los palacios que tienen el deber de velar por los pseudofelices
de los conventillos no impiden que el hombre construya chiqueros para el hombre,
¡piara vagabunda no nacida como ellos a imagen y semejanza de Dios! ¡Cuidado!
Muchos muladares, llamadas casas por error, existen diseminados en la ciudad.
Los chaparrones aumentan sus gangrenas y sus podredumbres y los microbios
pululan y se enardecen en esos maravillosos caldos de cultivo. De allí parten
ellos en falange necrófila y cuando en el palacio separa la gente las cortinas
para contemplar como llueve sobre los pavimentos de madera -esa lluvia aburrida
que no cesa y la obliga a un encierro de presidio, la falange va llegando con su
siniestro serpear homicida a morder la garganta o los pulmones de los hijos
señoriales. Mientras tanto los albañiles no pueden trabajar; la obra está allí
entre el barro mirándolos: las paredes a medio concluir parece que van a caerse
como ruinas cansadas de esperar el sol que seque la mezcla y trabe al ladrillo,
y los marcos de las puertas esperan inútilmente también que los batientes
cierren su vano rectangular. Sigue lloviendo. En cada hueco cuadrado destinado a
ser cuarto alguna vez, hay un pantano de cal y de tierra. Los albañiles no
trabajan y no tienen que comer. Los hornos no se encienden; el cono truncado
está bajo la lluvia como una masa inerte; las canchas son lodazales; mojados
están los cardos que sirven para el fuego; las yeguas se alejan a paso lento
flacas, con el pelo aglutinado entre pelotones de barro; el pisadero está hecho
una laguna. No hay nada que pisar. Los peones no trabajan y los dueños de las
manadas no ganan plata para mantener los animales a pesebre. Ya no hay praderas,
porque todo está bajo el agua. El cielo tiene siempre color plomo viejo aun en
las treguas en que no llueve. Son breves. Al rato no más se pone negro en esa
quietud; hay truenos y centellas y el agua vuelve a caer sobre techos y calles
con su rezongo monótono. Las tierras están fangosas y las raíces de los pastos
se disgregan y se pudren. Las yeguas no tienen que comer. Son puro hueso y
caminan lentamente bajando el hocico para roer alguna mata de pasto verde que
encuentran de trecho en trecho, para seguir después su marcha a través de los
pantanos de las calles que reflejan los esqueletos vagabundos. Pero la lluvia
sigue; las yerbas están cargadas de lodo. Entonces empiezan para esos animales
las largas y fúnebres agonías. Se recuestan contra los cercos de sina-sina o de
alambres; pasan los días flagelados por los chaparrones, condenados a morir bajo
el látigo que les lastima las úlceras de la inanición. Poco a poco pierden las
fuerzas; sus miembros se quiebran y dan en tierra con la osamenta. No se
levantan más y llega la muerte a darles descanso y silencio, mientras por ahí
cerca no más alguna compañera que ha entrado a un fangal, ya no puede salir. No
tiene fuerzas, da manotones y coces y cada vez más se hunde poco a poco en la
torva sima tragada por el abismo. Desaparecen las patas; el vientre se va
hundiendo por pulgadas cada vez más hacia abajo en el lúgubre itinerario, hasta
que las vértebras se esconden y el animal despavorido queda con la cabeza de
fuera y mira a uno y otro lado como implorando. Allí permanece poco tiempo. El
hambre y la asfixia lo acosan; cae el hocico al fin y muere en un supremo
esfuerzo, presa de las convulsas desesperaciones, que hacen saltar el lodo a lo
lejos en el horrible remolino. Por ahí cerca las quintas están inundadas; el
agua surge de la tierra como si fuera de manantial y corre llevándose las
semillas y los pobres ven de adentro de los tugurios irse hacia los bajos el pan
de los hijos. Los pozos están llenos; vierten fuera del brocal de ladrillo agua
cristalina. Esta en aquel diluvio pasa los techos y encharca los pisos de
tierra, mientras los ventarrones rompen las ramas de la arboleda. Nadie trabaja.
Siguen los días turbios y melancólicos y si se abre el cielo alguna vez y dentro
del ambiente claro sale el sol, el vaho caliente aprieta los pulmones, no deja
respirar y cuando se espera que eso va a durar y la evaporación permita sembrar
de nuevo, no tarda en verse que aquello no es posible, que hace demasiado calor
y que es precursor de nuevas lluvias dolorosas ese sol de bochorno que sale y
entra detrás de negros nubarrones suspendidos y meciéndose lentamente como si
los estremecieran las tormentas que guardan en la entraña. Estas estallan muy
pronto y transforman a las calles en lodazales, donde se hunden y se encajan los
carros, y, sobre los adoquines del centro se extiende una capa de lodo. En el
suburbio hay una mar de barro blando por donde nadie puede pasar. Así se ve
caminar a pie a los vendedores con la carne al hombro, sudando bajo el inmenso
peso, con canastas los panaderos, atravesando las boca-calles con el fango a la
rodilla. En la ciudad los empedrados están detenidos, los obreros no trabajan;
está el machuco, las barretas, y las carretillas acostadas por ahí sobre el agua
y los adoquines aglomerados en montones, mientras en las chacras nadie vende sus
verduras, porque no las pueden llevar a los mercados. Sigue lloviendo y sigue el
hambre su marcha de víbora a través de las casas pobres, húmedas y obscuras,
bajo el cielo de plomo. Para esto los arroyos crecen, no basta su cauce y se
desbordan. Quietas y terribles al principio las aguas invaden las calles,
penetran a los sotanos, entran a los cuartos y se encaraman con un silencio
homicida y se llevan poco a poco los revoques y ablandan los cimientos de las
casas. A pesar del peligro nadie quiere abandonar los pocos muebles y los trapos
de los hijos. Todos están en la calle, cargan a los niños, conversan con los
vecinos y toman lenguas de lo que sucede, pálidos de miedo, indecisos por las
incertidumbres de un porvenir funesto. Las aguas suben lentamente bajo la lluvia
espesa a través de la atmósfera en calma y cuando llega la noche las casas se
vuelven ansiosas, se duerme mal, con el oído atento a los ruidos de afuera en
los dormitorios donde se ve vagar la luz mortecina de las velos de sebo. De
repente la lluvia arrecia con un largo rumor; aturde su estruendo sobre los
techos; el vendaval atropella las calles con su mugir funerario y brama
rompiéndose en todos los ángulos como si le apuñalearan el vientre. Entonces las
aguas abandonan su trágico y lento subir; se azotan de aquí para allá como si le
espoleasen la entraña con acicate de fuego, salta el barro de los pisos y se
revuelve en remolinos, en momentos en que se empiezan a mover hacia los bajos
con ese fragor sordo y lejano preñado de espantos. Quiebran los postes,
arrastran los alambres, devastan y arrollan los sembrados, escarban con garra
frenética las raíces de la arboleda y la tumban, arrebatan la hacienda, la
tuercen y la matan en los remanses, desencuadernan, desgajan y destruyen los
ranchos miserables y ahogan en el furioso, oleaje a los niños, que los padres
llevan sobre sus cabezas para salvarlos. Así la inundación transforma a la
campiña en un mar de muertas desolaciones, sobre cuya superficie erizada boyan a
millares las osamentas del ganado y los palos de los ranchos hechos pedazos. ¡Ya
no hay familia; ya no hay estancia; el puesto no existe; los trigales han sido
arrebatados; el mar está formado por las lágrimas de una provincia empobrecida!
Los animales que se han guarecido en los albardones no tienen que comer; están
destinados a morir... y sobre la loma secular la estancia, que antes vibraba en
la amorosa emoción de la familia, está solitaria como un viejo castillo
abandonado, como si su destino fuera transformarse más tarde en el silencioso
mausoleo de toda aquella cohorte de cadáveres, que se mecen y chocan todavía en
esa cuna del mar agitado y parece anunciar de lejos que la miseria va ser mucha,
que ya no hay campos y se ha secado la ubre que alimentaba a la nación. En la
gran marisma después, cuando el sol de verano caliente su limo va a empezar la
gangrena de los pastizales, de las semillas y de las hojas revueltas. Entonces
sobre las praderas perfumadas de otros tiempos se levantará una densa bruma
cargada de hediondeces y de vahos mefíticos. Es lo podrido que apura su
desaparición; son los muertos pastizales que abren sus fauces de muladar; es el
lenguaje que usa la materia sin sangre y sin linfas en su frenesí de
metamorfosis y el eterno poema del esfacelo que transforma los campos en paludes
necrófilas, mientras alrededor de ellos una horda de hambrientos va a arrastrar
sus esqueletos lívidos, lamentando las fortunas perdidas y los hijos muertos y
se desvanecerán en las infecundos soledades los dolorosos aullidos. ¡Tal vez
sean estériles los ayes como las plegarias y las rogativas de los templos
cristianos, por que parece la nuestra tierra impía, condenada a llevar por años
una cadena maldita! Mientras tanto no se trabaja. La miseria asoma por las casas
con su escuálido espectro, inmundo de harapos y de roñas y en los barriales
contaminados las miasmas germinan, pululan los microbios y preparan carnes para
el osario. ¡Aquí, allá y más allá las epidemias se apoderan del hombre que pide
pan en el ardiente delirio, pobre morador del mechinal estrecho, donde se
condensan las hediondeces de la calle, el tufo de las paredes y de los pisos
húmedos, destinado a morir entre las ponzoñas, del estercolero!</p>
<p>Las aguas han empezado a subir en el suburbio, los arroyos a desencauzarse. La
casa de Martín Errécar, mordida por la corriente ha perdido su revoque. Adentro
pasan los largos días de angustia al lado de la cama de Carlos enfermo y cuando
Méndez llega observarlo, suele retirarse entristecido, moviendo la cabeza en
silencio. En las horribles noches de invierno, mientras el niño tose y la madre
descansa un rato, Martín mira a su hijo fatigado y le cubre el cuerpo, con su
único saco. Afuera zumba la lluvia y cruje la tormenta de agua sobre el techo de
zinc, que resuena en un largo y espantoso fragor, en momentos en que el padre
reza y con su áspera mano de trabajador se seca las lágrimas en silencio. La
vela de sebo prendida aletea en el aposento, ilumina apenas el bulto de las
camas, donde duermen la madre y Elbio y de cuando en cuando se ve luz sobre el
rostro arrugado de Errécar. Tiembla la casa a ratos en las furiosas arremetidas
del viento y los relámpagos se entran fulgurando y alumbran la figura ansiosa
del viejo que se acerca y tantea las paredes, como si temiera fueran a
desplomarse. Las horas de la noche son tristes en las casas donde hay enfermos,
sobre todo bajo el temporal, sin una sola estrella en el cielo pavoroso. Este
encorva su masa obscura sobre las luces de las calles y las zahúrdas del
suburbio, donde no hay un farol prendido y los caminantes que atraviesan el
barrial a tropezones no tienen más antorcha que la llamarada brusca y fulmínea
de la centella que los deja ciegos y hace saltar por un momento en el aire
luminoso, casas, lagunas y pantanos. Entre el chirriar del viento parecían oírse
gritos humanos llenos de desesperación. Hay ruidos de pasos apurados de gente,
que corre en todas direcciones y estampidos de puertas que se abren y se
cierran. Algunos jinetes pasaban vociferando. Martín abrió el postigo y vio a lo
lejos, en la luz de los relámpagos, un gran mar que se le venía encima y un
tropel despavorido huyendo a la carrera. Le golpeaban la puerta, lo concitaban a
levantarse a los gritos de terror:</p>
<p>-¡La inundación! ¡La inundación!</p>
<p>-¡Dios! ¡Dios! -dijo Martín apretando los puños levantados hacia el techo,
mientras la mujer y Elbio, ya de pie, esperaban la decisión del padre y Carlos
extendía fuera de la cama los pobres brazos enflaquecidos para que no lo fueran
a dejar. Llovía a torrentes. Todas las calles se inundaron y llenos los sótanos,
el agua entraba en los aposentos en esa noche ciega, bajo el frío brutal.
Algunas paredes son derribadas, vuelan las chapas de zinc, se tuercen los
eucaliptos y el mar viene cada vez más alto con no se qué sorda y siniestra voz
en la entraña. Sigue el tropel; ya es muchedumbre que huye. Los muebles son
arrojados fuera de las casas y la gente desatinada echa por delante a los hijos
y los viejos entre exclamaciones de miedo. La casa del carpintero se llueve. Una
chapa de zinc arrancada vuela en el aire y se estremece el techo sobre su
cabeza. Al lado de él la mujer y Elbio miran al padre, que no sabe que hacer con
el enfermo, que abre los ojos en la semi-obscuridad. Mientras tanto Martín ve en
los relámpagos una horrible escena. El mar crece y se acerca y los vecinos
huyen. Toda su casa cruje. Andan botes a dos cuadras y los ruidos de la tormenta
son dominados por los alaridos de los fugitivos. Entonces no titubeó más y
derribó de una patada la puerta.</p>
<p>-¡Elbio! -le gritó al hijo. ¡Cuida a tu madre y sígueme!</p>
<p>El joven sacudió la cabeza melenuda con una brusca fiereza, estremecido todo su
cuerpo por un escalofrío de macho y salió afuera. Apoyado en su brazo la madre
iba detrás de Martín que caminaba lentamente por el barro, cargando al enfermo,
cubierto con frazadas, la cabeza tapada. con su saco viejo de trabajador. Así
largo rato bajo el cielo negro, a través del hielo de la noche negra, entre la
lluvia copiosa entraron en las calles de ta ciudad en medio de la muchedumbre
que había abandonado sus hogares. Siquiera hay luz. Los faroles de gas iluminan
el <seg rend="italic">matete.</seg> Una cohorte de harapientos los rodea por
todas partes, mujeres y chicos a medio vestir y robustos trabajadores, llevando
al hombro colchones y frazadas. Iban con destino desconocido, buscando en el
sendero la caridad cristiana, sin encontrarla, sollozando por los hogares
destruidos y temblorosos de frío y de miedo al futuro incierto y desconsolado.
La creciente se lo lleva todo. El Maldonado, ese cajón puerco y fangoso del
estío, transformado en torrente sigue de atrás levantando sus aguas, las azota
más lejos... más lejos contra la casa construida con el hambre y la desnudes del
ahorro, y por donde quiera que pasen en la peregrinación siniestra se oye el
clamoreo de la muchedumbre que sale de los tugurios, arrastrando lo que puede
para taparse y mira hacia atrás en la fuga las nuevas gentes que llegan huyendo
de la amenaza. En las calles casi en tinieblas el viento arremete furioso,
sacude de aquí para allá a la turba famélica y la tira desencuadernada entre el
llanto enloquecido de los chicos, la carcajada histérica y los lamentos que
parecen aullidos. Hay allí un silencio de abandono; las puertas están cerradas;
los pisos son rías sucias y sobre ellos marchan en remolino todos ateridos, sin
que nadie alcance de las casas un poco de alcohol para calentar los miembros
yertos, bajo la catarata huracánica que se desploma del cielo. Por ahí vagando
el espectro de Don Manuel de Paloche, yergue por el medio de la calle su largo y
escuálido fantasma para vociferar el sermón sempiterno:</p>
<p>-¡Qué gran país éste! Aquí la gente se ahoga. No hay duda estamos muy
civilizados. Somos un país muy rico; pero estos pobres diablos ni saco tienen.
¡Y después habrá quien niegue que la gran metrópoli está metida entre el
barro!...</p>
<p>Entonces en medio de aquel tumulto se levantó una voz que estremeció a todos. Era
de un hombre joven. Su cara se veía a ratos en las súbitas brillazones. Su piel
estaba lívida y macilenta, el ojo feroz y con insolencias de burdel. El crimen
enronquecía la palabra que, tenía un eco estridente.</p>
<p>-Estos miserables se ahogan, decía. Están muertos de frío y de hambre. Ellos
tienen la culpa. Debían exterminar a esa burguesía cochina, que está metida
entre las sábanas y robarles las casas. Y esos ricos que no han hecho nada por
serlo, ¿con qué derecho tienen calor, comida, hembras y vino, mientras el pobre
ajado arrastra a sus hijos en el lodo y la miseria? Esas herencias debían ser de
todos. Ellos están gozando lo que robaron los padres, una manga de gauchos
salteadores, una turba de asesinos. Después nos insultan con el espectáculo de
sus riquezas, con las sedas y los perfumes de las rameras que tienen en sus
palacios, con las cuales no hay que meterse. </p>
<p>Son ricas, luego son virtuosas, aunque deshonren a los maridos mañana, tarde y
noche. Son ricas, luego se les perdona todo hasta lo malo que hacen en las
envidiosas maledicencias. Son muy religiosas. Eso sí. Sermones, retretas,
eucaristías; sino no se vale en esta tierra. Cumpliendo con esos preceptos ya
uno puede ser adultero, robar a sus pupilos y al estado, arruinar al prójimo en
todas las formas, no servir a la patria y ser un degenerado sexual. Es rico,
afirman. Luego hay que callarse, porque con el dinero todo lo corrompen en
provecho propio. ¡Qué recua de imbéciles son estos hombres del pueblo! Trabajan
corno burros sin tener un cobre nunca. Cansado estoy de decirles que hagan de
una vez la hecatombe. Ahí está. Ahora se han quedado sin casas, sin pan y sin
ropas. ¡Sigan trabajando animales, para que los ricos vivan del trabajo de
ustedes y los dejen sin tuétanos!</p>
<p>A la luz de un relámpago brilló en las manos del orador un tubo de bronce y
cuando hizo un ademán como para tirarlo en medio del tropel, muchos
retrocedieron en fuga precipitadamente. Era una bomba de dinamita. Habían visto
al anarquista que andaba por el barrio hacia tiempo, haciendo prosélitos en la
sombra y concitándolos al rencor homicida. Y cuando el joven se retiraba dejando
en su alrededor una siniestra sensación de asco, Martín lo conoció.</p>
<p>-¡Guárdate! -le dijo a Elbio, que se acercaba con la madre. Ese miserable es hijo
de un cínico. El padre era una basura infame. ¡Se llama Germán Valverde!</p>
<p>Elbio sintió entonces un salvaje escozor, como un deseo de abalanzarse sobre
Valverde; pero la madre lo contuvo y su gran pupila serena se dilató en la
sombra, siguiendo los pasos del anarquista. Ya sabía quien era y después de
entrar a la casa de Méndez que se había abierto para todos, el enfermo tuvo cama
y calor, abrigo y alimento los pobres y cuando se distribuían, Elbio salió
afuera y buscaba todavía a lo lejos la siniestra silueta del bandido.</p>
<p>El chico siguió mal. El hielo de esa noche se ensañó contra el pobre cuerpo. La
pulmonía le daba mucha fatiga y mucho sufrir. Méndez y Dolores no lo abandonaron
un instante, mientras los padres lloraban porque lo veían morirse. Cuando
Carlitos, algunos días después, a media noche, cesó de respirar y las manos se
le pusieron de escarcha, la madre lo tenía en las faldas y le mojaba el pecho
con lágrimas, mientras Martín de rodillas rezaba y ofrecía a Dios el dolor de su
compañera. Lo extendieron en la madrugada en el cajoncito de ébano. Dolores
trajo muchas flores del jardín para rodearlo y Errécar sintió que le rompían las
fibras del corazón... Méndez siguió al lado de su amigo hasta el cementerio.
Entre los dos llevaban al muerto a través de aquel hondo y doloroso silencio,
por los senderos desiertos y cuando lo bajaron con cuerdas al sepulcro, Martín
se asomó por la portezuela y con el dorso de la mano secó dos grandes lágrimas
que resbalaban por su mejilla... </p>
</div>
<div>
<head>Germán</head>
<p>Germán desapareció en la sombra, llevando consigo todos sus rencores. Odiaba a
los hombres, sobre todo si eran ricos, porque era hijo de cortesana y nacido en
conventillo sucio. Había tenido una niñez fría y desolada, contemplando trapos
corroídos y almas viciosas. Era un producto del hacinamiento, el corolario del
lupanar, y su cuerpo, en el ambiente escaso de oxígeno, con muchas horas de
hambre y de sed, había crecido largo y endeble. Conservaba recuerdos dolorosos.
Le pegaban mucho cuando chico. Lo estropearon muchas veces. El frío lo hizo
vivir horas acurrucado con su cuerpo semidesnudo en los rincones del
conventillo. Alguna vez pidió pan, sin conseguir más que sordos gruñidos y algún
puntapié que lo echaba a rodar, como si fuera un sarnoso. En los cuartos de al
lado había madres, y se oían en la noche cantos suavísimos de amorosa
melancolía, en el momento en que, agrupado en su covacha sobre el colchón de
paja, dilataba los ojos en la tiniebla. En el otro rincón roncaba la vieja que
le daba de comer: un montón de carne fétida cubierta de andrajos, un deshecho
del burdel, una venal rufiana, que escribía, deshonrando doncellas, el último
episodio de la mala vida. ¡Para él nunca un beso, ni una palabra de perdón! Por
eso se ven desfibrarse muchos corazones abandonados y tristes, carnes para el
osario anónimo, ángeles solitarios sin cielos en la vida, sin cruces en la
muerte. Eso es injusto, porque no ofendieron a nadie con nacer esas precoces,
destinadas a empañar temprano la flor de la castidad y esos pequeños galeotes
que preparan el tobillo para las cadenas del presidio. ¡Ojalá se quiebren todos
en la niñez y los acuesten muertos en las cajas de pino de la caridad humana,
antes que ser profanadas ellas y antes que ellos tengan alma homicida, para que
así recoja el cielo cristiano entre sus alegrías a los pequeños desterrados, a
los hijos de la miseria culpable! Pero otros acumulan amarguras desde chicos y
miran con odio a las cosas. Entonces huyen como Germán Valverde y se hacen
vagabundos. No tienen casa. Duermen en las zanjas comen zoquetes y desparraman
los cajones de basura como los perros y roen las pocas carnes pegadas a los
huesos y las legumbres marchitas. Pero ellos se vengan. Deshacen los nidos,
lastiman a los pequeñuelos, hieren a los caballos moribundos. Son crueles y
fríos. Hacen daño sin remordimientos. Esa fue la vida de Germán mucho tiempo. A
veces asistía a reuniones de criminales, en los antros tenebrosos donde se
estudia y se medita el delito, donde beben el odio las almas desarrapadas, en
esos zaquizamíes de que está la ciudad llena, manantiales de todas las
depravaciones, donde la moral ha muerto. Sobre ella ha caído un crespón. El ocio
ha transformado a esos seres esquivos en larvas siniestras. Odian todo lo que
brilla y luce; aborrecen todo lo que trabajo y crea, no porque esto sea un
reproche que ellos no podrían conocer, sino porque la envidia los encoge, los
llena de ira y los transforma en bestias hurañas y siniestras. Por eso en sus
diálogos contaminados hasta el extravío, se imaginan que los otros son felices
porque los pobres trabajan para ellos y son ricos por la injusticia divina. No
entienden los corolarios de la labor virtuosa. Se creen insultados. Suponen que
para los ricos ellos son miserables gusanos de las podredumbres de la sentina
humana, y cuando los ven en el coche lujoso por los parques de la ciudad y
contemplan luego su propia miseria y los arambeles de que están cubiertos, asoma
en el pensamiento sombrío la idea de la venganza por el exterminio colectivo.
¡Eso ha creado la bomba de dinamita!</p>
<p>Después es necesario ver lo que resulta la historia a través de esa psicología. A
Germán lo arrancaron un día de la vida errante y bestial, para ponerlo en un
colegio. Pagaba un desconocido que se decía su padre. Entró allí con su espíritu
amargo y sombrío. Tuvo lengua malvada. Cuando uno de los muchachos quiso un día
probarlo y le pegó un puntapié, Germán saltó como un tigre y le metió los
dientes en el gañote. Desde entones lo dejaron quieto. Estuvo algunos años. Ya
en lo último no leía sino libros que estudiaban la vida de los criminales y los
que por defender a los pobres predicaban el desorden y la anarquía. La historia
se transformó en su cabeza en una larga brega llena de sangre entre verdugos y
víctimas. Los proletarios eran siervos; los proletarios eran los soldados del
trono ambicioso. Para que éste viviera en el fausto dorado en medio de la danza
alegre de las cortesanas, ellos morían en las batallas, y las talegas de sus
tesoros llenas estaban de los ahorros de los obreros. Para eso inventaron el
impuesto. De los reyes era todo, cabañas, sembrados y doncellas. Los hogares
vivían contaminados y los templos del Dios bueno no servían sino para el
sacrilegio. Las cortes eran lupanares; sus mujeres elegantes prostitutas
semidesnudas y los acontecimientos a veces corolarios de las embriagueces
caprichosas. En las locas orgías, acostada en el florido triclinio la hetaira de
pecho marmóreo y labio húmedo y ardiente, tenía a veces la fantasía funeraria.
Quería el ataúd. Soñaba con el sarcófago. En pleno sol miraba a través de los
anchos ventanales del palacio, mientras sobre el negro cadalso el alfiler de oro
hería el corazón de la rival voluptuosa o la espada tronchaba alguna varonil
cabeza. De esa sangre de mártires hay mucha en la historia. Los reyes no aman la
libertad. La cárcel está abierta para encerrar generosos y las largas
melancolías del destierro entristecen la vida de los pobres, que alguna vez se
acordaron que tenían derechos. En cada página escrita por ellos hay infortunios,
y de las grandes desolaciones se salvaron siempre con el sacrificio de los
miserables. Cuando hay carestías, los tronos visten de seda; los ricos
escarnecen a la turba famélica, mientras una multitud de esqueletos lívidos, con
calaveras huecas y largas y desnudas canillas, mujeres, hombres y niños vagan
por los campos desiertos, con las pupilas en la demencia imbécil, para morir a
millares cayendo los unos sobre los otros y sonando las costillas casi mondadas
como siniestras arpas, y sobre el horror de la carnicería, entre la náusea de
todas las putrefacciones, el festín de los reyes de lejos resplandece de
diamantino fulgor y los cantos de la bacanal borracha al vasto cementerio en la
noche de los tristes y de los moribundos. Una ira sorda se apoderaba en aquellas
lecturas del corazón de Germán. Era violento, irascible, indisciplinado. Más de
una vez fue, a dar al calabozo y en el cuartujo estrecho bajo la luz escasa de
una ventanilla, las horas enteras seguía leyendo sus libros. Estaban prohibidos
en el colegio; pero la astucia le servía para ocultarlos. Así se apasionó por la
blasfemia. Los autócratas necesitan un cómplice y lo eligen a Dios. La religión
es hermana de las tiranías; el auto de Fe es hermano de la prisión de estado;
los obispos se dan la mano con los generales de artillería, y en el fondo de la
mansedumbre de las congregaciones se descubre la avaricia sórdida, la avidez del
oro y el deseo de apoderarse de la conciencia humana para dominar el mundo. La
educación es el medio que usan; la salvación del alma al pretexto; la verdad
profunda es la tendencia a transformar a los hombres en catecúmenos. Hoy
necesitan luchar más porque ya no tienen la fuerza. Los tiempos modernos crearon
la energía popular, y la necesidad del monarca de conservarla para sí, los
arrojó del gobierno; pero ellos, serpeando silenciosos como los reptiles, entran
en los hogares y se apoderan del alma de la mujer. Esta le entrega los hijos
para que sean de Dios. Con ellos crean el colegio se hacen ricos y se preparan
para la revancha. Ejercen misión especialmente en la familia aristocrática. Con
tal que les den el cielo, ésta da el dinero. Por eso siempre marcharon juntos,
en la historia que está llena de horrores en las guerras religiosas. En el
nombre del Dios bueno fueron destrozados los pueblos, quemadas sus casas y
asolados los campos; el destierro abrió sus desiertos senderos y el hambre fue
dejando esqueletos diseminados en nombre de la Cruz. En el mundo la acción del
clero fue igual a la de los monarcas. Después aquél inventó la tortura, que fue
una degeneración de la justicia, y éstos inventaron la cárcel perpetua, el hielo
obscuro de la mazmorra, donde las almas bravías y los espíritus más egregios
morían en la mortal angustia de las soledades. ¡Ni madres, ni esposas, ni hijos,
ni epistolario siquiera! En la noche alta se acostaban sobre la dura piedra,
oyendo a lo lejos los ruidos del mundo, y viendo a través de la estrecha ventana
sucia la luminaria de las libres ciudades. En los rincones de la ergástula, por
donde se deslizan las ratas y la humedad crea el sapo, están los fragmentos de
las liras rotas; están las paletas desgarradas; está el mármol informe hecho
pedazos y las páginas del libro se han borrado y yacen sobre el piso
transformadas en inmunda papilla. Ellos hicieron morir al arte. No quieren la
luz que ilumina los cielos, las praderas y el mar, ni la estrofa, ni el encanto
de las diosas de mármol, ni la melodía que suena en todas las cosas, mientras
los filósofos, sentados sobre los escombros de los monumentos, consagrados a la
libertad de la mente, huraños anacoretas, se dejaban morir antes que manchar su
emblema y rechazaban todas las tiranías en los anatemas fulmíneos, para
acostarse en los féretros como caballeros antiguos, vestidos de la armadura
bruñida, adornada la coraza de blanco y puro cendal. ¡Ni el clero, ni los reyes,
ni los ricos, tienen un capítulo para la virtud, y sobre esos cadáveres y sobre
esos crímenes consolidaron sus tiranías!</p>
<p>En nuestra tierra es lo mismo. La odisea de los parias tiene tanto dolor como en
las viejas naciones. La desnudez acompaña al hombre primitivo de alma salvaje,
bruto de músculos, con la mente llena de instintos. Son negaciones. Viven y
mueren como los vegetales y los cadáveres se pudren en los desiertos vastos, sin
que en vida hayan sido nada en la marcha humana. ¡Estériles y desventuradas
sombras! Ha vagado la horda por siglos, muerta de hambre y de frío entregada a
todos los desenfrenos, con todas las hediondeces de la piara agusanado y presa
del lúgubre ardor de la matanza. ¡Nunca tuvo alma, nunca tuvo derechos! En
nuestra tierra pasaron como aglomeraciones informes y en vez de parecer hombres,
parecen hondos silencios de épocas caóticas, una fúnebre marcha sobre la pradera
enorme de gigantescos esqueletos sin historia y sin arte. ¡Oh! ¡Yo estoy seguro
-pensaba Germán leyendo- que han habido tiranos allí también y sacerdotes y que
los humildes sufrieron y que las mujeres fueron recua vil!</p>
<p>Estamos en la conquista. La hacen a sangre y fuego. La niñez muere a manos de
bandidos, y a los viejos les destrozan las vísceras. No hay respeto por los que
se rinden en aquellas hecatombes colectivas. Los sobrevivientes huyen al
desierto desolado, los otros se transforman en esclavos de los déspotas,
mientras se planta la cruz entre un charco de sangre y los brazos a un lado y
otro tendidos sobre otros charcos echan su sombra. Entonces los guerreros
arrodillados oyen misa de campo bajo el cielo infinito y comulgan. ¡Oh! ¡Divinas
Eucaristías! ¡No valen esas albas purezas increadas para redimir el crimen
impenitente que hizo casi desaparecer una fuerte raza secular! ¡Oh! ¡Obispos
mitrados de violeta sérica vestidos, obispos de la mano blanca! ¡Han cruzado los
tiempos las sacrílegas bendiciones! ¿Por qué iluminó el celestial esplendor de
la amatista las corazas contaminadas? Cuando ya no fueron enemigos, sometidos a
trabajos superiores a sus fuerzas, siguen pereciendo los parias de hambre, de
miserias y de insomnios y encorvados en las villanas faenas los altivos salvajes
de la llanura y los bravíos montaraces acuestan el cuerpo moribundo sobre la
nativa tierra, ¡para que los cementerios los escondan en silencio bajo el humus
esclavo! ¡Obispos mitrados, obispos de la mano blanca! ¿Por qué iluminó el suave
esplendor de la amatista las corazas contaminadas? Solamente uno protesta, Las
Casas y queda en la historia como una gloria humana. Han destruido la raza. Hay
que buscar nuevos esclavos. Llegan los negros de África, vendidos como bestias.
Sigue la esclavitud. Los blancos se enriquecen con el hambre y la desnudez.
Tanto los ultrajan, y los vejan, se alimentan tan mal y tienen tan poco abrigo,
que de generación en generación esos robustos robles se van contaminando,
pierden vigor y concluyen mordidos y muertos por la tuberculosis, donde otros
gruñen por ahí como animales, embrutecidos de alcohol y de miserias. Así los
ricos y el clero han escrito en su libro de oro esas dos destrucciones, cuando
tal vez hubiera sido posible una aplicación más benigna de la conquista y el
Evangelio manejado por místicos enfermos, resultó hoguera y potro, pudiendo ser
paz, amor y caridades.</p>
<p>El rencor se acumulaba en esas lecturas en el corazón de Germán. No era compasión
para las víctimas; eran odios feroces para los opresores que se agigantaban por
la mentira y las exageraciones de las pseudohistorias. Los libros son muy
capaces de modelar almas y ese corolario del lupanar y del cinismo que tuvo
niñez triste, se hizo a través de aquellas páginas un adolescente tétrico. Fue
un facineroso, creyéndose un vengador; fue un espíritu satánico, creyéndose
predestinado a redimir generaciones deprimidas por seculares oprobios. La luz se
apagaba muy tarde en su cuarto del colegio y la madrugada lo encontraba muchas
veces sentado, recibiendo en el rostro lívido y entrando a través de sus
fúnebres pupilas las primeras claridades. ¡Ni un rayo de alegría en su corazón,
ni un movimiento de amor hacia el despertar del mundo! Tosía a ratos para volver
a bajar la cabeza sobre el libro abierto. Entonces seguía leyendo los horrendos
crímenes. Veía la destrucción de muchas civilizaciones, los reyes de América
fusilados y el alma suave de muchas razas amigas del Sol, volverse torvas por la
contemplación de las muertes inicuas y de la deshonra. Todavía desparramados en
el vasto suelo yacen los trozos de las antiguas ciudades, enormes macizos
abandonados entre los matorrales llenos de polvo, torsos hechos pedazos de
dioses y columnas y altos pórticos rotos. de templos, desmoronados por los
iconoclastas sedientos de oro y de sangre. Las ruinas cantan los estridentes
poemas. Hablan de la familia destruida, del amor ultrajado y de las vírgenes
estupradas por la horda salvaje y dicen, a los desamparados silencios de las
soledades nunca más pobladas, el rugir feroz de la matanza y las nenias largas y
hondas de las lágrimas despavoridas. Huyen las generaciones atropelladas por la
sombra de la Cruz; las espadas de los antiguos caballeros pierden la honra y se
transforman en hachas de verdugos y los templos consagrados por la pureza del
culto a la divina naturaleza, a la del sol fecundo, a los mansos rocíos del
cielo azul, se bambolean en el huracán de la conquista y son sustituidos por la
capilla húmeda y sombría. La religión fue una cosa torva. Hasta entonces había
sido un cántico de gloria y una excelsa veneración a las maravillas de los
mundos. La religión se llamó tortura y los sacerdotes eran los ministros de esa
inicua forma. Mientras tanto las madrugadas de la naturaleza cantan sobre los
escombros el himno eterno, más infinito que las cosas materiales, más inmortal
que la criatura humana. Hechas de sol y de humus trepan las plantas alrededor de
lo destruido, agarran con sus barbas a los macizos solitarios, cuajadas de polen
y de perfumes, para rodearlos bajo el peplo verde obscuro de sus injuriantes
malezas. Las ciudades muertas y ocultadas al brazo humano en las tupidas trenzas
de la selva salvaje, tiemblan en susultos al paso de las sinfonías del alba y
beben con mística plegaria su luz eucarística y el susurro del éter estremecido
y cubiertas cada vez más las ruinas dentro de las frescuras del ramaje sombrío,
viven a pesar del hombre, salvadas bajo el peplo de la piadosa naturaleza. Los
mediodías calientan los gérmenes allí acumulados y las savias, con olores de
macho en celo, penetran los helechos y los algarrobos que irguen sus tallos y
sacuden las altas melenas verdes en la cópula fecunda y las semillas virginales
se abren, crepitan y derraman licores que entregan a los besos de la madre
tierra.</p>
<p>-Esa es la antítesis -gritaba en la noche Germán, amenazando al cielo con el
puño. La espada y la cruz pasan dejando en su camino desolaciones y transforman
en estepas los campos floridos, mientras el alma angélica de la naturaleza ama,
protege y crea sobre el sepulcro de los parias desaparecidos en el crimen de la
conquista. ¡Aquéllos son mis odios, mis torvos odios!...</p>
<p>Después leía los poemas de la tarde en las soledades tan llenas de la religión
del dolor y las Ave-Marías de las ruinas calladas, cuando vaga y solloza por la
sombra que va llegando el amor del buen Dios. Entonces se oyen como gemidos de
arpas en la espesura y un glorioso trinar de bandadas, pero así... a lo lejos
como saludos tristes, como el aletear del pañuelo blanco del peregrino que
abandona los nativos alcores. Parece que en esa hora, en que las cosas anhelan
el descanso, surgieran de aquellos restos las memorias de la vida antigua, un
desfile de amor y de heroísmo y una serie de hogares en marcha, nobles por la
virtud y el trabajo y parece también que sobre ellos arrodillados en piadosa
cohorte dejaran sobre el tapiz de musgos los besos dolorosos los viejos
moradores y humedecieran los adorados fragmentos con la caridad infinita de sus
lágrimas. Por eso es tan triste la Ave-María de las ruinas porque cada piedra
forma parte de un féretro y estos, son tristes en su fúnebre silencio. Allí
hubieron casas y templos, vírgenes y soldados, donde ahora se tiende la tarde
melancólicamente a través de la serena religión de la selva. La luz huye poco a
poco, abandonando el corazón de la espesura. Las ruinas se van borrando,
mientras los gorjeos son cada vez más callados. Entra una dolorosa quietud.
Alguna cosa flota en el ambiente que parece una angustia de nostalgia, una pena
de infortunio eterno, como si la luz fuera la alegre novia de las malezas que
caminara en triunfo arrojando rasos y aromas y la risueña cantora de los
madrigales en el día apacible. Así los monumentos rotos sollozan en la intensa
paz de la noche que llega. Se oyen cantos de grillos, los mismos que ganaban los
huecos de las paredes cerca de la lumbre en las noches de invierno, mientras los
monumentos sollozan en la intensa paz de la noche, que corona la frente del <seg rend="italic">Ángelus</seg> de las ruinas con las primeras estrellas. A flor
de suelo y entre el ramaje brillan las luciérnagas; saltan por todas partes las
chispas de luz. Ya no hay gorjeos. Los pájaros y las fieras duermen en el vasto
silencio. El alma salvaje de la maraña se ha acostado en la sombra, sobre los
escombros de las ciudades destruidas y sobre los cementerios de las viejas
generaciones, bajo el quieto azul obscuro, entre el divino misterio de las
cosas, mientras la mente de Germán ve vagar en cohorte los esqueletos
temblorosos de los diezmados a puñal y aparece en el horizonte la hoguera roja,
dilatando el horror de la carnicería que no acabará nunca a pesar del paso de
los siglos y de las mansedumbres celestes de las religiones.</p>
<milestone unit="section" rend="asterisks"/>
<p>Sigue leyendo su libro y cada día que pasa crece el rencor contra los ricos. En
el colegio a él no lo visita nadie. Envidia a los compañeros que reciben besos y
alegrías. Las madres llegan con sus hermosos trajes de seda, con la opulencia de
la carne feliz y las hermanas llenan los corredores, ríen, y conversan del brazo
de los hermanos. Es una fiesta. Son los quince años de las ricas, dichosas bajo
los sombreros de paja de Italia con ramos de cerezas. Todas hablan a un tiempo
como una bulliciosa bandada de primavera. Los muchachos están contentos. El
domingo van a salir y a comer con los padres. Tendrán libertad ese día y el
abierto y embalsamado aire de los jardines. Las calles dilatadas serán de ellos.
Entonces vaga solitario por los corredores sin que nadie se le acerque. No había
recibido nunca besos. Es una sombra silenciosa en medio del vaivén de la
muchedumbre de visitantes. Por eso él no quedaba mucho rato. Le hace mal el
bienestar ajeno y aborrece todo eso que es amor y él cree liviandad inútil. A
veces piensa lo más inicuo. ¡Si la deshonra echara un crespón infame sobre esos
apellidos! Entonces se retira al estudio para volver a sus autores sombríos y el
pesimismo demoniaco le aferra de nuevo el corazón. De cuando en cuando tosía.
Una vez sintió un gusto salado en la boca. Era un esputo con sangre. No hizo
caso y bajó de nuevo la cabeza sobre sus autores sombríos.</p>
<p>No concluyen jamás los dolores para los parias en esta tierra. La raza fuerte y
vagabunda nacida después, quiere ser libre. Aprende eso a través de los campos
sin fin, en la rica comarca entre el relincho, el retozar frenético de los
baguales y las carreras bravías del toro de erguida nuca y narices humeantes y
dilatadas. Tiene la sangre llena de fibrina y glóbulo rojo levantisco, la sangre
férrea calentada en las lujurias de las praderas desiertas. Nace el <seg rend="italic">Vir</seg> de la ferocidad castellana engendrado en cepa
aborigen en plena naturaleza y los muchachos maman cuajada de pechos cobrizos de
nómadas tolderías. Domina el <seg rend="italic">Vir</seg> sólo el peligro de los
desamparos y se transforma en dueño del suelo, conquistado con el caballo y toma
su alimento a lazo limpio, entrando a cuchillo a través de las carótidas y se
oyen entonces en la pampa sola, alrededor de la res desplomada sobre los pastos,
los lamentos lastimeros de las compañeras. Ve que la sangre es fecunda y se hace
el amante frío de la matanza que lo consagra soberano señor. Empieza a
comprender que el extranjero no es ya dominante por derecho humano y no cree que
las tiranías puedan heredarse. Además se pretende arrebatarles las tierras que
sojuzgaron con su coraje y reducirles el pan y las ropas. Entonces en muchas
partes a la vez, en los suburbios de las ciudades, en los ranchos y taperas de
los campos, los parias inician el alma rebelde; la nación retoña aquí, allá y
más allá, fresca y potente de juveniles energías y el fusil de la conquista los
derriba con el pecho roto y los presidios abren su ponzoñosa entraña para
asfixiarlos. Los ricos llegan siempre tarde. Tienen miedo. Guardan los títulos
de sus propiedades bajo los pisos de sus mansiones. ¿Para qué modificar las
cosas? ¿Qué tienen que hacer estos iconoclastas que exacerban las iras de los
conquistadores por derecho divino? Pero la marea se agita, los iconoclastas
triunfan y la borrasca formidable azota sus furias contra los diques y los
despedaza. Entonces los ricos de un salto se colocan a la cabeza de la
innovación revolucionaria para salvar sus vidas y sus dineros y los parias
siempre detrás mueren en los combates o arrastran los cuerpos escuálidos de
hambre y de sed en las marchas penosas.</p>
<p>-¡Mandrias los ricos -rugía Valverde golpeando al libro-, mandrias siempre! </p>
<p>Miraba de nuevo la pseudohistoria y seguía leyendo. Hay muchos muertos. Quedan
innumerables familias en el desamparo, porque para sostenerse venden sus predios
a vil precio; pero los sobrevivientes conocen su fuerza a través del humo del
combate y entre la embriaguez de la victoria. Entonces la plebe quiere el
gobierno propio. Nada de procónsules. Que mande el más fuerte. Para saber quién
es, es preciso probarse, porque todos son hombres y a todos agita la libertad
con su alma bárbara y sanguinaria. He ahí la razón de las guerras civiles. Los
héroes vueltos a su tierra temen volver a la esclavitud. Luego faltos de
educación política, llegan al desenfreno. Los ricos y el clero que pudieron
conducirlos se asustan, esconden sus personas y sus dineros y los abandonan. Uno
que otro queda en la brecha no por amor el humilde, sino por bajas y ambiciosas
pasiones. Entonces lo de la anarquía. De punta a punta epilepsia y sangre a
fusil y a cuchillo. Nada de honor, nada de moral. En la entraña de cada
provincia, batallas; en la nación alma de exterminio; en el hogar la deshonra;
en la propiedad el robo homicida; en la ley una sombra; en la familia los
hermanos contra los hermanos; los padres contra los hijos; la noción de la
patria perdida; perdidos los esfuerzos por la independencia; cementerios aquí y
allá y más allá, venenosos de vísceras corrompidas y sobre la pampa, a través de
las cuchillas escuetas y entre las trenzas del monte inextricable, las furias de
un vendaval de muerte; los ricos asustados, los frailes asustados y el deseo de
llegar a la paz a través de un monarca.</p>
<p>-¡Es demasiado pronto! -rugía Valverde. No se ha de cerrar a pesar de ustedes el
cielo. Hace muy poco que hemos arrojado a uno. No queremos otro. Es necesario
que mueran muchos parias todavía. Esperen. Ya viene para vuestras cobardías el
chucho de miedo que hace dar diente con diente y temblar las piernas. ¡Ya vienen
los que confiscarán vuestros tesoros y os cortarán la cabeza!</p>
<p>Germán volvía a sus pseudohistorias, mientras el silencio de la noche alta
penetra las cosas en el universo. El colegio duerme. En sus vastos corredores no
hay un solo ruido.</p>
<p>Es una negra y quieta mole el vasto edificio y él desde la ventana de su cuarto
contempla los patios obscuros. Ningún hijo de rico estudia a esa hora. Duermen
hondo, porque no tienen ásperos recuerdos de pobrezas pasadas, de hambres y de
andrajos. Siente a lo lejos los rumores de la ciudad que se divierte y ve en el
horizonte el reflejo de sus iluminaciones, como si fuera una diáfana cortina de
polvo de luz, esparcida bajo el cielo. Él está solo en medio de la noche como un
siniestro ángel, ocupando el vacío de la ventana con su larga línea de fantasma.
Extendió su brazo en la tiniebla. ¡Tal vez cruzaban por su corazón graznando los
buitres del rencor y arañándole las fibras con la aguda zarpa! Había un aire
tibio de primavera; había en la noche una celeste paz y bajo el cielo lleno de
estrellas susurraba aleteando apenas la brisa leve como en concierto angélico.
Un grillo modulaba sobre su cabeza el grito monótono y los rumores de la ciudad
se iban apagando. Germán levantó los ojos y había paz; miró alrededor en la
sombra, los bajó hacia la calle. Ningún caminante. ¡Había paz! La calle
iluminada se perdía a lo lejos y las casas cerradas estaban en silencio. Hasta
el convento de enfrente callaba con su alto paredón de fortaleza, con su único
ventanal obscuro, espiando como una apagada pupila. Bajó los brazos el
anarquista. Estuvo agitado un rato en un acerbo soliloquio. ¡¡En la naturaleza
había paz!!</p>
<p>-Solamente yo no duermo -pensaba. Me arde la cara y tengo fiebre. Me duele el
pecho. Esta tos me lastima las entrañas; pero estos dolores míos dan vigor y
hacen hombres, mientras la dicha que da el sueño, enerva, la dicha que no
necesita buscar alimentos, disminuye la virilidad y empequeñece la naturaleza
humana. ¡Oh! ¡Los ricos están muy cerca del manicomio! Después de dos o tres
generaciones sus rostros pierden la expresión, el ojo se apaga y con el labio
caído gruñen como los idiotas. ¡Asimétricos! ¡En esta tierra, donde el pueblo ha
sufrido tanto, ya va a llegar quien os ha de cortar la cabeza!</p>
<p>Y abrió de nuevo su libro y el silencio de la noche alta seguía penetrando las
cosas en el Universo...</p>
<p>Han triunfado los más astutos y los más fuertes; pero la violencia exige la
violencia. En cada provincia un déspota; en la tierra nuestra un banquete
constante de orgía babilónica. ¡Días tétricos y noches pavorosas! No hay alma
popular. La demagogia, villana escoria, golpea con el facón las puertas de los
que duermen, de las trenzas arrastra a las señoras, del pescuezo a los ricos que
por cuidar tesoros abandonaron a los inexpertos a su suerte. ¡Peor para ellos!
La avaricia cobarde no los ha salvado. El relámpago de una cuchilla de carnicero
les desarticula la cabeza; sus mujeres son deshonradas; el vientre de los hijos
entra hasta el mango en los puñales asesinos. Lástima es que con ellos mueren
muchos hombres del pueblo, generosos que se sacrifican así mismo por sus
verdugos. Los matan en montón, sin lástima, fieles como perros de covachas
sarnosas, mientras las barricas de alquitrán arden en las esquinas y devoran
chirriando grasa y huesos de cristianos arrancados de los sótanos. Uno que otro
rico salva el honor de la casta. Muere en los combates. Acepta el sacrificio sin
deliquios femeninos, sin viles rogativas, sacudiendo la nuca, como los
formidables, vigorosamente; pero es bueno observar que éstos ya habían sido
héroes, cuando querían encauzar las anarquías dementes. Llega el terror. Hay
fugitivos que cruzan la noche como sombras, que se ocultan de día y renuevan los
galopes nocturnos. Detrás de ellos la mazorca. Hay tiros en las tinieblas y
horribles blasfemias de los perseguidores. En esa caza jadeante se desploman
muchos para siempre y muestran después el obscuro canal del degüello sobre la
garganta llena de sangre. En los hogares no se duerme. Ya no hay amigos; los
sirvientes traicionan a los amos. Son espías de los poderosos. Muchos ricos
mueren asesinados. ¡Al fin! La canalla se venga. Demasiado tiempo la han
ultrajado y escarnecido. Tiene en el rostro los cardenales de la bofetada y en
los cuartos la equimosis de la coz salvaje y cuando sombrero en mano, imploraba
piedad y pedía los dineros ganados con el trabajo y pedía justicia, el rebenque
del rico se levantaba sobre su dorso y hería sin lástima, mientras los seides
del juez lo empujaban maniatado al presidio a que pereciera de hambre y frío.
¡El pobre no tenía honor, ni hogar, ni propiedad, ni familia, ni nada! Es la
bestia de las cocinas y el limpiador de todas las mugres señoriales, miserable
asno apaleado, si hombre, cuyo destino es morir podrido de tubérculos, en el
desamparo de una cama de hospital, manceba, si mujer, de los lupanares insomnes,
sierva de criminales, ¡ahogada bajo el aliento impuro de los borrachos
impotentes! Al fin ellos tienen el gobierno. La hora del terror ha llegado. La
noche de la nación es lóbrega. En la calle poca luz; están desiertos. Hay una
profunda tristeza y los escasos viajeros caminan mirando a los costados con
desconfianza. Los negocios se cierran temprano; pero en las casas no duermen.
Cualquier agitado rumor sobresalta, el zumbar del viento, una puerta que suena
adentro sacudida contra el marco. Todos de pie escuchan en silencio y cuando el
padre y los hermanos no llegan, rezan el rosario e imploran la divina
misericordia, mientras en la profunda quietud siguen tañendo dolorosamente los
relojes de los campanarios y a los lejos aúllan los perros, como si pregonaran
lastimeros augurios. De repente un tropel; los encerrados huyen a los rincones.
¡Un estampido! Es una puerta derribada; son rumores de lucha y agudos gritos de
dolor y una cohorte de pretorianos patibularios, arrastrando mi cuerpo muerto
por las piedras, atado a la cola de sus caballos y al galope ¡patatán! ¡patatán!
va dando tumbos el cadáver y dejando sobre el suelo lonjas sangrientas. Los
caminos antes desiertos se llenan de desterrados. Sobre la soledad, la angustia
del exilio, la funesta sensación de perder la patria y llegar a tierra extraña
con familia y sin bienes. Transformados en miserables, los ricos tienen que
trabajar, sus mujeres que coser. Ahora viven en tugurios los moradores de las
viejas mansiones señoriales. A veces hay hambre y fríos, como en las taperas de
los parias. Se mueren muchos chicos...</p>
<p>-¡Mejor! -exclamaba Germán. Así aprenderán a ser humanos en la hora feliz. No
harán muecas de desprecio. Lo único que se le puede consentir es el trismo de
dolor, enfrente del infortunio que no se acaba, enfrente de los tiranos que
retoñan, florecen y se consolidan. ¡Para algo sirven siquiera estos taciturnos
bufones! ¡Para nivelar la raza humana sirve esta impía piara, que arroja el
chiquero y el muladar sobre las sedas, alimañas que osan en los cementerios de
sus víctimas y gruñen, husmeando nuevos crímenes, con el hocico arriba lleno de
estiércol! ¡Benditos sean! El buen Dios conserve tan preciosas joyas, aunque
vivan borrachos, aunque sean sátiros de orgías nefandas, crueles maestros del
disimulo y bandoleros. Todo por el bien de la patria, afirman ellos. ¡Vulgares
histriones de máscara monstruosa, a quienes los Aristófanes de suburbio cantan
ditirambos! ¡¡Dios conserve tan preciosas joyas!! ¡¡Siquiera estos taciturnos
bufones sirven para nivelar la raza humana...!!</p>
<p>Una extraña expresión tenía en ese momento el rostro de Germán. La vela iluminaba
su cara pálida, contraída en una guiñada diabólica, mientras por la ventana
abierta llegaban hasta él los mil rumores indecisos y lejanos de la ciudad
dormida. Respiraba hondo el anarquista el aire de la noche, un aire de ciénaga
con olor a tierra y emanaciones de sucios pavimentos. Tosía a ratos. En ese
momento por la calle desierta sintió pasos que se acercaban. Eran dos borrachos
que escribían un zig-zag bajo el farol de la esquina y hablaban con calor.</p>
<p>-Me tiraron los muebles a la calle, decía uno, dando traspiés. Qué culpa tengo si
no puedo pagar el alquiler... Allá fueron catres, colchones y ropas
remendadas... Trabajo como un animal, amigo; pero la plata no alcanza. Mi mujer
también. Todo el día lava. Dele al lado de la batea y echa cada año un chico a
la calle. ¡Pobres marranos! Ya van seis. Siento amigo por ellos... ¿Ve usted? La
nena ya tiene quince años... Está sirviendo en una casa y sucedió que el hijo
mayor de esa familia... Ya sabe... Ella me contó que estaba sola... pero ellos
son ricos... ¿qué se hace? ¡Si no fuera por estas copas de caña ya me había
muerto!</p>
<p>-Tiene razón amigo, contestaba el otro borracho. Ya es así. Ellos son ricos. Yo
no los veo trabajar. ¿Por qué serán ricos entonces? Yo ando en la mala también.
El otro día se me murió tísico un muchacho. Estaba en el hospital... ¡Dele
sangre, gargajos y sudores!... Se consumió como una vela de sebo... ¡Y qué ganas
tenía de vivir!.. A la madre que estaba llorando la consolaba, porque él decía
que iba a trabajar después cuando sanara, para que ella pudiera comer y
descansar. Al revés fue... A nosotros no nos dejaron entrar, cuando se moría...
¡Cómo sufrimos amigo, pero hay un reglamento que para los pobres no tiene
corazón!... Entonces fue que anduve tres días chupando... La pobre mi mujer me
reta pero yo digo: ¿qué le queda que hacer a uno, cuando anda en la mala?</p>
<p>Siguieron los borrachos perdiéndose lejos, como bultos obscuros en marcha bajo
los faroles, mientras Germán apretaba los puños sobre el libro abierto, pensando
que a esos hombres la pobreza ya les había deshecho la hombría. Ni una protesta
siquiera. Tenían el cuerpo doblado bajo los garrotazos e iban hacia la muerte
resignados como los brutos. En frente, en el convento, parecía agitarse alguna
cosa. Llegaban hasta él largos y monótonos rezongos, como si rezaran el rosario.
De repente se oyó la melodía de un órgano, una melancólica sordina, impregnada
de dulce y religiosa armonía. Parecía un salmo. Tal vez el canto de algún pueblo
desterrado, llorando por las selvas nativas, por la cabaña destruida y por los
campos asolados en la guerra; una triste plegaria al Señor, que alimenta con
lluvias los prados y ampara a las familias en las horas de dolor. La música
llegaba por ráfagas, callando de repente, pero era siempre, la nota mística,
como una idolatría hacia Dios, y una esperanza de beatitud celeste. De repente,
la ventana se iluminó cual un grande ojo brillante y Germán vio un ataúd
desnudo. Las monjas, cubiertas de velo negro, lo llevaban a pulso. El canto se
hizo más claro. Era el <seg rend="italic">De</seg>
<seg rend="italic">profundis</seg> con que acompañaban a una novicia muerta. El
anarquista se estremeció. La ira hizo centellear sus pupilas. Se levantó,
apareciendo su cuerpo en la ventana como una sombra.</p>
<p>-Quién sabe lo que se lleva ésta al sepulcro -pensó. ¡Pobres mentecatas! El culto
hipócrita les enseña que deben ser castas; es decir, la religión en contra de la
naturaleza y de Dios, puesto que esta es su obra. Y se amontonan allí en las
celdas obscuras, para sufrir hambre y herirse las carnes con el cilicio, en el
sacrificio estéril, como si la novicia estuviera, más que la novia, cerca de
Dios, como si la monja estuviera, más que la madre, cerca de Dios.
¡Desnaturalizadas! ¡Cuántos crímenes en esos cuartujos estrechos, con humedades
de sótano; cuánta deshonra! ¡Religión sublime de amor! Los hombres practican
esta degeneración: ¡el culto homicida!</p>
<p>Germán bajó otra vez la cabeza sobre sus pseudohistorias leyendo aquel libro que
no tenía en sus páginas una palabra de perdón. Lo había escrito tal vez un alma
enferma, un luchador de abajo, de juventud triste y dolorosa y virilidad
escéptica, obligado por la suerte a vivir entre el mal, al conocimiento de todo
lo artero y lo inconfesable, sin saber nada de la virtud. Así como esas
psicologías son las páginas esquivas y así también es venganza lógica lo que es
delito para una mente equilibrada. Por eso el elogio satánico de las tiranías;
por eso ese libro no entendía la reacción.</p>
<p>La describía a su modo, siempre en perjuicio del harapiento. Los ricos dirigían
desde el destierro las primeras conspiraciones, que concluyeron diezmando a los
que no tenían plata; el motín a metralla y las asonadas a punta de bayoneta.
¡Cuántos valerosos murieron! ¡Cuántas familias desamparadas han caído en el
anónimo infame y se han disuelto en las deyecciones de los bajos entresuelos!
Los descendientes andan por ahí dispersos, luchando con la miseria, apellidos
heroicos, perdidos en los conventillos, nietos de viejos soldados con la señal
roja del alcohol en la nariz, ludibrio de los pilletes, teniendo en los ojos el
reflejo atónito de la máscara idiota. Los que no murieron en las batallas de los
despotismos, fueron ilotas de los ricos, apresurados en apoderarse de la tierra
para hacerlas feudos. Así se concentró cada vez más la fortuna en pocas manos,
mientras los parias seguían muriendo y en la guerra nacional y en las civiles
cambiaba el alma de esta tierra; porque antes era lujo y honor servir a la
patria, ser artista, hacer caridad o cuidar con acerada pasión el renombre de
los dioses tutelares. En cambio hoy se adora el becerro de oro. Tenía que
suceder. Todas las decadencias se distinguen por la zoolatría. Aquí el becerro.
Menos mal. Podía haber sido cualquiera ave de rapiña, ¡tantos despojos hubieron,
tanto ratero impune que usa frac, da comidas y tiene salones y mira de arriba
abajo a la turba andrajosa, restos miserables de una cohorte inmaculada que ha
ido entregando de generación en generación, a través de las décadas, sus
virilidades y sus noblezas!</p>
<p>Y la odisea sigue a pesar de todo. Antes tenían el sepulcro en los campos en el
aire libre y grande siquiera; hoy se hacen pedazos en los atrios, sirviendo
lascivias ambiciosas de capitanejos barbiralos. Viven en los clubs políticos,
donde acarician el cascarón aborigen de los candidatos insuficientes. Y la mayor
parte están en las fábricas, tumbas ponzoñosas que beben minuto por minuto la
vida de las células, largos tugurios escasos de luz, que saben a roñas de
hacinamiento y sienten a sudores, de enfermos, a grasas rancias y vapores
malsanos de maquinarias. Pasan el día entre el hedor de las suelas podridas,
manejando tabacos y respirando nicotina, envenenados por las emanaciones del
plomo, mal pagados, mal comidos, obligados al sueño escaso, con el espectáculo
de los inviernos sin pan y sin calor. ¡Mala escuela el hacinamiento! Los sexos
están cerca. El corolario es el vicio precoz. Por la calle se ve caminar una
turba de muchachuelas de piel terrosa y cuerpo enflaquecido, vestidas de
zarazas, maestras antes de la pubertad de todas las degeneraciones sexuales, más
que rameras corrompidas, que entregan sus carnes venales en cada esquina a la
salida de las fábricas, como si esas pobres larvas fueran la ofrenda para la
bestialidad humana. Así, estas contaminadas por el escándalo, ángeles dolorosos
caídos en el cieno, llegan envejecidas a la adolescencia. Han dejado en el
camino, hace rato, los inocentes candores, botones marchitos y sin perfumes
antes de ser flor, corazones manchados por la crápula, vírgenes muertas en la
infancia, ¡deshonestas que nunca más tendrán primavera! Así, de peldaño en
peldaño, van hacia la obscura zahúrda del lupanar. Si madres, por casualidad,
meditan el crimen, y siquiera sea en la intención, se hacen infanticidas; si
mujeres de algún desarrapado, llegan a la casa sin honra, para seguir dando
tumbos, de adulterio en adulterio, ¡hasta la basura moral!</p>
<p>Lo mismo los muchachos. Se contaminan en las fábricas. Toman las primeras copas.
Oyen hablar del delito. Conocen esa funesta aureola que lo rodea y el nombre de
los delincuentes que se pronuncia en baja voz, esos perseguidos de la justicia,
fugitivos de la noche, que marean la mente inexperta con el prestigio de las
hazañas facinerosas. Viene la imitación. Se carga el primer cuchillo y salta en
la pelea la sangre espesa y roja, con su olor de crimen. Luego el calabozo, los
diálogos con los galeotes empedernidos y el odio a todos los que tienen aseo,
ropas y pan. Entonces se hacen holgazanes y salen a la calle esos cachorros
feroces, sabiendo el robo e idólatras del exterminio, cuando en las celdas no
han aprendido lubricidades solitarias o servido de pederastas en la infamia de
la sodomía. Ellos después desparraman por todas partes los gérmenes de la
rebelión y del vicio, porque no saben de ningún respeto, no tienen religión y
entregan para siempre el cuerpo y el alma al desorden y a la protesta. Puede ser
que hayan entrado a los talleres con todas las alegrías de la infancia
angelical, sabiendo rezar el Padre Nuestro, con la mejilla húmeda del beso de
los padres, enamorados de los juegos violentos y pensando en sus trampas de arco
y en los jilgueros cantores, que los llaman en la madrugada al aire abierto y a
los libres y dilatados espacios. Porque muchos son buenos, estos pequeños
batalladores de las calles que nutren cerca del hogar al corazón de savia
generosa; pero la miseria los encierra; les quita el aire, les arrebata el
espectáculo del cielo y los fija en la fábrica -en las diez horas de trabajo,
respirando sucias moléculas- a ellos que son los fuertes vagabundos de todo el
día, ¡pobres pájaros, encerrados en montón en la jaula estrecha, que miran a
cada rato entre los alambres al éter lejano, que ya no es de ellos y piensan en
las verdes alfalfas de las afueras, cuyos perfumes ya no reciben! Pronto la
mayor parte vuelven a sus casas pálidos y tristes con las alas quebradas,
quejumbrosos como arpas envejecidas y acuestan para siempre, sobre el pecho de
la madre, la cabeza muerta al lado de las trampas de arco colgadas de la pared.
Tal vez sobre los cajones chicos; forrados de coleta azul -en la noche del
velorio- canten asimismo los jilgueros en voz baja, como si fueran el adiós,
lleno de pena, al compañerito que les ofrecía alpiste todos los días y ponía
agua fresca en el vasito de cristal. Ya no lo oyen hace tiempo. Ya no lo ven. A
sus jaulas llegan los quejidos de la enfermedad, hasta que sobre la mesa
cubierto con una sábana blanca, allí debajo de ellos extendieron una noche su
cuerpo inerte, cubierto de hojas de cedrón, con un ramo de rojos claveles entre
las manos. ¡Por eso mientras los padres rezan el rosario, ellos conversan en voz
baja con el alma del compañerito que les daba alpiste todos los días y ponía
agua fresca en el vasito de cristal!... Así la vida encierra en los talleres a
los que tendrán sepulcro prematuro, cuando en la casa rica florecen las mejillas
rosadas, los pectorales se robustecen y se desarrollan los huesos, preparados
para la longevidad.</p>
<p>-¡Den pues un poco, ricos sórdidos! -pensaba Germán. ¡Den para que los talleres
tengan grandes ventanas, pisos secos y estufas en invierno, para que no se
mueran de frío los que trabajan y no se asfixien tragando inmundicias de
conventillos! ¡Eso no es indiferente para ustedes! Mañana las niñeras, que
cuidan a vuestros hijos, los besarán con los labios partidos por la sífilis
hereditaria mal cuidada, y al lado de ellas las criaturas respirarán alientos de
podridos tubérculos. ¡Mucho cuidado! Eso no es indiferente. La pobreza que no se
cuida y mejora es como los pantanos de barro negro, donde hierve desde siglos el
esfacelo de muchos vegetales. ¡No los sequen y verán la cortina de muerte que se
va a extender sobre vuestras viviendas!...</p>
<p>Las noches seguían rodando sobre la cabeza hirsuta del anarquista. Él se quedaba
en ratos pensativo, con las pupilas fijas hacia arriba, sin ver la paz infinita
del cielo abierto y sereno. Su cuerpo se había enflaquecido y tiritaba en plena
primavera, como si estuviese enfermo. De cuando en cuando se sentía en el fondo
de su garganta como un redoble de tambor. Era un acceso de tos seca y
estridente. Algún espectro batía la marcha fúnebre en su tórax estrecho. Sentado
al lado de la ventana, leía siempre el libro de alma ponzoñosa y ruda expresión,
en cuyas páginas iban dejando los ilotas de esta tierra la ira de sus miserias y
los crueles propósitos de sus venganzas, en esa larga y salvaje odisea, por lo
mismo que se acerca la hora de la redención y porque fue verbo, en la aurora del
siglo, ¡el respeto por los derechos del hombre y verbo sangre, religión y Dios
conductor ha de ser en su ocaso el respeto por los derechos del pobre! Así los
hombres que trabajan en el campo y que mueren en las faenas peligrosas, con la
aorta herida y las clavículas rotas, se levantarán airados contra los
feudatarios de las estancias, que viven y tienen mansiones por el sudor de sus
trabajos, por los cansancios de sus músculos, por el hambre y la desnudez de sus
ranchos y mueren a los cuarenta años para multiplicar sus riquezas. ¡Estas
muertes prematuras caigan sobre sus conciencias! ¡Los hijos mantenidos en la
miseria intelectual, para que no dejen de ser siervos, -allá abandonados en las
soledades desiertas, sin escuelas y sin Dios- han de preguntar más tarde por qué
violan la natural tendencia de las familias a mejorar y por qué no contribuyen
educando al progreso humano! Estéril es la peroración. Los salarios son escasos.
La lucha con el toro es bárbara y el potro se hace pedazos por las cortaderas,
arrancando los costillares del jinete, abandonados sobre el pasto en el fúnebre
magullamiento y la Naturaleza, que no tiene confines -sin árboles y sin montañas
en la dilatada estepa- se azota sobre las taperas de los pobres, con todas las
supremas bestialidades de su furor. Por eso el hielo sin fuego y sin ropas; los
ciclones sin baluartes para detenerlos en sus frenesíes de devastación; las
lluvias sin reparos y sin sombras, el estío con su llamarada implacable y por
eso la familia se vuelve raquítica, los niños perecen a montones y los
adolescentes empobrecidos, sin tener nociones del honor y sabiendo que no
terminará nunca la pobreza, porque vieron fallecer a los padres sobre los
jergones sucios, sin médicos y sin alimentos de enfermos, beben la caña de las
pulperías y se transforman en larvas idiotas y en negaciones en el libro de
nuestro progreso. ¡Pobres tontos! ¡Todavía no se han apercibido que los salarios
son escasos y que para ellos ha muerto el porvenir! No conocen nada de sus
derechos; no saben leer ni escribir. El deber más que una altivez, como es en
los conscientes, resulta en ellos un corolario del yugo, una especie de
paciencia de bruto manso y la resignación pasiva de las almas esclavas. Así
recua seguidora y enfermos de supersticiones, son arrastrados como cosas por los
caudillejos melenudos, que tienen el calabozo para los pocos rebeldes o por el
feudatario, que amenaza con el hambre al que se atreve a no ser humilde. ¡Para
los recalcitrantes no hay pan, ni techo, ni derechos, ni ley! Algunos austeros
se hacen vagabundos. La persecución los destierra y el encono, fúnebre
consejero, les carga el trabuco o les afila la punta del puñal. ¡No eduquen,
ricos todopoderosos! No hagan conocer a Dios. No enseñen que hay una patria. No
enseñen que la tendencia del hombre en todos los pueblos civiles es a
transformarse en <seg rend="italic">Vir</seg>. No les digan que son ciudadanos.
No mejoren la familia del proletario. No prediquen el aseo y el descanso
periódico, para que no haya en este país longevidad sana, porque tal vez para
vuestros nobles caletres, el muerto de los cuarenta años, hace la misma cantidad
de patria, que el octogenario virtuoso, el bisabuelo robusto y fecundo, de piel
áspera y rojiza, el creador de la casa solariega, de blancas barbas, erguidos
pectorales y fuerte corazón de patriarca. Permanezcan en la edad media;
enciérrense en los privilegios de casta, como en castillo, enhiesto sobre
abruptos despeñaderos; miren desde sus torreones el dorso encorvado de los
labriegos de la gleba; no los paguen y si llega la huelga amenazadora a los
fosos, ordenen a los arqueros la destrucción de la villana plebe. Vivan en la
edad media, sin observar las conquistas de la civilización humana. No miren que
todo tiende a la nivelación y que el concierto no es posible sin que el rico dé
al pobre parte de su bienestar y el ilustrado dé sus conocimientos, para que
aquél a su vez entregue con buena voluntad los frutos de su trabajo virtuoso.
Sean políticos de la legua, haciéndose idólatras del campanario y no sepan que
antes que eso está la nación y más antes todavía el mundo, que en todo el siglo
ha bregado por la independencia individual a través de la riqueza honestamente
adquirida. Sean ciegos. Crean que lo que dirige es el frac y el escote marmóreo
con olor de lirios y no sientan el clamoreo de las fuerzas populares que marchan
ganando con el trabajo el derecho de ser felices. ¡Ilusos! Las multitudes son
las conquistadoras finiseculares. Los grandes fastos y las poderosas
nacionalidades constituidas se hicieron a hombro de atletas, regados los campos
de batalla con sangre de héroes anónimos, iluminadas las maquinarias del taller
a chispazos de pueblo. El error está en creer que son los hombres de Estado los
creadores. Estos no han triunfado,¡apelamos a la historia! sino cuando fueron
símbolo y síntesis de las sensaciones colectivas. Hay siempre, antes que el
hecho, un designio y una voluntad anónima. En ella se apoyan los dirigentes para
la victoria. Una alma italiana había antes que Italia y antes que Alemania, una
alma alemana. Hasta en las fiestas que el mundo celebra, en los areópagos
universales, se ve la tendencia a la igualdad positiva, no la de la ley escrita,
que es estéril casi siempre, sino la de las leyes naturales, que establecen el
respeto y las recíprocas consideraciones entre los hombres. La estirpe va siendo
un artículo de calidad inferior. Ha sido derrotada por el mérito intrínseco. Ya
se les pide cuenta a los herederos del uso que han hecho de la noble herencia.
Un libro escrito, una industria consolidada, una riqueza por esfuerzo propio, un
descubrimiento científico, o una obra de arte cualquiera, son títulos que dan
soberanía y las almas caritativas que cuidan la niñez, aman a los pobres y
recogen al viejo desvalido para que muera entre sábanas limpias, son superiores
a los blasones pálidos, a los cuales el tiempo desvaneció el color y la
esterilidad quitó hidalguías... Así mismo los emblemas hacen el supremo
esfuerzo. Se han reunido alrededor del altar, y en vez de buscar las alegrías de
la luz, que calienta el sudor de los trabajadores, en vez de caminar mezclados a
las energías que mueven el mundo, han preferido, melancólicos anacoretas, vivir
sin sol, en los augustos misterios de las viejas hazañas gloriosas, en el
silencio de las mansiones frías, donde ya no hay jóvenes primaveras, aislados e
inertes entre el fervor de las ciudades. Así han venido a menos. Tienen delgados
los músculos, la piel fina y azulada. La salud con ímpetos de sangre roja ha ido
desapareciendo. Poco de hombre hay en ellos, mucho de escuálida larva y lo que
crece en esos mausoleos en medio del bullicio de las calles son mentes
estrechas, cultores todavía de la fórmula triste: ¡Dios y mi blasón! Así el
caminante que pasa al lado de esas criptas, donde no se vive sino para adorar
los restos de un mundo muerto, siente olor a lirios marchitos, dejos todavía
salvajes de encinas decrépitas y rotas, emanaciones que salen de los escombros
de fracturados castillos y suenan los alaridos de los tronos, hechos pedazos y
el rugir moribundo de leones y leopardos, que huyen y mueren sobre los emblemas
incinerados y así también el caminante tropieza con una montaña de panoplias
mordidas por el orín, una revuelta confusión de armas, yelmos, corazas,
guanteletes, troncos de alabardas, astillas de viejos espadones, mosquetes y
culebrinas, un cementerio de hierro muerto al lado de las rubias cabelleras que
todavía adornan calaveras de castellanas, entre la elegía de los laudes rotos,
el canto fúnebre del último juglar y la mueca estridente de enanos y bufones,
degeneraciones y espectros que cierran la marcha de la columna de siglos ya
desaparecida en la noche. Mucho dolor de pobres se han llevado, y hambre de
siervos, y sangre de somatenes, mucha humillación de dignidad y mucho crimen de
grandes. La injusticia ha durado ya demasiado tiempo y la hora de la igualdad
positiva se acerca. Teman los que quieren volver el alma de la civilización
hacia sus fuentes primitivos. Cuánta lástima hay que tener por esa última
cohorte de vencidos, por estos adoradores atávicos, lívidos penitentes, que
rezan las oraciones del desierto, enfrente de las fraguas que funden el hierro,
del arado que rompe los campos y de las aleluyas, que cantan las formidables
remezones de la turbina, que acercando a la humanidad, va a destruir las
suspicacias y los odios abonados por la falta de consorcio y de conciliación,
corolario del alejamiento y va a predicar mejor que el Evangelio, la religión de
la paz y del perdón. Teman los que no remuneren el trabajo, los que no enseñen
la libertad y el aseo, los que no protejan la inocencia, los que no ayuden al
humilde. Aquí sobre todo donde la avaricia no ha dado todavía la civilización a
la República y donde el viajero del interior no ve sino la soledad del desierto,
el tugurio de barro o el toldito de cuero plantado a flor de tierra. Allí debajo
duermen casi sin ropas, como salvajes, las familias, procreando los padres al
lado de las vírgenes; gente que se alimenta como los cerdos de bellotas y se
sacian de yerbas como los baguales, razas primitivas que no han aprendido ni una
docena de palabras. Allí están como hombres de la naturaleza. Ven pasar los
torrentes a saltos, sin que sientan la necesidad de sacarse la mugre. Por eso
los sexos se unen allí, sin más altar que el bosque, sin más sensación que la
brama instintiva, mormones vagabundos, que desparraman la semilla sin tener la
noción del hogar y de la familia. No son religiosos en el alto sentido de la
frase. Viven de ridículos terrores y de agoreras supersticiones. No hay
escuelas. No conocen la patria, ni saben de los derechos del trabajo. Jipan por
la comida, el día entero en los latifundios como los glebarios de antaño. Si
hubiera ejército de ciudadanos, tal vez pudieran ser traídos a las capitales y
ver entonces pavimentos, universidades y cuartos de baño; pero el enganche lo ha
transformado en refugio de criminales o en legión de mercenarios. Así nacen, así
viven abdicando en manos ajenas sus iniciativas, mansas bestias colocadas bajo
el yugo de una disimulada esclavitud, sin más horizontes que el que le quieran
mostrar los pocos ricos que les arrebatan las savias raquíticas. En el interior
hay una edad media disimulada. Por poco que uno escarbe sale el feudatario y la
ley en todas sus formas es cosa acomodaticia. Se cumple cuando conviene. En
todas partes se asiste al triunfo del latifundio, sin que los sórdidos Schyloks
tengan siquiera la lúgubre grandeza del personaje, ¡míseras criaturas,
ignorantes del ímpetu de caridad universal, que agita la hora presente, reptiles
infecundos de escamas de oro, destinados a morir! Con el siglo que se va
desaparecerán ellos, arrebatados en el estertor de su gigantesca agonía,
quedando suprimida la injusticia de la riqueza oligarca por la justicia del
bienestar de los más, acompañados en su despeñadero por los emblemas
apolillados, el crujir macabro de los tronos moribundos y el chasquear de las
mitras, al zambullir en la nada eterna!...</p>
<p>Cerró el anarquista el libro, mientras la noche cobijaba en la ciudad las cosas
dormidas. ¡Tanta paz en la naturaleza y tanta salud, al lado de ese hombre
enfermo! Por la ventana abierta entraba el fresco de la suavísima penumbra y
lejos la vista se tendía sobre las chimeneas y los campanarios en la sombra. Los
faroles de la ciudad al horizonte arrojaban como un esplendor en la serena
quietud nocturna. De cuando en cuando había un extraño ruido. Un carro pasaba
veloz. Su cuarto parecía moverse en el violento tableteo de las ruedas. Después
el tañido de una corneta de trenvía y en las huertas cercanas un piar de pájaros
en voz baja, algo como el principio del despertar en la ciudad, alrededor de la
obscura mole del colegio. Un poco más de brisa en el aire y emanaciones de
yerbas húmedas y así todo alrededor más ruidos como en largos círculos
excéntricos. La luz de los faroles empezó a desvanecerse. Llegaba la aurora con
su color rosa pálido del horizonte y se veían sobre los techos más claros
chimeneas, alambres y campanarios. Uno que otro caminante y peones de saco al
hombro. Germán se hacía asomado a la ventana y pensaba que esos miserables
empezaban temprano a aumentar la fortuna de los ricos. De repente vio venir
apurada una mujer en la semiclaridad de la calle. Parecía una diosa de pálido
mármol, con el cabello rubio en desorden. Huía perseguida por un elegante
calavera de pelo canoso, y cuando la alcanzó, ella dijo con voz sofocada:</p>
<p>-Déjame. Te odio, miserable. Estoy harta. Ya no te acuerdas. Yo tenía doce años,
y aquí fue, en esta misma casa, y señalaba un palacio.</p>
<p>Germán oyó claramente las palabras y apretó los puños.</p>
<p>-Dónde entrarás ahora -replicó el hombre tironeándola de los brazos.</p>
<p>-¡No entraré! ¡No entraré! -contestó ella forcejeando. Ni mujer era -agregó. Por
favor te pedí me dejarás ir a casa de mi madre y tú, ¡cobarde! me sofocaste
sobre la cama y me hiciste llorar... ¡Te odio! y le rompió el abanico en la
cara.</p>
<p>-Goga -suplicó con ira el hombre. Entra. Había abierto la puerta y la arrastraba. </p>
<p>Entonces Germán abalanzó su cuerpo fuera de la ventana y gritó con voz de
trueno:</p>
<p>-¡Déjela, déjela! ¡No sea canalla!</p>
<p>El hombre entró, cerrando con un portazo que sacudió la casa y Goga levantó su
rostro hacia Germán. Era un divino rostro marchito y un esbelto cuerpo de diosa,
envuelto en su traje de seda celeste. Sus ojos húmedos tenían una inenarrable
dulzura.</p>
<p>-No sé quien sos -le dijo. Te agradezco. Has tenido lástima de esta pobre basura.
¡Con todos, pero con éste nunca! Adiós.</p>
<p>Germán la miró hasta que no fue sino una mancha a lo lejos y colocó la mano
abierta sobre la pseudohistoria, como si meditara en silencio un rencoroso
juramento. </p>
</div>
<div>
<head>La mala vida</head>
<p>Un día recibió un legajo. Era un manuscrito. Sobre la tapa decía: memorias de
Enrique Valverde para su hijo. Entonces supo quién era y de dónde venía. Se pasó
muchas noches leyendo y volviendo a leer. Cuando concluyó, abrigaba nuevos
odios, más crueldad y más ironías. Eran capítulos feroces esas memorias, medio
borradas, con los bordes de las páginas corroídas, con manchas a trechos
verdosas y viejas -el poema de un abismo moral, los castigos a la humanidad por
un alma depravada...</p>
<p>Deseo que mi hijo, empezaba el manuscrito, sea igual a mí, que no he respetado
nada y no he perdonado nunca. En este estudio de la vida no he encontrado sino
hipócritas. La virtud suele ser el ropaje; el fondo de los hombres es un lodazal
hediondo. No tienen más norte que el interés sórdido y no conocen el honor sino
para mancharlo. En todos los gremios se roba y se falsifica. A la estafa le
llaman negocio. En esto los de abajo imitan a los de arriba, que viven de la
coima inmoral. A esto le llaman Gobierno. Este podía ser un hecho augusto; pero
cuando uno ve que no hay libertad, que no se elige, que los dineros populares se
despilfarran, que la sorna y la ironía acogen las generosas protestas, que no
hay más Ley que la fuerza, entonces está tentado uno de pensar que Gobierno es
sinónimo de deshonra y tahures son en la esencia los que lo dirigen, puesto que
juegan con la riqueza pública, impasibles, con cinismos de ruleta tramposa. No
se contentan con esto. Juegan también con la dignidad. Reducen al hombre, que se
dobla bajo el látigo o el infortunio y pasa a través del muladar resignado y
triste, inferior al asno que suele fracturar de una coz las costillas del
arriero que lo lastima. ¡Dejémonos de jeremiadas! El error está en creer que el
hombre vale algo. Los observadores saben que muy poca distancia hay entre él y
el bruto. Quiero que mi hijo los conozca desde temprano. Es bueno que entre a la
vida sin ingenuidades y le ruego me escuche con mucha atención. Para que se vea
toda la insuficiencia que hay en ellos, diré que respetan cuando tienen miedo.
Si saben que uno es capaz de atravesarlos de una estocada o de despachurrarles
el cráneo de un tiro, lo dejan marchar, lo favorecen y hasta lo adulan. Así se
explica la aureola que rodea al duelista vencedor, no siendo los duelos, en
general, sino asesinatos disimulados. Es cierto que el homicida inspira horror;
tal vez se vea después en el mundo abandonado y solitario; pero si se acerca a
pedir, le dan, y cuando encuentra resistencia, no tiene más que arrugar el ceño.
Llega luego el terror y obtiene lo que desea. Por esta razón también los
guerreros, que pueden herir o matar, son eficaces, mientras los filósofos
predican en desierto y sus fulminaciones o apologías son estériles. Para ellos
el adagio aquél: «Se les oye como quien oye llover». Conozco muchos artistas.
Hacen obras inmortales. Apenas si en la brega de toda la vida logran modificar
un poco la estética. Un general de caballería, que llegue a tiempo, se lleva en
una carga por delante y destruye poemas, mármoles, cuadros y armonías, la obra
de un siglo, el esfuerzo de los más eximios en una nación y arrebata
civilizaciones bajo el relámpago del sable, con el encuentro del corcel en
furia, para arrastrarlos por el lodo y vuelve las cosas, si se le ocurre, a los
primitivos embrutecimientos. Es bueno que mi hijo aprenda temprano a hacerse
temer y no descuide las armas. Sepa también que los hombres, por la vida
difícil, por la brama de fausto y de ostentación, van cayendo con los años,
peldaño tras peldaño, hasta la sima infame y se vuelven pérfidos y arteros. Son
capaces de robar si pueden ocultar el robo, y no temen la deshonra de la
familia, hasta hacer mancebas de sus hijos, si eso no trasciende afuera. Conozco
algunos, que prostituyen sus mujeres, alegres y pacíficos bicornes, que digieren
bien a pesar de eso, sin ser ludibrio de los demás; mientras en la casa todos
comen esa plata de la ignominia y engordan plácidamente. He visto, en mis
correrías de médico, mujeres histéricas y pervertidas exigir el macho con todas
las rabias de la lascivia y maridos complacientes acercarlo a la alcoba y
empujarlo sobre el cuerpo ansioso y desnudo de las barraganas que guardan en sus
casas. Entonces ellas se tranquilizan y los dejan en paz. A ratos les tiran a
los maridos con mendrugos sucios. ¡Y decir que estos lenones han sido creados
también a imagen y semejanza de Dios! Yo he desconfiado siempre de las mujeres
castas. O son anafrodisíacas o saben ocultar muy bien lo deshonesto, estas
aburridas del eterno «lo mismo» estas inquietas enfermas de curiosidades
pecaminosas. Mi hijo no debe creer en el ángel. No existe. La necesidad del sexo
se manifiesta a cada rato. Por eso se busca el calor de la danza, la trenza y el
vértigo loco del vals. Es preciso saber lo que significa entonces un brazo
musculoso y peludo que rodea la cintura, el roce de una rodilla y el choque de
dos vientres que giran, saltan y tropiezan, en el calor de los salones, entre
los perfumes embriagadores y el bullicioso clamoreo de los diálogos, bajo el
esplendor y las reverberaciones multicolores de los regios lampadaries. Esté
seguro, hijo mío, que de todo esto no resulta el ángel, sino el abandono del
cuerpo a las sensaciones naturales y cuando llega la madrugada y palidecen las
luces, hay en los salones muchas más corolas marchitas, que las que están en los
ramos. Hay petalos en el suelo arrugados y llenos de manchas de humedad
enfermiza, cuando todos abren paso y saludan a las que entraron vírgenes y bajan
envueltas en tapados de pieles, tiritando de frío las marmóreas escalinatas. Si
existiera el ángel, debiera este fijarse en los ojos hermosos y en la belleza
del corazón. No es así, hijo mío. Prefiere miembros de estatuaria y torsos de
atletas. ¡Puedo asegurarte que ellos han visto muchas otras cosas, antes que ver
la frente! Yo soy un observador frío. No debo engañarte. La mujer del poeta es
una; la del psicólogo otra. Podrá ser la primera rayo de sol o flor de ideal
primavera, ¡la del segundo es sexo! Nada más felino; nada más lujurioso. ¡Cómo
descienden! Las he visto ser ministras de las más bajas abyecciones y
sacerdotisas bramosas de cultos bestiales. No hay aberración que no cultiven
estas pervertidas elegantes. Conozco mujeres enamoradas de otras mujeres con
rabias y celos de furias. Sé que buscan sus cuerpos en la noche y cuando nadie
sospecha por la igualdad de sexo, se confunden y extenúan en lascivias
inconfesables, entre las sabanas tibias, con los miembros convulsos en sus
abrazos de culebras desnudas. ¡Oh! Esto no es nada. Hay muchas que aborrecen el
cuerpo aseado del marido, ¡para acariciar con la imaginación sombría y
voluptuosa el muslo áspero y sudoroso del obrero que huele mal! No inútilmente
entra uno a tantas casas ajenas. Es cierto que no le muestran lo malo; pero esto
es a veces tanto que el menos observador lo ve. No creo en la sublimidad de la
mujer madre. Ninguna tiene placer en tener hijos, si eso le ha de costar unos
cuantos calambres. A esto se debe el triunfo del cloroformo. Y después el chico
chillón y sucio incomoda de noche. Afuera con él. Venga la hembra mercenaria,
para que la madre no se marchite, entregando la leche de su cuerpo y no pierda
sueño, para conservar mórbidas y juveniles las formas. ¿Qué importa que las amas
suelan ser brutales y flagelen los cuerpos delicados? Las madres se despiertan
en pleno día en las anchas camas, se desperezan, estirando y contrayendo brazos
y piernas y gimen de placer. Han dormido toda la noche, mientras llega el
marranito de la bohardilla, con olor a ubre sucia y a sudor de aldeana
rechoncha. Después a la calle con él, que esté lejos todo lo que se pueda. No
tienen que incomodar a la señora, que hace su tocado, delante del espejo, que la
refleja semidesnuda, ni al peluquero que tiñe la cabellera o a la modista que
prueba y toca todas las audaces curvas. Tal vez el contacto con los cuerpos
inmundos de las sirvientas, que no se bañan o tienen úlceras y botones
sifilíticos, transformen a los chicos en larvas lívidas y ulceradas. Eso no
importa. Las madres tienen sus tardes. Visitan. Recorren los salones, ávidas de
chismes y maledicencias, mientras los niños andan por calles y plazas, vagando
con las niñeras y aprendiendo el lenguaje de las caballerizas y de los
cuarteles. ¡Muy sublimes las madres! Pero no para en esto. Llega la noche. Es
hora de la comida. Venga el escote. Es necesario que muestren que tienen mamas,
aunque ese apéndice no les sirva para nada, que no sea suscitar lascivias.
Habría que preguntar cuantos chicos conocen el grueso de sus pardos pezones y
cuantos duermen arrullados por la canción materna. ¡Diablos! ¿Por qué han de
perder el teatro o el festival de moda? ¿Acaso no han de triunfar una vez más,
arrojando sobre las otras el lujo de sus sedas y encajes y han de renunciar al
choque de sus grandes vientres de jamonas estacionadas, con los ángulos huesosos
de los jóvenes calaveras y elegantes? Han soñado pues en sus casas con ese
cuarto de hora de perversión y necesitan ese poco de delito que no tiene
castigo, ese rato de degradación pecaminosa, esa mezcla de sensualidad y de
champagne, que las haga olvidar del hastío, que les producen los maridos, ese
eterno lo mismo. ¿Y los chicos? Duermen solos, como trapos abandonados, mientras
las niñeras mezclan sus muslos malolientes, con el sudor acre de los obreros
borrachos, en los zaguanes obscuros o se pierden lejos bajo las arboledas de las
piezas en la media noche solitaria, transformadas en frescos lupanares baratos.
¡Muy virtuosa la mujer! ¡Muy sublimes las madres! Y no para en esto. El trabajo
del hombre suele no alcanzar. Gastan ellas más de lo que se gana, aturdidas y
locas en las vanidades ridículas. Entonces las deudas aumentan; pero ellas no
renuncian a sus fiestas. Se precisa la casa señorial. Hay que tener muchos
vestidos para todas las horas del día. El encaje es muy rico con su adorable
filigrana. De mañana debe salir la diosa marmórea y fresca, envuelta en el largo
peinador de seda blanca abierto adelante para que asome en cada paso la babucha
recamada de oro, en medio de los flotantes encajes. Y después trajes para salir;
trajes para comidas y espléndidos atavíos nocturnos; el palco en el teatro y la
lluvia de brillantes que fulguran desde la cabellera, desde los brazos,
collares, anillos y diademas, una mujer tesoro, una deliciosa constelación muy
cara. Mientras tanto las cuentas se amontonan. El marido no paga. A cada rato la
campanilla estrepita con insolencia, mientras los sirvientes, que husmean la
pobreza del amo, los miran con sorna, ensayan la risa irónica y la indisciplina
llega a la desobediencia. Estas vulgares depravadas nada respetan, en frente del
sombrío silencio del que pasea con la frente baja y las manos detrás de la
espalda y la diosa corrompida ya no estima el trabajador, que no le trae dinero
para gastar. Ella olvida al pasado deslumbrador, olvida que es la que ha escrito
la tragedia. Entonces lleva su cuerpo afuera y lo tira sobre la cama del rico
que puede dar oro, se hace manceba de la caja de hierro y vuelve a su casa con
las blondas en arambeles y su traje de seda manchado. Ese día tal vez el hombre
solitario, en la triste mansión, ha caído sobre la alfombra de la alcoba
deshonrada, con un gran agujero negro en la sien derecha y largos hilos de
sangre se han cuajado en su rostro y por el suelo desparramados blanquean
pedazos de cráneo. ¡Ser sublime la mujer, hijo mío! No conozco ninguna que se
alegre de la dicha ajena. Envidian todo en las demás, el garbo, el continente,
el traje, la belleza, ¡todo! Así es que si alguna es feliz, debe esconder eso,
como si fuera un tesoro. Si lo revela, está perdida. Pronto va a sentir el hielo
de una mano cadavérica posarse sobre las blandas y alegres tibiezas de su
bienestar. Va a sentir que algún cariño se enfría. Por ahí cerca anda tal vez la
calumnia batiendo sus alas de murciélago. Entonces los hogares se vuelven
infelices, sin saber por qué; los esposos se separan; los hijos maldicen de los
padres y en los rincones de las casas se sientan los doloridos para acariciar su
crucifixión en el silencio solitario. Más de una vez el idilio cantó, hijo mío,
el glorioso poema de vivir. La naturaleza vio pasar la pareja enamorada, alegre
como las claridades del éter. Dio para su sendero las flores, una alfombra de
pétalos y un nimbo de embriagadoras esencias, y para sus pupilas el cielo azul.
A lo largo de la ribera de un mar verde, he visto yo una vez un poema así. Las
olas murmurantes escribían, en la playa con espumas parleras, los amores de las
glaucas marinas y las brisas cuajadas de olores salinos aleteaban en el triunfo
de sus frescuras. El sol con su centella meridiana calentaba el divino idilio.
Sentada en la playa la pareja miraba lo infinito, soñando... bajo los cirrus
blancos hamacándose, bajo el vuelo de la gaviota rauda y blanca. Se daban la
mano. Eran felices. La tarde los encontraba así hablando el lenguaje de los
madrigales, cuando los pescadores llegan a tierra, cuando las vacas que pastan
en la colina, lentamente caminan con el morro agachado hacia las casas, en la
quietud suprema del sol muriente, en la melancólica agonía de la luz fugitiva,
bajo la esquila de las campanas lastimeras, narradoras de endechas tristes y de
dolorosas historias. Los encontraban juntos la Ave María cristiana, hecha de
amor y de penumbras, de hondos soliloquios, místicos como la paz de los altares
y como las oraciones del mar que seguía yendo y viniendo, yendo y viniendo como
un símbolo de eterna gloria. Y la noche también los encontraba juntos, bajo las
estrellas entre la sombra, acariciados por deliciosos murmurios de diálogos
marinos. ¡Paseaban como blancos fantasmas! Ese amor incomodó mucho tiempo. Eran
demasiado felices, hasta que un día la calumnia rompió el lazo y una mano áspera
lastimó el idilio. Eran un solo cuerpo; eran una alma sola; pero fueron
demasiado felices. Ese es un delito que debe castigarse. Así una tarde
tormentosa, desde un arrecife batido por el oleaje en furia, ¡ella se arrojó,
cabeza abajo en la sirte, besada, acariciada por las aguas que la acostaron para
morir en el fondo, sobre un lecho de algas y el que la había abandonado, se hizo
después borracho y arrastró por el lodo de los prostíbulos a la elegante
envidiosa que había deshecho el poema! Tú ves, hijo mío, cómo es el ángel. Y no
es todo. Otras son más sombrías. Tienen ferocidades homicidas. Meditan el delito
y lo consuman. A menudo contra el marido; menos contra el amante; mucho más
contra las rivales, tristes furias enfermas, satánicas emanaciones del abismo
moral. Yo he visto esto en mi vida de médico. Soy un observador. Siento mucho no
poder decir lo contrario. Y después muy rateras. ¡Oh diablos! Enamoran al
tendero para robarlo y al viejo verde que busca aventuras entre los claroscuros
para arrebatarle el reloj. No hay que descuidarse. ¡Ángeles hasta por ahí! ¡Si
supieras hijo mío! La carne sana tiene olor de fruta en sazón. Cuando te
acerques a alguna mujer, ¡huélela! Muy feliz ha de ser, si de ella se desprende
algún aroma sabroso, si no hiede a enervantes mixturas de peluquería o no se
lleva en las ropas los gérmenes puercos de los barrios bajos. Guárdate. Pasa una
cocina con sus olores de grasa rancia y de carbón. ¡Es una gentil vestida de
seda, que deja un reguero de mugre en la atmósfera! ¡Hijo mío! ¡Hay que
clasificar al ángel! La mitad de ellos saben a mala vida y a ropa sucia. Son las
diosas del harapo, a veces vírgenes del tugurio estrecho, casi siempre
siniestras flores del charco corrompido, mejillas para el beso de los truhanes,
cuerpos para podrirse en el abrazo pecaminoso. Por eso yo te digo en verdad que
no respetes a las que se te atraviesen en el camino. La mayor parte de ellas han
de buscar tu juventud. Esa es la miel rara y fascinadora. Déjalas que liben y
oblígalas aunque sea con un poco de violencia. Sábete que esto quieren ellas y
no te asustes. No seas nunca el casto José, ni te dejes tirar de la capa. Sé
audaz. Es la forma de no aparecer ridículo. Antes más bien es preferible ser
temibles, porque siquiera por esto guardarán el secreto de tu derrota. Yo he
conocido hombres muy deficientes, que creen en el honor y estiman la virtud.
Cuando sepas de la vida te apercibirás que solamente los inferiores aprecian
estas quisicosas. Puedo asegurarte que estos infelices ni novia encuentran,
célibes, a pesar de ellos, forzados a pagar lo que la naturaleza ha desparramado
para tomarlo. No veo motivo para que el hombre necesite el matrimonio, para
fecundar esas encantadoras fragilidades. A pesar de esto, lo inventaron so
pretexto de moralidad y de orden. Es lo especioso. La verdad está en que era
necesario proveer de algún modo a las necesidades genésicas de los tontos. Si no
existiera habría tal vez menos hastiadas y más felices. Y establecieron en su
alta sabiduría que el lazo fuera eterno, a pesar del disgusto y del odio
recíproco, obligados a contemplarse siempre a todas horas, mientras ella vive
enamorada, como una rabiosa gata, de los pálidos calaveras, que pasan por la
vereda de enfrente y él ha violado a la mucama joven, arrojándola sobre el atado
hediondo de ropa sucia y ha rodado con ella en el espasmo epiléptico sobre las
basuras del piso de ladrillo. Curiosa idea la del matrimonio. Yo pensé siempre
que eso era una ridícula parodia y un pretexto para dar plata a la Iglesia. Los
virtuosos han creado la institución. ¡Curiosos tipos! Qué cerebrales inferiores
son. Viven enfermos del reglamento. Han suprimido el ímpetu de la pasión, lo
necesario de la multiplicación de la especie en su brutal ingenuidad, en su
potente brama. Crearon el matrimonio. El hombre contesta, desde las cuatro
paredes de la alcoba obscura, con abrazos raquíticos y babosos al orgasmo
salvaje y terrible de la fecundación en el seno de la naturaleza. Después sucede
hijo mío que la juventud se va. Empiezan las arrugas y las canas. Las mujeres se
hacen rotundas, marchan con cierto indolente andar de fragatas con rumbo abierto
y su piel toma un olorcillo de jabón rancio. Es bueno que sepas que la mayor
parte de ellas no mejoran con la edad. Si supieras lo que les pasa. ¡Beben esas
venerables, hijo mío, beben! ¡Las mejillas se ponen escarlatas, el lóbulo nasal
es un rubí con venas negruzcas y la cara un espejo purpúreo! ¡Diablos! ¡No se
puede hacer poesía sin faltar a la verdad, hijo mío! Es una lástima; pero ¿qué
se ha de hacer? Esas cincuentonas beben y sus borracheras tienen una grotesca
amenidad. Vuelven al idilio. ¡La copa de alcohol triunfa! Otras ya no salen de
la Iglesia. La mayor parte ha tenido sus pecados solitarios de solteras en
perpetuo acecho de un marido que nunca llega. No pudiendo hacer otra cosa viven
genuflexas ante el cirio pascual. Hay la confesión, después la Eucaristía, luego
las novenas, lo pasan con un tufillo de sacristía crónica y mueren en olor de
santidad. No hablo de las más peligrosas, esas viejas cazadoras de la carne
joven, enfermas de sensualismo, que arrebatan los hombres a sus propias hijas,
corruptoras de adolescentes inexpertos, noctámbulas de los callejones obscuros,
acariciadoras lascivas de borrachos que se tambalean de vereda a vereda y
obscenas galopadoras de los barrios siniestros, apurando la frenética decrepitud
de la demencia sexual. No te rías, hijo mío. Usan un admirable disimulo para
ocultar sus degeneraciones. Se acercan a las casas cubiertas con el manto de la
religión más fervorosa. ¡Cuidado! ¡Son corruptoras peligrosas! No te hablo
tampoco de las que se dedican al cuidado de sus dineros. El día entero viven
sumando. Es una rabia de adquirir y de no gastar. Se aíslan cada vez más,
imponiendo a los suyos el sacrificio del hambre y del desaseo. Lo regular es que
la mugre destile por allí sus grasas y sus hediondeces. A veces fingen fiestas
de caridad, loterías, rifas para quedarse con el dinero, con una astucia de
Harpagones Luis XV. No te hablo de las histéricas ¡Qué tomos! Casi todas son un
poco. Mienten como gascones en ayunas. Son intrigantes. Capaces de simular la
mayor virtud, padecen los vicios más bajos y dominadoras por naturaleza, tienen
siempre el recurso del desmayo o del gran ataque para producir miedo y obtener
lo que pretenden. En las casas todo lo llevan revuelto. Donde están no hay
felicidad. Volubles, caprichosas y maldicientes, no hay para ellas familia que
sea honesta, ni reputación que sea buena. La artimaña y la perfidia es tan
sutil, que escapan siempre al castigo. Siendo verdugos, tienen el arte de
parecer víctimas. Han producido graves males, roto muchas venturas, enlutado
hogares y han llegado algunas veces hasta simular el suicidio, consternando a
los padres en las más sombrías desesperaciones. ¡Qué lejos está del ángel de los
poetas, hijo mío, este degenerado y perjudicial animalito! ¡Cuidado! ¡No te
fíes! Una histérica ha sido seguramente la que inventó el matrimonio. Fuera de
lo que consiguen a fuer de pillas redomadas, han querido asimismo ser amparadas
por la ley. Si después, de leer todo esto, crees todavía en la castidad y en la
virtud, ¡te declaro un perfecto cretino hijo mío!</p>
<p>El alma de Germán se trastornó toda. Entonces sus ensueños de adolescente eran
quimeras y en ese vago despertar de su nueva vida no estaría la bella diosa
soñada. Los libros que hablaban de la mujer ángel mentían. No había más que sexo
y la verdad estaba en esa vagabunda Goga marchita, en la belleza de oro de sus
cabellos, en la vida enferma de su boca procaz. Él la veía caminar entre la seda
crujiente y fascinadora, hacia los barrios obscuros, letal como una ponzoña,
dando su cuerpo a cada paso y arrancando el honor y para el delito a los
jóvenes. Era una lasciva cruel, Goga, una hermosa homicida, sin más puñal que el
beso interminable, que seca las fuentes de las energías nativas y agosta las
savias del bosque en sazón. ¡Oh! Acostarse con ella, sentir el mareo de su piel
blanca, echarle los brazos a la cintura, como un par de tenazas y desaparecer
después. Así bajaba a la media noche su cabeza cansada sobre los antebrazos y
empezaba a soñar. Eran paganas historias de amor y leyendas de harems, pobladas
de marmóreas circasianas anhelantes, divanes de terciopelo negro en la penumbra,
sobre los cuales dormían las diosas desnudas; los margilés tirados sobre tapices
de Persia y la humareda del opio en los vastos salones embriagadora y quieta, un
susurrar de besos lejanos y gritos de pasión. Y en esa deliciosa fantasmagoría,
aparecían bosques y jardines y faunos peludos persiguiendo en las sombras, a las
ninfas, asustadas que detenían la carrera entre los brazos acariciadores, allí
sobre el césped mezclando sus fecundidades a la fecundidad de la madre tierra. Y
nidos calientes escondidos entre las copas y bramas calladas de hombres y
mujeres a lo largo de la ribera sobre la playa nocturna, en las estrelladas
noches serenas, delante de las mareas obscuras cantando los largos epitalamios.
¡Y Goga! En todas partes Goga. ¡En el harem sultana y en el bosque sus espaldas
desnudas! Entonces sentía la sensación paradisiaca y despertaba.</p>
<p>El espectro del padre estaba allí en esas memorias perversas. Los hombres tampoco
tenían virtud. La avaricia sórdida movía sus acciones. No eran generosos.
¡Querían dinero, más dinero! Precisaban el coche, la mesa opulenta, los vinos
ricos y el teatro deslumbrador. ¡No importa la trampa, el juego cínico o el robo
que pueda quedar impune! Son idólatras del becerro de oro. Falsifican y engañan.
No hay almas abiertas. El disimulo reina e imperan todos los latrocinios, hasta
el de las ideas, si éstas pueden producir dinero. En la vida agitada se ve la
lucha sorda y profunda contra los demás. No tienen piedad y son capaces de
estrangular a los hermanos, si incomodan sus intereses. No conocen el honor del
hogar, ni su ternura, ni saben de la hombría que los arroja adelante en el
porvenir. El animalito lúbrico cuida a la querida y le quita a los hijos para
que a ella le sobre y en vez de seguir las leyes de la naturaleza, las insulta
con el escándalo del fraude o mete el hocico en el estercolero y hoza como los
cerdos. La patria es un nombre vano. No titubea en traicionarla. Hará cualquier
cosa si le dan oro. Por eso en las desgracias colectivas ellos triunfan, estos
criminales indiferentes. El que penetra un poco la esencia humana no tarda en
descubrir la bestia. Las cárceles y las policías son muy civilizadoras. Sin
ellas la vuelta al estado primitivo sería fácil y aún los más aristócratas en
cualquiera situación emocionante tienen la lengua blasfema y muestran la garra
atávica. Hay que desconfiar de los generosos. Detrás hay siempre algún designio
oculto, alguna baja lascivia de dinero o meditan la deshonra de la mujer, a la
cual favorecen. Al amigo lo roban y a la madre le quitan dinero para las
cortesanas o los nocturnos tahures de las mesas de juego. Entiende, hijo mío,
que te hablo de los que parecen mejores. No tienen compasión de la niñez. ¡Ay
del muchacho que no tenga padres y esté obligado a servir a otros! Lo han de
tratar a rebencazos y lo han de hacer sufrir hambre y frío. Da pena ver esas
criaturas macilentas, con las ropas en andrajos, vivir en los patios y dormir en
las cuevas sin piso entre el tufo malsano. Harían mucho más, si no fuera el
miedo a las cárceles. Te repito, que te hablo de los mejores. No sé si la pluma
tendrá ímpetus y colorido para describirte la tierra baja. ¡Oh! ¡Los hombres,
hijo mío! Son capaces de las mayores descensos, para servir sus ambiciones. Se
les ve en los comités políticos adular a los plebeyos, acariciar borrachos y
mantener ladronzuelos. Son hermanos cuando los necesitan para llevarlos a los
atrios, salen del brazo con ellos y los acompañan en sus libaciones. Para esto
han llegado hasta allí, después de haber pasado a través de todos los partidos,
medrando en cada uno, desleales siempre, reducidos, resbalando de peldaño en
peldaño a la miseria moral y después que han perdido en la jornada los últimos
mendrugos del pudor, juglares miserables de los poderosos, cosas infames que les
sirven para todas las ignominias. La vida de estos hombres es una perenne
abdicación. Son de juventud haragana y perversa. Para ellos el trabajo no tiene
noblezas, ni encantos y virtud el estudio, ni el Sol alegrías, ni la patria
glorias, ni la humanidad ideales. Son los búhos noctámbulos, sin más horizontes
que las cuatro paredes de un garito o el revoque descascarado y el piso sucio de
puchos de los comités políticos. Allí aprenden la coima, inventan el negocio
deshonesto, estudian la estafa sutil contra los que mandan y meditan todas las
abominaciones. Porque son jóvenes tal vez podría creerse que alguna pasión
juvenil tuvieran. Es exacto. Aman a las rameras, se alimentan con sus
prostituciones, robándoles a bofetadas los dineros de la deshonra. Forman aquí
un gremio. Usan sombrero claro y blando de anchas alas, botín de charol, saco
negro y pantalón ancho. A veces de flor en el ojal y prendedor de oro en la
corbata. Viven de lo que ellas trabajan, estas cazadoras nocturnas, que pasan
entre las penumbras de las calles, revolcándose en las posadas de la vencidad
con los incautos clientes. A la salida ellos las esperan para arrebatarles el
dinero ganado y las empujan de nuevo en pos de otros hombres. Si lo niegan, la
bofetada les ensangrienta la boca y las coces les llenan los cuartos de
equimosis. Viven aterrorizadas. Esos proxenetas son asesinos o vulgares y
siniestros ladrones. Más te voy a decir. La ciudad está llena de lupanares. Hay
mujeres que se pasan los años en la esclavitud deshonesta. La protesta es
inútil; la ley no llega hasta ellas para ampararlas. Semidesnudas viven en los
cuartos alfombrados, entre perfumes acres, bajo los espejos resplandecientes,
sirviendo para las más bajas lascivias, entregadas a las más monstruosas y
puercas degeneraciones. Es el reinado de la bestia y la lujuria abominable de
Lesbos; son las obscenidades priapescas; son los himnos infames de nuestra
Sodoma, que cruzan la noche con los chasquidos del espasmo lúbrico; es una
cohorte de animales desnudos de curvas blancas y satinadas, que corren en cuatro
patas sobre las alfombras, en medio de los claroscuros, jadeando entre los
muslos convulsos con frenesíes, gritos y aullidos dementes. ¿Y los hombres? Hijo
mío. Por ahí andan también buscándolas, presa de la lujuria sombría, alargando
el hocico y viboreando la lengua en pos del húmedo muladar, trenzados después
como espectros en la penumbra, rodando de aquí para allá entre susultos
orgíacos, para escribir en el chiquero perfumado el maravilloso capítulo de la
humana desvergüenza, ¡la oda funesta de los refinados sadismos! Cuántos conozco
que van después a besar en la noche a la esposa, que está cansada de trabajar y
a los hijos que duermen en sus pequeñas camas. ¡Oh los hombres! ¡Deben estar
hechos sin duda a imagen y semejanza de Dios! ¡Qué Dios pequeño!</p>
<p>He visitado muchas veces de noche las cárceles de la ciudad. Qué sombríos y fríos
corredores, en la escasa luz del gas mortecino. Allí están hacinados los
criminales, tirados en el suelo con las ropas en pedazos y la piel llena de
mugre, aceitosos y hediondos, con los ojos insolentes, abiertos en la penumbra,
la boca procaz y blasfemo. Los himnos del cinismo suenan y retumban a lo lejos
en las largas casamatas. Narran los poemas del vicio. Describen los descensos de
las juveniles energías y en vez de las frescas maravillas del alma sana,
facinerosas historias cuentan de noches lóbregas, de brillos de puñales entre la
luz sucia de los faroles, de angustias y estertores de caídos y de gritos de
misericordia, historias de corazones en podredumbre, lamentos interminables de
la moral muerta. Y siempre el ataque al hombre, a su dinero, a su vida y honra,
¡a la casa inviolable! Más que personas así tirados sobre los pisos desnudos,
buscando el sueño que no llega, o durmiendo inconscientes sobre sus delitos,
parecen espectros con el rostro y el cuerpo escuálido en sus funestas
demacraciones, una legión de larvas que no hubiera tenido nunca semblanza
humana, los deshechos vivientes de un mundo que hubiera desaparecido, la tétrica
concepción de un Dios demente y brutal. Yo he sentido hijo mío, visitando esas
cárceles todas las satánicas soberbias. Allí los hombres retan a duelo a las
leyes. Han robado, y estuprado; son asesinos y tienen las jactancias insolentes.
¡Contra todo y contra todos! Han perdido la libertad del cuerpo; pero no se
resignan y saturada de enconos, la mente bebe la ponzoña en los diabólicos
conciliábulos, protesta y amenaza. ¡Ay de los hombres el día que el sol les
caliente las carnes! ¡Ay de ellos el día que hayan roto la cadena y el aire
libre los envuelva! No habrá sido estéril la educación recibida en las puercas
zahúrdas de los presidios, ni los días largos y solitarios, sin familia,
obligados a ver siempre la mueca hostil de los carceleros, sin más melodías que
el paso del centinela cerca de las puertas, el estampido de la culata del fusil
el caer en descanso y el rechinar de los llaveros oxidados. Y han de recordar,
en las horas de libertad, el hielo de los inviernos grises, que filtran apenas a
través de los polvorientos tragaluces, y los eternos silencios de las noches
tenebrosas, llenos de bruscas pavuras y de visiones. Recordarán los pies fríos,
los orejas frías en su incipiente gangrena, la enfermedad sin medicamentos, las
hambres sin más esperanzas, que el puchero lardáceo con ascos de carnes y de
legumbres en putrefacción; porque en la cárcel desaparece el hombre y se
transforma en una cosa sin dignidad y sin perdón. Por eso en ese salvaje sufrir,
las fuerzas del delito se multiplican, las psicologías que llegan todavía allí
con algún rayo de sol de bondad, se entenebran y lo que tal vez pudo ser
corregido y mejorado por las benevolencias, se exacerba por el látigo y adquiere
en la amoratada equimosis del grillete la crueldad incompasible. No te enojes,
hijo mío. Los que castigan son iguales a los que delinquen, porque el hombre ha
nacido para oprimir al hombre. No te entusiasmes por los apóstoles, que predican
los divinos problemas de la caridad, el amor a los niños y el respeto por la
vejez caduca. ¿Qué han conseguido? Pasaron sus catilinarias sobre la testuz de
los conductores de pueblos, sin dejar retoños. Estos no se han incomodado, ni
acercado siquiera a lamer las úlceras de los prisioneros para la cicatriz limpia
y sana y aunque heridos alguna vez por el grito de la justicia, han abierto, a
pesar de eso, las fauces, para precipitarse sobre la desventura delincuente y
desgarrarla. Así las cárceles están llenas de muchachos desamparados, que
duermen al lado de los grandes criminales. Yo los he visto. Uno me cuenta que
los padres a bofetadas lo arrojaron de la casa. Robó un pan para comer. El dueño
lo amenazó y el defendía su pan, cuando le enterraba el cuchillo en el vientre.
¿Quién le enseñó a trabajar? ¿Alguien le habló de Dios alguna vez? Por años la
cárcel se cierra sobre su cuerpo. Allí nadie le dice que es preciso trabajar.
Cuando salga volverá a tener hambre y a enterrar el cuchillo en otro
vientre.</p>
<p>Aquel ha salido de la inclusa. Está solo en el mundo. Es hijo de los bulevares.
Duerme sobre los umbrales, con los miembros contraídos, hecho una bolsa de
trapos y camina después a través de las madrugadas de la ciudad y sigue
caminando a través de las calles vagabundas, atónito de hambre y muerto de frío
con su máscara sucia de imbécil. La cárcel se cierra sobre su cuerpo
periódicamente y allí, a tragos intermitentes, bebe las nociones del mal. Ya
hombre está preparado para el delito. Es un galeoto. Tal vez termine en el
cadalso o desaparezca para siempre en los húmedos sótanos de un presidio. ¿Le
habrán enseñado a éste la virtud para que sepa practicarla?</p>
<p>Aquel me dice que lo entregaron a una familia. No le daban ropa. La comida era
escasa y el trabajo mucho. No había amanecido y tenía que fregar los patios,
barrer y limpiar la cocina, siempre descalzo y mostrando pedazos de su cuerpo
mugriento, a través de las ropas rotas. Los patrones vivían enojados, porque
estaban pobres; pero él era alegre y juguetón. Tenía una linda voz y cantaba
como los pájaros. Había aprendido a silbar como ellos y se entretenía en
llamarlos. Por eso le cruzaban las espaldas con un rebenque, lo azotaban contra
las baldosas, lo herían y maltrataban, sacándole sangre. Entonces huyó a la
carrera, atropellando y jadeante. Se perdió por ahí de día y de noche. Comía los
pastos en las afueras, porque le habían enseñado a no robar. Una mañana lo
encontraron en una zanja lívido y la cárcel se cerró sobre el vagabundo. ¡Pobre
delincuente! ¿No era mejor que los mastines de las quintas le hubieran mordido
la carótida?</p>
<p>Ese otro que he ido a ver está enfermo en el cuadro. La sífilis le ha llenado de
úlceras la nariz y la boca. Así lo engendraron los padres. Como no traía plata,
porque nadie quería tenerlo, lo echaron a la calle. Entonces se perdió. En la
prisión lo contaminaron. Era instrumento de perversas sensualidades. Está
moribundo. Su destino será fallecer en una cama de hospital, sin haber sido niño
siquiera, arrojado fuera del consorcio humano, siempre solo en el mundo,
mirándole todos las lacras cenicientas con horror, sin que ningún bálsamo le
mitigue el sufrir, ni palabra alguna endulce sus soledades. Después un cajón de
pino sin cepillar, para la miserable basura de su cuerpo muerto. Así desfilan
enflaquecidos y sucios, mezclados en los corredores a los grupos patibularios
con la ropa en andrajos, teniendo algunos de ellos corazones llenos de bondad,
ladrones otros, pervertidos los más, dados al vicio bajo y procaz.</p>
<p>Una vez vi a uno que estaba enfermo, sentado en el suelo cerca de la pared, donde
se apoyaba. Sus ojos eran azules, rubio el cabello, la piel fina con venas
azuladas. Tosía y tenía fatiga. Todos lo querían en la prisión. No decía
blasfemias nunca. Era un alma dulce y amable. Tendría quince años y cuando lo
interrogué, me dijo que el padrastro brutal había lastimado a la madre. Entonces
él le rompió el pecho de un tiro y lo dio vuelta. Por eso lo metieron en la
cárcel. Lo vi desaparecer después en una cama del hospital, sereno y sonriente,
sin quejarse, rodeado de enfermos amigos, a quienes él había fascinado con el
perfume de su bondad, con su resignación suavísima de predestinado a morir
temprano.</p>
<p>Así desfilan con el cuello partido por las cicatrices de la escrófula, con la
nariz roja de alcoholistas precoces, éstos que fueron vagabundos de los figones
y de los sucios lupanares, sin más techo que un tramo de cielo, sin más
habitación segura que los esfacelos de un pudridero. Y los conductores no ven
nada, ni se puede exigir, transformaciones a inteligencias sibaritas. Es inútil
enojarse, inútil el anatema. Las cárceles son obscuras y escuelas de vicios y la
niñez sin amparo -los pobres pequeños, que no tienen la culpa del crimen,
seguirán entrando y saliendo de los mechinales estrechos, para recomenzar la
eterna y desolada historia de la tierra baja, donde hay muchos tristes y muchos
abandonados. No te enojes y no te preocupes de mejorar a los otros. No podrás
modificar la bestia. La niñez ha de ser ultrajada, porque no puede defenderse.
No te preocupes. La inclusa tendrá noche a noche sus párvulos y la cárcel
seguirá cerrándose sobre los pequeños cuerpos, ¡macilentos de hambre,
desazonados por el desamor humano, inquietas moléculas, destinadas a
desaparecer, sin conmiseraciones, con sus alegres almas muertas por el salvaje
cinismo! Se te podrá ocurrir tal vez que la niñez solitaria necesita asilos y
que las hermanas de caridad podrían ser amorosas madres. Tendrían pan, abrigo y
jardines y de noche en el silencio de los dormitorios tibios, en la penumbra de
las veladoras tranquilas, ellas arrodilladas con sus azules vestidos burdos y
las largas tocas blancos, rezarían el señor de los humildes y de los
desamparados, si el señor de los humildes existiera, para que protegiese a los
chicos dormidos que no tienen madre. Tal vez alguna de ellas, de las pocas que
suelen amar las cosas de la tierra, se inclinara sobre ellos a espiar sus
respiraciones, y se inclinara a soñar, melancólicamente pensando, para esos
hijos de la piedad dulcísima, los alegres futuros y los paraísos de las almas
salvadas. Así podría ser grande la nación que cuidara a la niñez solitaria. Si
tal te sucediera, serías bueno. Ese es mi temor. Mejor es que mueras hijo, si no
has de llevar a la vida todas las bárbaras audacias del mal, si has de tener
deliquios o escrúpulos. Mejor es que mueras, si el conocimiento de la humanidad
no te mantiene el corazón frío de piedra. Estas memorias tienen por objeto
ponerte sobre aviso. Temo el atavismo, porque tu madre era buena. Si tal te
sucediera, prepárate. Serás como ella víctima y los verdugos te maltratarán con
saña. Eres hijo de una mujer, a la cual yo perdí. Se llamaba Clarisa Paloche. Te
revelo su nombre porque me bato hoy con Carlos Méndez y puedo morir. No seas
bueno como tu madre. No hagas degenerar la prosapia de los Valverde. Hemos
sembrado el camino con la desgracia ajena y nuestro apellido suena en la ciudad,
como una nota de terror. ¡Guárdate! No seas tú virtuoso, en el sentido vulgar de
la palabra. No degeneres. El día que cualquier canalla por tu culpa se
compadeciera de un Valverde, se habría roto un salvaje y vigoroso molde, ¡¡se
habría enlodado una tradición!! ¡Adiós!</p>
<p>Vuelvo ileso. Lo he herido a Méndez. Lo merecía por romántico y redentor. Creo lo
habré curado de su manía de defender a los humildes y de predicar contra las
injusticias. Éste es un ingenuo, que supone se pueda mejorar la bestia. Quiere
modificar el mundo. Te lo recomiendo. Has de encontrar a sus descendientes en el
camino y no les perdones. Han de ser como él orgullosos e ignorantes de la
naturaleza humana. ¡Ahora voy a concluir estas memorias!</p>
<p>Las cárceles encierran muchas mujeres. Están allí en montón, como los hombres,
sobre el piso sucio, entre el aire confinado, ojerosas de insomnio y de cóleras
sordas, mezcladas las sedas de la señora delincuente con las zarazas de las
callejeras empedernidas. Es un ejército vocinglero y procaz, inquieto el día
entero, narrando sus desvergüenzas y sus vagabundas lascivias. Hay hermosos y
juveniles rostros y ojos azules que han perdido el candor; tormentosas
fisonomías con chispeante y oblicuo mirar y, pieles terrosas de largas
inaniciones y rojas efigies de alcoholistas, que han dormido mal, con la
pesadumbre pavorosa de las nocturnas visiones. Entre ellas, alegres cantoras de
quince años, flores de la depravación temprana, que tienen gentil la persona, la
voz fresca y la pequeña alma contaminada, ángeles de alas rotos, destinadas a
barrer el lodo de los barrios obscuros. Ellas cantan asimismo, en las crujías,
las obscenas baladas del burdel y la brama de las orgías desnudas y cruzan, a
través de la atmósfera encerrada, los gritos de la bacanal. Cantan la carcajada
perpetua y la inconsciente hilaridad del mal, los fantasmas de las borracheras
festivas y las sordinas delirantes de los tálamos convulsos y venales. En ese
hacinamiento hay la historia de muchas inocencias mancilladas y rotas por la
violencia, después de largas horas de resistir al cinismo lujurioso, cediendo al
fin en los abandonos sin amparo, bajo la máscara torva y bestial del hombre. Hay
odiseas penosas en pos del pan que falta, hediondeces de cuerpos, amontonados en
los tugurios y que no duermen de frío, muchachas que disparan y manos
desesperadas abiertas, implorando en las esquinas al caminante corrompido que da
dinero para quitar honra, mientras otras cuentan que el padre borracho las vició
una noche y ellas cedieron sofocadas y tiritando de miedo. Aquellas no saben
como fue. Se enamoraron, hasta que un día, la luz demasiado cercana les quemó
las alas y el polvo de oro desapareció en aquel último día virginal, en el
último beso inocente. Allá en un rincón, bajo aquellos vidrios sucios, mientras
los carceleros pasan y distribuyen pan negro y carnes verdosas, están reunidas
las que salieron a la calle a buscar hombres, azotadas a la ventura por el fuego
sensual, una cohorte de locuelas precoces, que no supieron nunca rezar y que no
aprendieron la virtud. Entregaron el cuerpo a cualquiera en la irresistible
violencia de la carne joven y los hombres las despedazaron como furias y las
precipitaron en la vida con la sangre contaminada. En la frente se les ve una
corona. La sífilis la buriló con colores cobrizos y bajo las sedas manchadas de
vino, serpean las úlceras, llenas de pus y de ponzoñas. En ese grupo de ojos
procaces y lenguas desventuradas, cuentan ellas las anécdotas de la ignominia y
escriben la historia monstruosa de las más bajas aberraciones, los descensos
morales de los pseudohombres, entregados a los bestiales cultos y a las
afrodisias infames y narran la vida de una cantidad de elegantes degenerados. Es
un grupo locuaz. Divierten a las silenciosas con el madrigal chabacano. Son las
sacerdotisas del carnaval lujurioso e impenitente y hablan todas las insolencias
del vicio gárrulo. Te imaginarás tal vez, hijo mío, que alguna vez en las horas
aburridas, ellas puedan pensar en una vida más sana, que quieran vivir una
semana siquiera en el sol puro, en la divina consagración de una virtud
cualquiera, que sean capaces de comparar sus turbulencias enfermizas con la
robusta marcha de la mujer honesta. No te equivoques. Ellas no saben sino
aquello y no podrán sentir estas nostalgias; saldrán a la calle, enloquecidas en
la libertad recuperada, siempre buscando hombres para caer de nuevo, una noche
cualquiera bajo las bóvedas sombrías de la cárcel, salir de nuevo y, volver a
entrar y durante muchos años, hasta que la sífilis o la tuberculosis les
gangrene las vísceras y las mate. Mientras tanto han diseminado por la ciudad
gérmenes mortales. Han depravado a muchos, en las tristes correrías nocturnas,
trabajando siempre para los proxenetas, que las esperan en las esquinas para
robarlas. Así esas sedas, manchadas de vicio y de lujurias, fascinan al pasar
con el brillo enfermo y esas psicologías dejan aquí y allá un reguero malsano,
que corrompe inocencias y pudre organismos. Pero no te aflijas. Todo es inútil.
Alguna cosa fatal cruza el camino de esas sombrías viajeras y las arrebata.
Inútil es contraponerse. Los compasivos que trataran desviarlas serían mirados
con extrañeza. ¿Acaso han aprendido ellas una vida mejor? Sigamos. Por eso
muchas casas de trabajadores se han vuelto lóbregas. Una noche faltó la muchacha
y en la mesa quedó un asiento vacío. Los hermanos con los puños crispados miran
a los platos sin comer. En un rincón llora la madre y el viejo sacude
desesperadamente la cabeza, como si el trabajo y los ahorros de toda una vida
resultaran inútiles. El tubo de la lámpara a keroseno se ha ennegrecido en su
base. Parece un carbón luminoso en aquella penumbra triste. Tal vez es un hogar
detenido. El alcohol, que consuela quebrantos, arrojará a los hermanos en banda
de vereda a vereda y el padre se morirá de pena arrugado y sucio en un rincón
cualquiera. En otras partes seguirán comiendo. Para que eso sucediera la habían
educado. El marido era un blasfemo; la mujer una libidinosa. Creció entre el
ejemplo deshonesto y nadie sufrió en aquella casa el día del abandono. Así rueda
el mundo. El estrépito de las ciudades se dilata y oculta los gemidos anónimos.
¿Quién va a saber que hay un hogar que sufre, quién a señalar con el dedo una
deshonra más? Apenas si, de cuando en cuando, en el subir constante de la marea
contaminada, el miedo a la asfixia reúne a los hombres para deliberar. Los ecos
de la orgía golpean las puertas y pasan zumbando por los balcones, donde están
las jóvenes inocentes. ¡A reprimir pues! Los lupanares se cierran y vuelve la
cárcel a estar llena de locas desarrapadas. ¡Inútil todo! Germinan a lo lejos,
retoñan y saltan de nuevo a la luz del sol, brillantes, fascinadores y obscenos
y el mundo sigue rodando con las mismas formas y con los mismos estrépitos.
¡Inútil todo! El cuerpo muere por enfermedad y las sociedades por
contaminaciones colectivas. Así como hay fuerzas y virtudes inconscientes que
empujan a los pueblos a la grandeza, así hay degeneraciones posteriores que los
precipitan. No tienen mérito citando ascienden, ni son criminales cuando caen.
El instinto produce los dos fenómenos. No entra en ellos ni la razón, ni la
voluntad. Por consiguiente es menester guardar los panegíricos y los anatemas y
creer que, a pesar de los siglos, el <seg rend="italic">fatum</seg> antiguo guía
y conduce las acciones humanas. Por esto muchas mujeres se hacen adulteras,
arrebatadas a pesar de ellas. El <seg rend="italic">fatum</seg> las arrastra. No
son tranquilas. Encuentran aburrida la vida del hogar quieto, y los elocuentes
silencios del hombre que trabaja. No han nacido para estar contentas, en la
dulce y amable poesía que canta el amor de las cunas y narra la historia de la
familia, que conversa en la noche reunida alrededor de la mesa, en el alma
augusta del comedor tibio. Los aromas de los floreros no tienen perfumes, ni el
helecho del centro de mesa tiembla, en sus exquisitas fragilidades verdes. El
dormitorio está allí con su gran cama de caoba y el que llega es siempre el
mismo, un trabajador sudoroso o un neurasténico debilitado. El abrazo es frío;
el espasmo es convencional. La inquieta piensa en el placer acre y violento que
hace estremecer sus carnes de elegante delincuente, en la fuga hacia las posadas
obscuras, a través de las trepidaciones de las calles luminosas, o en los
crepúsculos vespertinos de las alcobas escondidas para el pecado, abrigadas con
alfombras de Esmirna y cortinados de terciopelo rojo. Así algunas usan la
complicidad de los sirvientes. Carta va y carta viene. Viven subyugadas con la
obligación del silencio, con el miedo de la delación canalla, en el peligro
constante y cuando se apoderan del macho, después de muchas horas de deseo
enfermo, se entregan con toda la rabia del espasmo lúbrico, escribiendo su
cuarto de hora de furias dementes. Llega entonces el odio al marido a esa cosa
tonta, que se mueve e incomoda en la casa y no ve la silueta del corrompido que
pasa por la acera de enfrente, arrastrando por el suelo su honra, hasta que
llega un día en que él sabe y ella huye o la precipitan en una mazmorra. Y así
va rodando el mundo, hijo mío, entre hogares que se forman y hogares que se
deshacen, en una interminable marcha de creaciones y de ruinas, contestando al
epitalamio une canta el perfume de los azahares y el pudor del velo nupcial, con
los gritos de la naturaleza bruta, que quiere las embriagadoras fecundidades,
con el mareo de las fragancias del polen, el único dios del Universo, lleno de
zumos, de carpos húmedos y de cortezas, de troncos y hojas calientes, a través
de cuyos vasos narra la linfa el poema de la necesidad sexual. ¡Paso pues! ¿A
qué viene la ley? ¿Por qué no impiden que en pleno sol, bajo el infinito cielo,
la semilla se rompa en el humus para entregarle sus carnes virginales? Así
también podrían decirle a la tierra que no las fecundara entre su negra cuajada.
¿Por qué no lo hacen? ¿Por qué no impiden que las fieras se desgarren en las
noches desiertas y manchen con sangre las arenas y que las aves se cubran para
esconder sus besos en las espesuras fragantes? Pero entonces sobre la ley, sobre
los decretos, desde que han querido con el matrimonio circunscribir el derecho
de las criaturas, la naturaleza vencedora, a pesar de todo, escribirá las
sinfonías de las libres procreaciones, el zumbar de las selvas abrazados en el
himeneo gigantesco, los gemidos de la madre tierra, hinchada para parir. Y sobre
las hipocresías de una virtud que necesita códigos, la gran sinceridad de la
naturaleza vencedora ha de establecer en los tiempos, que el hombre que no es
sino una de sus formas, como las demás formas, tiene el derecho a los libres
espasmos, buscando a la mujer donde quiera que esté para fecundarla, como los
átomos todos buscan a los átomos en el eterno vértigo de metamorfosis. Y porque
la ley es artificiosa se producen los adulterios, que son sus desviaciones, y
que no resultan sino vasallajes a las leyes naturales. El mundo está enfermo,
hijo mío, por el exceso de reglamentos. Todo cae bajo la acción de los virtuosos
y de los sabios, un gremio perjudicial, que ha destruido la sinceridad,
pretendiendo establecerla y que obliga a los humanos a vivir de la mentira y en
la astucia hipócrita. ¿Por qué ha de ocultarse la mujer que ama a otro hombre
que no es su marido? Acaso porque se oculta ¿no se produce lo que los virtuosos
llaman delito? Con estas teorías, te contestan, todo se lo lleva el diablo. No
te aflijas, hijo mío. Puedo asegurarte que así como están las cosas, hace rato
que el diablo se lo está llevando todo.</p>
<p>La observación te va a dar la prueba de esto. Se ven muchas cosas, hijo mío,
caminando por la ciudad. Yo no puedo olvidar su hora vespertina. La penumbra cae
y todo lo invade, mientras el dilatado zumbido diurno se va desvaneciendo. Hay
cuadras muy obscuras, rincones tenebrosos, que sirven para citas de amantes y
mientras las campanas de las iglesias avisan, que el Ángelus reza la oración del
perdón para todos, las adúlteras pasan, entre la luz escasa, como sombras
agitadas. Es la hora peligrosa. Las penumbras signen cayendo y se amontonan en
todas partes, mientras aquí y allá se iluminan los negocios. Aparecen después
los faroles con luz y se agitan sobre el piso sus siluetas. Pasan debajo los
coches y los trenvías se deslizan zumbando sobre los rieles. La noche del cielo
está muy obscura. Las estrellas tardan en brillar, como si no sirvieran para
nada en la vida de la ciudad, como si hubieran sido creadas solamente, para
alegrar las soledades de los campos, veladoras de la infinita paz nocturna. Poco
tienen que hacer, porque las adúlteras que se arrugan en el fondo de los
carruajes con cortinas bajas, no asoman para mirarlas. En esa hora han muerto
muchas honras y se han satisfecho muchas lascivias en las posadas obscuras. Las
rufianas acechan y arrancan a las niñas del conventillo y de la casa pobre para
precipitarlas en el abismo. Es una triste procesión infantil, es un dolor que
marcha hacia la infamia. La piedad cristiana no las ve pasar y no las salva.
Sirven a las lujurias más desventuradas, sin perder muchas la flor de la
inocencia, tan niñas son, mientras las más vuelven a sus casas con todos los
candores marchitos. Por todas partes, donde se sospeche una pobreza y donde los
padres no cuiden demasiado a sus hijas, se siente el dejo malsano de los buitres
dispuestos a desgarrarlas. Por eso hay tanta chicuela de mirada cínica y de
rostro procaz. Son las que devuelven a la calle los zaguanes obscuros. Cuando
crecen después siguen despeñándose. Caen en manos de los mercaderes miserables.
Tienen un precio distinto. En los clubs que éstos poseen en la ciudad, se
rematan sus cuerpos y se transforman en moradoras de las casas obscenas, para
servir el ludibrio libidinoso entre las bofetadas y el escarnio. Vendidas como
esclavas, ya son cosas. Instrumentos del vil negocio, valen por lo que pueden
producir, mientras el club prospera y se enriquece con esas que poco a poco van
muriendo, mordidas por todos los cuervos, los que sacian sus lubricidades y los
que sacian sus avaricias, blancas osamentas arrojadas en inmunda sentina y
dilaceradas en vida. Ellas pagan los anillos que los lenones llevan en los
dedos; el alfiler de brillantes que adorna sus corbatas y el champagne de las
orgías bulliciosas. Por otra parte, mientras tengan ellas vestidura juvenil y
lozana serán esclavas. No pueden huir, ni amar, ni arrepentirse. El terror las
tiene encerradas y el desprecio de todos y el abandono las hace vivir en un
inmenso desierto, sin oasis y sin aguas cristalinas. Jesús perdería aquí su
tiempo. Las Magdalenas que pudiera encontrar, serían las que ellos arrojaban a
la calle, con la piel lívida y el cuerpo encorvado en las decrepitudes
prematuras. ¡Ay de la que busque independencias! Los lenones reunidos decretan
su ruina. Las acosan, las ultrajan, las comprometen en todas las formas. Les
incendian las casas y las abofetean hasta que la pobreza y la cárcel las reducen
de nuevo a las más sombrías humillaciones. Entonces vuelven a la liga tenebrosa
a pagar de nuevo el champagne de la orgía o desaparecen para siempre. Y este es
el siglo de la libertad y así Jesús perdió su tiempo, queriendo dar a la mujer
persona, ¡sin darle al mismo tiempo la fuerza que es necesaria para imponer
respeto! ¡Oh yo puedo contarte muchas historias! He visto mujeres con pasiones
salvajes implorar la libertad a gritos. Abrazadas del hombre adorado hasta el
frenesí, enfermas de ese amor imposible, trenzadas con él, entre besos y
sollozos, ellas serán cualquier cosa, esclavas y bestias de carga, la sumisión
sin palabras, un ser atónito y dócil y le entregarán su cuerpo para que se atore
en sus bramas de animal, ¡con la única condición de salir de allí!, ¡de salir de
allí!, de esa atmósfera fría de crimen, lejos de la mirada oblicua y sucia de la
barragana, que ha adivinado su pasión. Es entonces que el rufián pasa con su
torva y siniestra psicología, en momentos, en que el macho le ha abofeteado la
mejilla y la hace rodar como un fardo sobre las alfombras, con un hielo de
osario en el corazón, con una infinita soledad de muerte en todo su cuerpo. Es
inútil. Por una Magdalena de éstas, cien más permanecen abyectas, mancebas de
esos harems inconfesables. Y sobre todo, es necesario que los miembros del club
sean ricos, que beban champagne y tengan orgías, enfrente de las sociedades
civiles, y a pesar de ellas que buscan para la vida las alegrías honestas. ¿Hay
acaso alguna ley que los moleste? Si la hay, no se cumple. Entonces ellos siguen
vendiendo y comprando esclavas y éstas derrumbándose de burdel en burdel, hasta
que llegan al fin a las sucias zahúrdas, a los pisos de ladrillos, a los cuartos
sin cielo-rasos y sin ventanas, transformados en un miserable andrajo para los
soldados noctámbulos y borrachos.</p>
<p>Todo termina al fin. La vejez sacude los cimientos de los lupanares. Estos
crujen, se destartalan y empiezan la danza macabra hacia el abismo. Es un
rechinar de honras rotas, una larga lamentación de juventudes marchitas y una
horrible sinfonía de lascivias y de dolores sordos. Zumban en el aire y van
pasando las sedas podridas, los encajes deshilvanados, los terciopelos
desteñidos y un enjambre de miserias parleras, que acompañan a las diosas
envejecidas y enfermas, y desparraman en el camino tufos de cuartos húmedos y
alientos de roñas vetustas. Y sobre las orgías pasadas, la crucifixión de las
pobrezas presentes. Y detrás de los días alegres, ¡la sombra de las noches sin
fuego y sin luz! Así viven, rezando funerales a las embriagueces que ya no
vuelven. Es una desventurada procesión. Los ojos no tienen brillo; las carnes
están flacas y arrugadas, la piel llena de úlceras y de costras. Tosen. Se
fatigan. Algunos enormes vientres de yeguas hidrópicas se balancean en las
filas. Otras marchan sobre angarillas. Las compañeras las llevan a pulso. Son
paralíticas. De cuando en cuando el grito estridente de alguna loca, los rugidos
sordos de las histéricas convulsas, los temblores y el vómito hediondo de las
borrachas de vino y de caña. Aquí y allá en el seno de la siniestra cohorte,
caminan las niñas, que van a ser corrompidas, para alimentar las vejeces de las
rameras decadentes, frescas flores ya manchadas en el lodazal. ¡Y blasfemias,
rugidos y carcajadas! Una horda cínica desfila, cantando las baladas lúbricas e
infames con estertores salvajes, donde suenan todavía las imprecaciones de las
últimas y moribundas lujurias. ¡Por todas partes el mal, la enfermedad y el
asco! A medida que avanzan hacia la sombra, acompañados por el estruendo de los
prostíbulos fracturados y el volar horrísono de las alcobas pecaminosas,
arrancadas de cuajo y azotadas hacia el abismo, a medida que avanzan, se oyen
los llantos y las desesperaciones de los hijos abandonados y el chasquear de las
placentas, empapadas de sangre y de estiércol en los abortos criminales. ¡Por
todas partes el mal, la enfermedad y el asco! Así a medida que se despeñan, se
van alojando en las camas de los hospitales, donde pasan la noche lóbrega o
duermen en los conventillos, donde las gentes les conocen la dolorosa historia o
se desparraman en los cafetines inmundos de la ribera y se acuestan en los más
bajos tramos de la inmundicia. Después mueren esas pobres solitarias y las
arrojan sin ataúd, patas arriba, entre las carnes gangrenadas del osario. Allí
amontonan la podredumbre, que tiene fétido aliento, entre los músculos
corrompidos, al lado de la papilla negra formada de harapos y líquidos
mefíticos. Una oleada malsana salta fuera de la inmunda huaca, como una lúgubre
protesta de muerte, como una sombría bofetada. Parece que en aquel silencio se
agitaran las manos sin carnes, buscando culpables para estrujarles la mejilla y
mientras el esfacelo roe los huesos, los gusanos se alimentan y engordan sus
carnes nacaradas, resbalando apurados los unos sobre los otros, serpeando y
deslizándose, bajando y subiendo en un hambriento frenesí de lascivia
procreadora, que los destruye en el barro común, ¡en la hedionda y fúnebre sima!
¡Al fin la paz! ¡Al fin el descanso de la vida vagabunda sin dolor, sin hambres
y sin crueles inviernos! ¡Al fin las flores enfermas encontraron la tiniebla
para marchitarse y morir, mientras otras siguen retoñando detrás de ellas!
Vestirán los hombres de sedas sus cuerpos juveniles; para desflorarlos y manchar
hasta la muerte la piel fresca. ¡La orgía os espera infortunadas hetairas! El
mundo quiere las precoces extenuaciones, quiere mataros pronto, para recomenzar
los lúbricos homicidios. En rededor de esa cohorte en marcha, los lenones
muestran los dineros ganados en las bacanales y caminan ellos también hacia el
abismo, con sus máscaras truhanescas de delincuentes enflaquecidos en los
garitos nocturnos. Esos sultanes del prostíbulo van dejando en el sendero sus
oropeles y se transforman, bajo las imprecaciones, de las rameras moribundas, en
una legión de enconados, que arrastran el hocico en el fango, donde terminan las
vidas miserables, en el siniestro y frío silencio, donde desaparecen las almas
canallas. En esa odisea se confunden con sus víctimas, heridos por ellas a
zarpazos en el rostro, de donde manan podridas linfas, asfixiados por el vaho
mefítico, dentro de ese turbión humano, que gira y gira hacia el pudridero de
donde ya no se vuelve. Alrededor de ellos el estridente ulular de los ladrones,
que bailan la danza macabra y la sombría guiñada del asesino hercúleo. Se mueven
con sus cárceles, dando tumbos y meditan el delito aun en la hora postrera, sin
conocer el mal que han hecho, fríos inconscientes, mal vestidas por el andrajo
las carnes flacas, llenando los senderos de purulencias tuberculosas. Borrachos
e idiotas, estos onanistas caminan hacia la muerte, cantando los himnos de la
perversión de Sodoma, un ejército degenerado que deja un reguero malsano. Aquí y
allá, por todas partes, la tierra baja confunde, en el supremo estertor, a las
casas abyectas con las inmundas crujías y la gangrena devora a estos hermanos
del delito y rameras, ladrones, rufianes, falsarios, adúlteros, arteros y
asesinos, toda la hediondez humana escribe capítulos feroces y muere al fin la
tierra baja y contamina todo al morir -acostada la persona llena de úlceras
saniosas, con la calavera tirada de través en su mueca pavorosa. Y alrededor de
esos muertos, que buscan el eterno silencio, hay un ejército de vengadores que
blanden en alto la dinamita. Ellos son, hijo mío, los que protestan contra el
dolor, los que zahieren las injusticias y justifican las deshonras que de
pobrezas seculares derivan, los que castigan el ultraje a la niñez, matan los
despotismos y gritan en las calles los derechos del pobre. De cuando en cuando
brilla un puñal o suena el estampido de un tiro. Una bandera negra se agita en
el aire. Un tirano ha muerto y un apóstol paga en el cadalso sus osadías de
hombre. Ellos marchan, arreando la turba desconsolada y a grito herido anuncian
la hora de la venganza definitiva. Les llaman anarquistas. Es un error. Debían
llamarles jueces. Ya no sufrirán los pobres tanto. Los niños no han de morir
niños, por las miserias y el trabajo, ni la mujer necesitará la deshonra para
vivir. Los ricos darán lo suyo a los menesterosos equitativamente. No habrá
autócratas, ni soldados, ni proletarios. Si no, es bueno que la humanidad sepa
que existe la dinamita. Y al despedirme de ti, hijo mío, yo te digo en verdad
que entre estos está tu acción. ¡¡¡No perdones, ni manches con vulgares
deliquios la soberbia homicida de tu prosapia!!! </p>
</div>
<div>
<head>Pródromos</head>
<p>Cuando concluyó su lectura, la aurora de primavera ascendía gloriosamente,
borrando las estrellas y dibujando en el éter techos y campanarios. Él se asomó
a la ventana con los ojos turbios a contemplar la madrugada de la ciudad, cuando
la sombra huye en derrota y se llena el ambiente de zumbidos. Una ira sorda se
apoderó de Germán. Esa luz iba de nuevo a iluminar los quebrantos de todos. Los
desgraciados salían de sus casas a trabajar para los que viven en el palacio y
duermen. Veía pasar muchachas mal vestidas para las fábricas, carreros
cabeceando todavía y trenvías al trote y mientras el bullicio aumentaba en
aquella alegre fuerza del día que empieza, Germán se sintió enfermo. Quería
irse, porque la imagen de Goga cruzaba por todas partes. Él la iba a buscar. Era
la compañera de sus imaginaciones sucias. Era su alma lúbrica. La necesitaba
para sus desenfrenos de bestia primitiva y para tenerla huyó del colegio ese día
y se perdió por mucho tiempo. Entonces el genio del mal empezó a girar por las
fábricas. Se oyó el himno del odio entre los trabajadores y en sus correrías
nocturnas encontró a Goga. Vivió con ella. En las horas solitarias en su
chiribitil estrecho, la fascinó con su elocuencia homicida. Fue un dúo de
rencores y de miserias, que duró años y entre los frenesíes del abrazo
prepotente, más de una vez se dijeron que no habían tenido niñez, que no habían
tenido amor materno, ni techo, ni pan. En la adolescencia, en la hermosa
primavera, ellos encontraron el frío y la congoja. El cuerpo de Goga fue pasto
de buitres; el abandono y las soledades del colegio lo habían transformado a él
en un espectro y mientras aquella siguió tirándose para todos, a fin de
alimentarlo, apasionada y salvaje en sus borracheras de lujuria, cada día se
incrustaban más el uno en el otro y las dos psicologías formaron el fin un odio
gigantesco, como una enfermedad de exterminio. En ese camino los acechaba la
muerte de lejos. Lo sabían; pero muchos iban a quedar en el camino, ¡antes que
ellos entrarán en su gran calma y en su pavoroso silencio! ¿Qué les importaba,
si no habían hecho otra cosa que ir muriendo? La virgen no había existido nunca;
la mujer era una loba en su despeñadero. En todas partes encontraban el
desprecio y el asco. La marcha era oblicua y esquiva; el sendero tétrico, como
camino de cementerio. ¡Pobres funestos, que vagáis solitarios, lúgubres
peregrinos! La muerte acecha de lejos a los que no han hecho otra cosa en la
vida que disgregarse para morir!...</p>
<p>El trabajaba como podía, tosiendo a ratos. Escupía sangre. Entró en muchas
fábricas, siempre irascible y violento. Adulaba a los obreros, y los concitaba
contra Dios y contra los hombres. Les enseñaba las ajenas riquezas y el brillo
de los festivales en las casas ricas. Mientras tanto ellos estaban llenos de
hijos y de miserias, sin esperanzas, fatalmente votados a una desaparición
temprana. Todo su dinero lo entregaba para los chicos enfermos y les decía a los
obreros, que se enfermaban porque eran pobres, porque vivían en zahúrdas y
comían mal. Era necesario entonces obtener por la violencia el bienestar.</p>
<p>-¿Por qué se les han de morir a ustedes los hijos? -exclamaba. Siempre el lado de
las fraguas, como animales, sudando para los demás, o metidos en los talleres
sin aire, sin luz, sin fuego. Es una injusticia. Por el trabajo de ustedes, los
patrones tienen manjares y banquetes y sus mujeres sedas y amantes. Ahí pasan,
miren, en los carruajes descubiertos, acostadas como odaliscas, vestidas de
rasos y adornadas de encajes, ¡al lado de vuestras mujeres que piden limosna en
las esquinas y de vuestras hijas, que caminan paso a paso hacia las cuevas de
los malos barrios! ¿Por qué no las salvan? ¿Qué están esperando? No obtendrán
nada sin la revolución social. El terror hace ceder a los hombres.</p>
<p>La indisciplina empezaba. Los obreros se volvían indolentes. Eran irrespetuosos y
abandonaban el trabajo. Se oían amenazas. Y cuando los patrones, apercibidos de
la funesta prédica, lo arrojaban fuera de la casa, Germán proseguía su obra,
esperando a la gente en la tarde y concitándola a la huelga y al incendio. De
cuando en cuando se le veía con bombas de dinamita. Era un fascinador. Su
palabra enérgica se oía en todos los grupos y cruzaba el ambiente como una
ponzoña. Había algo de delirio enfermizo en esas oraciones de media calle,
saturadas de odios y de sarcasmos, en ese apostolado del desorden. Los
trabajadores lo rodeaban. A los carpinteros les decía:</p>
<p>-Ustedes no ganan más que tres pesos, las mujeres uno y medio. Tú tienes cuatro
hijos. Tú seis y tú ocho. ¿Cómo viven, pues? Uno encima de otro, comiendo carne
malsana y escasa y bebiendo leche agria. A ti la sierra te llevó un dedo. ¿Quién
te pagó la cura? ¿Acaso los patrones? Se acordaron ellos del mes y medio de
trabajo perdido y de los chicos que quedaban en la miseria? ¿Te alcanzaron
dinero acaso? Sin embargo, esa herida se produjo en el trabajo, para los lujos
de sus familias. Y tú estás encorvado -le decía a otro obrero- y no tienes
cuarenta años. Te has agachado demasiado sobre el banco y para los demás. El
trabajo te ha vuelto tísico y cuando ya no puedas, ¿quién va a cuidar de tus
hijos? ¿Por qué no te permiten que te cures? Acaso eso va a suceder, mientras tú
vivas encerrado en el taller, dentro del frío del invierno? ¿Por qué no vas tú
también a las sierras, donde dicen que hay aire puro y rica leche? Pero ellos
van allí a sanar con los dineros, que han ganado con el trabajo de tus manos y
las enfermedades de tu cuerpo. ¡Eso es inicuo, inicuo, inicuo! ¿Qué esperas tú?
¡Serás de los nuestros, pues! Hay que arrancarles, aunque sea con la vida, el
robo que atesoran, a través del sepulcro de los obreros, que mueren para que
ellos sean felices. No harás tú como ese que está allí -agregaba Germán con
gesto hosco, señalando un viejo sentado en el cordón de la vereda. Ha estado
cuarenta años en la fábrica. No tiene un centavo. Ahora ya no hay fuerza. ¿Y los
hijos? No tenía plata para educarlos. Están en la cárcel, mientras las muchachas
tiran su cuerpo de burdel en burdel. ¿Y sabes por qué? Ellas cosían y lavaban;
pero él no podía cuidarlas. Entonces dos truhanes de noche las zamarrearon de
los pechos, las hicieron caer en la zanja y las hicieron llorar... ¡Ah bueno!
¡Estás abriendo los ojos! Ahora vive borracho el viejo y los patrones lo
arrojaron a la calle. Pide limosna. Tú no has de querer esa suerte. Y después,
honor no hay más que uno -agregó Germán con voz sorda y tomando de un brazo al
obrero.</p>
<p>Éste le estrechó la mano en silencio. Cuando se retiraba para su tugurio, pensaba
con ira.</p>
<p>-No. Yo no quiero esa suerte. ¡Honor no hay más que uno! Mejor es morir en
cualquier cosa entes que perderlo. Ya en su casa, en el claroscuro de una vela
de sebo, prendida en un rincón, vio a la hija de catorce años y profundamente le
miró las pupilas alegres y juveniles. En seguida la apretó contra su corazón y
le mojó el pelo con lágrimas. Una dulzura infinita corrió por aquel cuarto. Ella
sorprendida abrió grandes los ojos. Tenían aguas claras sus iris azules y toda
su persona un casto perfume. Era como una corola, llena de candor y una amorosa
gentileza y había rezado por el padre un momento antes la oración de la tarde...
Un grito lo despertó:</p>
<p>-Hoy no has trabajado. ¡No hay que comer!</p>
<p>La voz era un rugido. Dos ojos agudos se fijaban en él como puñales. Era la
mujer. La miseria la había enloquecido. Esa noche también como siempre le
despedazaba su última alegría. Al día siguiente volvió a las reuniones de
Germán, para repetirle que él no quería la suerte del viejo borracho...</p>
<p>Lo encontró en medio de un grupo de pintores. Estaban flacos y pálidos. Algunos
tenían las manos temblorosas y los brazos secos por la parálisis. Otros tosían.
Todos hablaban irritados. No ganaban sino tres pesos y medio por día. A penas
para comer mal. Germán gesticulaba como un endemoniado, caminando de aquí para
allá. Aconsejaba la huelga. Pedirían más salario; si no formarían parte de las
logias tenebrosas. ¡Y después el incendio de los talleres y los cuerpos lúbricos
de los patrones rodando a través de las llamas!...</p>
<p>-Ustedes esperan demasiado tiempo -agregaba. ¿Por qué? La hora de la justicia ha
llegado. Es necesario saltar a la calle para exigirlo. ¿Qué has sacado tú del
trabajo de toda la vida? -preguntaba a un obrero con la ropa en andrajos y llena
de manchas verdosas de pinturas. ¿Qué has sacado? -repetía. El plomo se te ha
ido a las tripas. Te duelen. Te las está hiriendo. Antes que encogerte así ¿por
qué no te resuelves? Sé de los nuestros. O es mejor acaso que a cada rato entres
al hospital, dando alaridos de dolor y pases diez días echado de barriga sobre
la cama sucia y apretándote el vientre. Esos cólicos traen la gangrena y matan.
Yo lo he leído. ¡Y tú tienes veinticinco años, tu madre vive y hay una muchacha
que te ha calentado el corazón! ¿Y tu padre? Ahí está delirando. El plomo le ha
mordido la cabeza. Eso es lo que ha hecho en toda su vida: trabajar para
volverse loco. Ve visiones. Ha entristecido toda la casa. Valía la pena. Yo lo
he visto, con sus fantasmas, correr de aquí para allá, dando aullidos,
desgarrarse la ropa, tirarse contra el suelo, morderse la lengua en la
epilepsia, y echar de la boca espuma colorada. ¡Y qué dolor cuando canta! Yo no
sé como no lo has vengado. Lo han creído loco. ¡Es el plomo! ¡Es el plomo! Yo sé
lo que te digo.</p>
<p>En el silencio que siguió a las frases violentas, se oyó un canto desgarrador.
Era el viejo loco. Lloraba y le temblaban los brazos. Se le oyó gritar:</p>
<p>-Hay que darle al pincel de arriba abajo. Échale minio. La culpa no es mía. Se me
ha podrido la boca y los dientes están podridos porque no se hace pintura sin
aceite hediondo. ¡Ay! ¡Ay! Y lo peor de todo es que mi mujer me rechazó. ¿Qué
culpa tengo si soy pintor? Quise besarla porque esa mujer era mía y me torció la
cara porque yo olía mal. Entonces me acurruqué en el rincón del cuarto ¡porque
el amor es triste! ¡El amor es triste! A ustedes les va a pasar lo mismo, agregó
el viejo con la mirada en delirio y avanzando con ímpetu hacia el grupo. Yo me
voy a reír a carcajadas. Ya los veo caminando por la calle con la cabeza
agachada, porque el amor es triste si no lo acarician. ¡Ay qué dolor, aquí
adentro del pecho! Me lo ha arañado mi mujer. A ustedes les va a pasar lo mismo
y si tienen hijos, el tarro de pintura los va a envenenar. ¡Qué bocas
podridas!</p>
<p>Las muchachas del barrio dicen en voz baja:</p>
<p>-No. No queremos. Tienen aliento de pesebre. Son pintores. No podemos amar los
huecos de basuras y si se casan las mujeres les arañarán el pecho. Tienen un
corazón ¿ustedes no? Prepárense y vístanlo de luto para cuando ellas les tuerzan
la cara y se lo lastimen. ¿Ven esta mano? Y la enseñó.</p>
<p>Estaba seca y descarnada. La piel era lívida y se arrugaba en los movimientos del
brazo como si no tuviera vida. En la muñeca había un tumor. Algunas venas
negruzcas corrían por el dorso. Los dedos, doblados sobre la palma, parecían
garra de animal carnicero, tan aguros eran.</p>
<p>-¿La ven? -repitió. Primero me empezó a temblar. Después la muñeca se puso gorda,
como la carne echada a perder, como un bofe de osamenta. Entonces ya no moví la
mano y se me secó. Siempre estuvo sucia de pintura ¡y eso es veneno! ¡Eso es
veneno!...</p>
<p>El viejo se alejó, mientras los obreros se miraban los dientes con horror. Ya
estaban enfermos. El saturnismo bordeaba sus encías con su siniestra espiral
negruzca. Ellos comprendieron que el trabajo los iba a matar.</p>
<p>-Entonces vamos a morir, -exclamaban. Esto es estúpido. ¡No queremos morir! ¿Con
qué derecho nos piden este sacrificio? ¿Hemos de pasar la vida apretándonos el
vientre, para gangrenarnos, o concluir en el manicomio y hemos de tener este
horrible miedo del veneno, que corre con nuestra sangre, para no ganar sino tres
pesos y medio y no tener un cobre nunca y nuestros hijos han de ser raquíticos y
hemos de dar asco a nuestras mujeres? ¡No! ¡No! Y todo para los ricos. ¡Perros
sarnosos! Rodearon a Germán. Éste tenía en ese momento fría la mirada. Ningún
músculo de su cara impasible se movió. Sus palabras cruzaron el alma de los
obreros como puñaladas.</p>
<p>-No se quejen -les dijo. Ustedes merecen eso. Cansados estamos los hermanos de la
logia de decirlo. ¡Son cobardes ustedes!</p>
<p>-¡No somos! -imprecaron muchos a la vez. Hable Germán. ¿Qué hacemos?</p>
<p>-¿Qué hacemos? -preguntó éste con violencia. ¿Y la huelga? ¿Qué esperan? Que les
dupliquen el salario. Que el obrero sea socio del patrón. Que muestren los
libros de sus escritorios esos tramposos. ¡Que les hagan casas aseadas! ¿O el
sol es de ellos no más y ustedes tienen que vivir entre el estiércol de los
conventillos? Hagan la huelga y no se detengan en eso. ¡Parece que ustedes no
supieran que en los almacenes hay aguardiente y petroleo! ¿Hasta cuándo? ¡Por
Cristo! No es solamente con los pintores. A ustedes les digo que son tipógrafos
y se lo pasan el día entero componiendo imbecilidades. Tienen vómitos ustedes.
¡Eh! Se mueren de diarrea. Echan los bofes a pedazos como los tísicos. La sangre
se les envenena. El hospital los espera si siguen trabajando. Allá se meten a
aullar como perros apaleados, con esos manchones color pizarra que tienen en la
cara. Sigan no más. ¡No van a durar mucho tiempo! No hagan la revolución social.
¿Con ganar tres pesos y medio por día van a resolver el porvenir? Y estos otros
-seguía Germán con violencia. Mírenlos, se lo pasan el día entero manejando el
fósforo. Tienen la boca llena de maleza. Parecen monstruos. Las mandíbulas se
les caen a pedazos. Están pálidos como la cera, envenenados y sin fuerzas.
Pierden sangre por todos lados. Y se están quietos y siguen tragando fósforos,
vomitando como cerdos y con las tripas hechas pedazos. No se quejen, pues, si se
mueren. Hacen todo lo posible para eso. Sigan a los católicos. Sigan trabajando
con las pobres mujeres. Buena familia van a formar. Ahí andan los muchachos
enclenques, dando lástima. ¡A ver si los rosarios les van a dar la salud que
necesitan!</p>
<p>Concluyó de hablar con los ojos abiertos y grandes, y la mirada fría de piedra.
Su cuerpo tenía la rigidez de un espectro y su cara una torva inmovilidad.
Estaba insensible, mientras pintores y tipógrafos le estrechaban la mano
vigorosamente, como si eso fuera un juramento silencioso. En la ciudad feliz y
rica, entre los rayos alegres del sol meridiano, a esa plaza llena de sombra,
que se aplastaba temblando sobre el piso, desde las copas opulentas, muchos
obreros fueron llegando. Eran más tipógrafos y albañiles que dejaban el trabajo
a las doce, con la cara sucia de cal, zapateros de las fábricas de manos negras,
callosas y grietadas y herreros que iban a sus casas a almorzar. Rodeaban al
anarquista sin moverse. No tenían hambre. Por la mañana habían bebido en los
almacenes los malos alcoholes, que queman el estómago. Eso les bastaba para
seguir viviendo; pero había muchas caras pálidas y muchos organismos flacos,
bañados de caña y de ajenjo. Con el cuerpo enfermo, iba rodando el alma enferma
de esos trabajadores. Los seducía la diatriba violenta y la aventura peligrosa.
Se olvidaban de la labor continuada y honesta la única generosa y fecunda. En
frente de ellos, la Avenida de Mayo abría su límpido y luminoso cauce, por donde
corrían a torrentes los soles de oro del medio día, sobre el asfalto bruñido,
entre las columnas pardas en hilera larga y sinuosa, quebrándose la luz en los
globos que ocultan el arco voltaico y chisporroteando en los cristales de los
palacios. Una infinita alegría de vida sana agitaba la calle y por todas partes
se erguían casas y más casas, talleres y más talleres y así hasta muy lejos los
trabajadores vigorosos seguían escribiendo el libro del ahorro, con que se ha
edificado la ciudad bulliciosa; una historia de virtud y de actividad que tiene
cien años y que hace cien años no ha encontrado más formas de progreso que la
que deriva del constante trajinar y del ahorro constante. Venían a esta tierra
los inmigrantes en busca de las nobles eucaristías del trabajo con recompensa.
Poco tiempo después construían las casas pequeñas y esos formidables musculares
entraban allí con la compañera del brazo, para transformarlas en santuarios. Las
noches del suburbio, las frescas noches, llenas de estrellas y de fragancias de
alfalfas, escuchaban los besos y los gritos sofocados de la transubstanciación
potente. Cantos de bodas eran esos de ritmo cuotidiano y de impetuosas
procreaciones y cada año ella, sentada en el umbral, tenía en la falda un nuevo
chico prendido del pezón gordo y oscuro. Eran ricos y copiosos los chorros de
leche, fuerte el esqueleto de los niños, bermeja y vivaz la sangre. La familia
numerosa y robusta coronaba la vejez del obrero, del albañil de la gran ciudad,
el cíclope que ha construido sus bloques interminables. Otros ganaron los campos
para cultivarlos. Rompieron el césped y rastrillaron su polvo negro y fecundo.
Crearon las colonias y construyeron los ferrocarriles para unir a los ciudadanos
de la República. Eran fisiológicos de cuerpo y de alma y la obra resultó un
prodigio. Son leguas de trigo y leguas de viñedos; es una multiplicación
lujuriosa de haciendas. La pampa sola y salvaje se entregó a todas las razas,
para que la poblaran de aldeas y de virtudes. Eso sucedió porque los jornales
eran siempre suficientes y no se discutían. Se bebía menos y se trabajaba más.
El resultado fue el bienestar de muchos y Dios nos perdone el error, de casi
todos. No se pensaba en la asonada, sino en ahorrar. El obrero era el
colaborador del dueño y no su enemigo. No se sabía la importancia de la frase
rotunda: «Es necesario que el trabajo luche contra el capital» y la vida de los
jornaleros de entonces tenía olor a fruta fresca, a mies sazonada, a vírgenes
linfas. Era la primavera humana, llena de renuevos verdes y lozanos. Sudaban,
comían bien y dormían hondo, después de haber rezado el rosario bajo las noches
quietas y serenamente solitarias. ¡Oh benditos trabajadores, que no habéis
conocido el otoño y que os habéis acostado en el sepulcro llenos, de amor y de
fe! Nunca tuvieron los ojos de ellos un crespúsculo gris, ni el encono empañó el
alma cristalina de esos viejos atletas. Fueron buenos y fuertes, creyentes en
los beneficios de la labor sin degeneraciones. ¡Qué grandes son y qué páginas
brillantes escribieron estos creadores de las casas de dos piezas y cerco de
rojo ladrillo! Por eso el corazón de nuestros padres vaga aleteando, como una
amable larva, alrededor de los hijos inquietos, los desazonados y tristes del
día moderno y va cantando al obrero, que llega a su casa en la noche alta
borracho y enfermo, una melancólica historia de amor, la dulcísima melodía de
las madres que remiendan la ropa y cantan meciendo con el pie la cuna, mientras
él cuenta a los hijos mayores la laboriosa jornada y habla del porvenir ¡y de su
fe inquebrantable! ¡Oh nobles viejos desaparecidos! ¡Oh corazones vigorosos de
verdad! Entonces en esta tierra no se conocía esa gangrena que se llama huelga.
La Europa decrépita la inventó. Sobre ella pasaron seculares dolores y muchos
hambres de generación en generación destruyeron sus energías. El espectáculo de
innumerables delitos cometidos por pueblos contra pueblos, por reyes y
aristócratas contra pueblos, enconó el alma de los sometidos. Aquella de Europa
no fue historia, sino sucesión de nefandas turpitudes, en que no se respetó el
derecho del hombre, ni el honor de la familia. Sus capítulos están manchados con
estupros y una larga cohorte de crímenes, una lúbrica orgía de homicidios, de
esclavitudes, de ergástulas, de devastaciones y de incendios, no el caminar de
hombres sobre la tierra, sino la marcha antropófaga de un orbe de instintos,
entristeció la salud moral del obrero. Estos comprendieron que el trabajo era
inútil, porque las guerras y las exacciones destruían sus beneficios y vieron
que la violencia empañaba el honor. El cadalso era el premio de la libertad y la
miseria el premio del trabajo. De abuelos a padres y de éstos a hijos y nietos
se trasmitió el escuálido espectáculo de las familias enflaquecidas de carestía
y de inanición, a pesar de todas las virtudes. Luego la revolución contestó a
las tiranías canallas, y merced a la huelga se quiso por la fuerza el bienestar,
que no habían obtenido nunca la labor y el ahorro. Entonces se pensó que el
miedo haría ceder a las avaricias señoriales. Así en todas partes se echa a la
calle la horda, compuesta de dolorosos hereditarios y pide a grito herido su
parte de vida feliz. Ellos exigen primero. Si los que pueden dar no escuchan,
hieren, incendian o matan porque la huelga es enfermedad convulsionaria, es la
epilepsia de la patología humana. La sombra de la anarquía conduce sus pasos y
enorme debe ser el crimen de los que sojuzgan, cuando eso da lugar a tanto
crimen de sometidos. Bueno sería por otra parte no ser demasiado duros contra
los que protestan y la pluma del escritor, que ha grabado a puñaladas anatemas y
abominaciones sobre la memoria de las formas y políticas malvadas que han
dominado y todavía pretenden dominar al mundo; -la pluma del escritor, hecha una
catapulta que reduce a polvo todas las degeneraciones de épocas nefastas, ¡no ha
de manchar sus negros rasgos, hiriendo el alma de los que sufren y ha de
encontrar en el sano ímpetu las robustas deprecaciones por la justicia! Allá no
hay más remedio. Ese cuerpo de la Europa está agotado. Hay demasiada gente y
poco espacio. Ya no caben. Entonces, no pudiendo marchar juntos, se destruyen. Y
deben estar muy comprimidos, cuando se ve que los pueblos se lanzan fuera de sus
confines en un imperialismo enfermizo. Necesitan lo ajeno para vivir y cuando no
pueden tomarlo y aumenta la miseria, retoña de nuevo la anarquía, resurge el
desorden con sus pavorosos remolinos y renace la psicología homicida de los
corifeos. De cuando en cuando ellos tronchan una alta cabeza, se produce una
sensación de miedo en las plutocracias y el escalofrío de la matanza corre por
el corazón de los siniestros diseminados en las capitales. Pero no todos los
siguen y lo que estos ignoran es que la mayor parte de los proletarios condenan
el crimen y se alejan de ellos. Quieren aguas más límpidas en que bañarse y
aires más puros para respirar. Necesitan una moral que los tranquilice y luchan
por mejorar, buscando formas más ecuánimes. Se han convencido que la dinamita y
el puñal no logran perfeccionar al mundo. Por eso muchos han dejado los sombríos
sótanos, donde se conspira y se medita el incendio y el delito y se han cobijado
bajo la cruz. Han formado sociedades católicas. Rezan; cantan; son peregrinos.
Hacen procesiones y visitan santuarios. Son los amigos de Jesús, en cuyo seno
eucarístico restauran sus fuerzas los cansados, recobran energías muchos
mártires del tedio y esperanzas los castigados por la fortuna y los heridos por
la injusticia. Cuando tienen un dolor, o pierden sus bienes, o las enfermedades
matan a los hijos y los hambres hacen sufrir a la familia, de rodillas al Señor
le piden alientos para el trabajo y fortaleza para su Fe y como la razón por la
cual se reunieron en congregaciones, es el temor del desgajamiento universal,
decretado por los errores de la anarquía, ellos se robustecen en el pensamiento
de la resurrección de todos, en la eterna vida y en la eterna dicha. Allí van a
asistir al triunfo de la virtud que trabaja y a vivir en el gran santuario
celeste, en plena luz, en la paz de Dios, en el amable e infinito misterio de su
bondad. Por eso la sensación trágica y universal de muerte, inspirada por el
anarquismo, desparramado en todas partes con su bandera roja de terror, con su
bandera negra de desesperanza, este nuevo milenario, en cuya tiniebla iba a caer
la civilización y a bambolearse el mundo en horrible y destructora apocalipsis,
la sensación trágica de muerte creó el alma de los nuevos cruzados y los
catecúmenos se multiplicaron. El obrero católico ha renacido y ha formado
ejército. Va hacia Tierra Santa bajo las banderas del trabajo. Es la nueva fe.
El claustro medioeval ha desaparecido. La sustituye el taller que inicia y
concluye la labor con una plegaria. Y marchan y se consolidan los nuevos fuertes
con la cabeza cubierta por el glorioso solideo de los trabajadores. Así aquellos
pregonan la destrucción del trono y estos combaten por la restauración del
Papa-Rey. Aquellos son iconoclastas y quieren el ateísmo, estos son apóstoles y
sectarios de la idea cristiano. Los primeros son los blasfemos; los segundos son
los místicos. La anarquía no se detendrá ante ningún extremo; arrasará con lo
existente, para dar vida a la fantasmagoría demoníaca de su psicología enferma y
crear a carrera frenética lo que ella reputa lo vida nueva, la constitución de
la nueva sociedad, con la utopía de la riqueza, del bienestar y de la felicidad
para todos. Y como los tiempos no se modifican con el apresuramiento deseado,
porque es así como marchan las cosas, ellos buscan los culpables e hieren
entonces lo que está más encumbrado y ven más, hieren a los jefes de pueblos a
los cuales acusan de impedir la metamorfosis. Por su parte, el obrero católico
colocado en la antítesis, no se parará tampoco ante ningún extremo. Por más que
las ideas se hayan modificado estos caballeros de Jerusalén no detendrán su
camino hacia Tierra Santa. A lo lejos está Roma, que sigue siendo para ellos la
capital cristiana. Allá van. Para esto están dispuestos a todos los sacrificios
y si posible fuera, si existieran los circos de antaño, llenos de rugidos,
dilatándose sobre la púrpura de las arenas rojas de sangre, ellos reharían en el
siglo presente historias de mártires, muriendo con la sonrisa en los ojos de la
fe divina. ¡Extraño antagonismo! Los anarquistas, sinceros equivocados, matan
por querer la brusca conquista del porvenir, los católicos, sinceros idólatras,
quieren el dominio del presente y del porvenir, arrastrándolo hacia las ideas
del pasado. Las cohortes de los primeros se componen de desheredados y sus
tribunos aman la blusa y el tugurio, símbolos de la pobreza, mientras los
apóstoles de los otros son la aristocracia y los plutócratas de todo el mundo
cristiano. En los buenos tiempos de Jesús eran apóstoles los pobres pescadores
de los lagos de Judea y los labriegos. Vivían en chozas y las catacumbas eran
refugio y templo de los perseguidos de la era neroniana. Quizás por eso
triunfaron. Hoy tienen tesoros. Viven en palacio y educan a todos los hijos de
ricos. La disciplina, el orden y el talento los han hecho poderosos. El objetivo
es la salud moral del obrero y es la reconquista de esa hermosa ciudad de Roma,
que ellos consideran el hogar de todos. Según el concepto católico han sido de
allí desterrados; luego viven con la nostalgia del retorno y se olvidan que
antes que capital del mundo cristiano fue la creadora de las instituciones
civiles. El foro todavía resuena por las aclamaciones del alma libre del pueblo
y los nuevos tiempos han triunfado sobre todas las hierocracias. ¿Llegarán a
Roma estos cruzados a esa grande y monumental tristeza, a la gloriosa seductora
de las Estancias, la inmortal primavera plástica y volverán a sentarse sobre el
Coliseo en ruinas, en la tarde muriente y desvanecida en la melancolía honda del
Ángelus? Han crecido mucho. Aquí son una fuerza. Construyen templos y colegios
por todas partes. Los obreros afluyen y rodean a los que prometen el cielo,
porque la fe y la oración mitigan sus amarguras y consuelan sus pobrezas. Dan
parte de sus ahorros para el óbolo, como darían su sangre en la cruzada
redentora por el Papa-Rey. Han contribuido a este crecimiento los años de arte
canallesco que han escandalizado al mundo. Los escritores usaban estiércol para
escribir libros. No encontraban la belleza sino en el pantano. Sus descripciones
olían a esfacelo; sus personajes eran la síntesis de la humanidad ruin y
malvada. No se oían sino elogios a la desnudez procaz y ditirambos a las
pornografías más infames y a todas las bestiales aberraciones. En cambio de
rayos de sol, las páginas estaban llenas de inmundos vómitos. La carroña triunfó
sobre las sanas naturalezas y cuando no era la gruesa inmoralidad, las lascivias
aparecían a través de tules transparentes, con la intensa seducción de la forma
exquisita. El asco agarró el alma de casi todos. Los hombres huyeron de ese
montón de basuras y buscaron un refugio. Cada uno había tenido un hogar, donde
se rezaba. El Evangelio estaba allí con su virtud sencilla y fuerte, con mucha
paz y mucho aseo. Poco costó para que los hijos pródigos volvieran al hogar
paterno, cerca de las ancianas que los esperaban siempre, para las amables
adoraciones de los dioses tutelares. Por eso, arrojados lejos de la sociedad,
por las repugnancias de un arte sin belleza, sin amor y sin moral, la idea
católica reconquistó muchos soldados. Sus centros se multiplicaron y se notó en
seguida en las naciones la tendencia a lo místico. No importa que los
civilizadores hayan consagrado a Roma Italiana. Los neófitos no aceptan eso en
sus entusiasmos. Velan las armas como los antiguos caballeros, hasta que llegue
la hora de la batalla. Este crecer constante ha puesto a todos sobre aviso.
Tienen muchos enemigos y más de una vez en sus reuniones han sido atropellados.
Inquietan. Las otras asociaciones temen sus autocracias y aunque es muy posible
que ellos hayan modificado la índole de antaño y no piensen seguramente en
hacerse inquisidores, sino más bien marchar dentro de ideas de relativa
libertad, no por esto el antagonismo es menos violento. Entre los anarquistas y
ellos, la batalla ha producido alguna vez sangre. Están desafiados. Tal vez
algún día el choque sea cruento, porque parece que los católicos de hoy no usan
mucho la resignación. Quieren la victoria con la menor cantidad de martirio
posible y no olvidan que tienen ceñida al cinto la espada de los combatientes. Y
así como muchos son anarquistas, porque nacen homicidas, muchos hay hereditarios
de la locura mística, que pueden ir al delito, convencidos de servir a Dios. La
mujer es la gran triunfadora. Forma ella también en sociedades. Rezan y trabajan
para los pobres. En la aristocracia esto es de buen tono y de allí salen las
propagandistas más ardorosas. Son las elegantes de las peregrinaciones, las
ricas que dan de comer y visten a muchos menesterosos.</p>
<p>En la ciudad tienen un jefe. Se llama Ricardo Méndez. Está enfrente de Germán. El
espectro y el santo van a encontrarse alguna vez en las calles sacudidas por la
matanza y asoladas por el incendio. ¡Cuánto rezó el joven convertido después de
la muerte del padre! ¡Qué metamorfosis tan profunda esa de su espíritu! Ya no
vivió sino para hacer penitencia. Su cuarto fue celda. Los libros profanos
fueron arrojados. Él no leía sino la vida de los predicadores y de los mártires,
embelesados en la plegaria, bendiciendo el cilicio, las hambres y las vastas
soledades, tan llenas y elocuentes así mismo por el espíritu de Dios. Del padre
heredó alma de poeta. Escribía. Sus versos tenían sabor de Evangelio. Eran
himnos a Jesús, a esa terrible y dulce majestad, el enamorado de la mujer caída,
el fuerte morador de la Cruz. Eran naturalezas tristes las suyas, escuetos y
desolados yermos. Había mucho ímpetu en sus creaciones y mucho dolor. Quería la
gracia para todos los hombres, porque pocos se daban cuenta, que el paso sobre
la tierra era de prueba, mientras los más morían en la ciénaga pecando.
Inferiores eran en esto a las yerbas del campo que por amor a Dios exhalan
aromas y a los pájaros de los bosques que dicen sus plegarias en el canto
armonioso. En todas partes en la tranquila majestad del cielo, a través del
maravilloso equilibrio de los astros, en las sobreexcitaciones del mar, en todo
el prodigio de la naturaleza fecunda, nunca vio Ricardo la ley física en su
fuerza fatal de metamorfosis, ¡sino el espíritu de Dios! Y en la marcha de la
humanidad, no comprendió que las extenuaciones de la orgía, el desbarajuste
moral, la pérdida de la robustez física y la disminución en la inteligencia de
los corrompidos, esclavizaba a las naciones. Para él la causa del azote estaba
en Dios. Así se vengaba de la ingratitud de los malos hijos. Desataba los
ciclones para destruir sus viviendas y sus sementeras. Por eso los hombres
quedaban transformados en una turba de hambrientos y mal vestidos de harapos
bajaban pronto hacia la muerte. Así el Eterno arroja los ejércitos virtuosos
sobre los pretorianos, podridos en todas las crápulas y sobre las demagogias,
podridas en todas las lascivias y cambia la suerte de las naciones para que eso
sirva de ejemplo y de prueba de su poder infinito. Los conquistadores no se
movían por la natural brama de adquirir más riquezas, ni porque quisieran saciar
la ambición de dominio. Eran siervos ellos a su vez de la voz del creador.
Obedecían. Así pensaba Ricardo en ese misticismo guerrero, que no aceptaba el
esfuerzo humano ni en el arte siquiera. Dios estaba sobre todas las cosas. Él
solo era el gran poeta. Guiaba la mano del escritor y daba color y alma a la
paleta del artista: devastaba el mármol, sirviéndose del brazo del escultor;
escribía las músicas de las naturalezas y el hondo estrépito de las pasiones, y
derramaba su magnificencia en el esplendor arquitectónico de las catedrales.
Todo desaparecía en su yo infinito, la conciencia, la mente y la voluntad.
Nosotros no somos sino almas desvalidas y errantes romeros hacia lejanas y
desconocidas tierras, un ejército frágil, nacido del pecado, duendes
entristecidos sin derechos y esclavos de la divina esencia. En sus arrobamientos
llegaba algunas veces hasta las visiones. Veía a todos los hombres en fraternal
consorcio, salvados por la religión. Moradores del cielo, tenían la felicidad
imperecedera en el seno de Dios, en la corte saturada de belleza y espléndida de
amor divino, en el empíreo, cuyas auroras no tienen crepúsculos y cuyas noches
están iluminadas por la fulgurante luminaria de los eternos soles. Así se hizo
el cantor de las maceraciones y de las penitencias, capaces de redimir el yo
humano hacia la gloria perdurable. Sublimó la Tebaida. Hizo la apología de los
estáticos y de los castos. Idolatró a los cruzados, a los férreos medioevales en
marcha hacia el Sepulcro Santo. Sus odas eran alabanzas para la Roma católica y
anatemas contra Italia, que a metralla destruyó sus seculares murallas, y salmos
los que brotaban de sus labios, llenos de iras fulmíneas y excomuniones contra
el pueblo sacrílego. Lamentaba con encono el muerto poderío católico y pensaba
en la reconquista. Era menester repristinar esa historia, con nuevos apóstoles y
con todas las necesarias crucifixiones. ¡A la lucha! ¡A la lucha! El mundo era
una gran catacumba enferma. Para salvarlo, ellos estaban allí prontos para
morir, como los antiguos cristianos y si necesario fuera la guerra y la muerte
para que retoñara en vigoroso triunfo la idea católica... ¡A la guerra, pues, y
al exterminio! Enhorabuena. ¡Todo por amor de Dios! Para eso él era un gladiador
de fuerte músculo y de carnes juveniles, y podía arrojar su vida entera en la
nueva cruzada, a fuer de caballero de corazón leonino y espíritu de acero. La fe
era su egida y su guía el Dios de Godofredo y del duque de Alba. Pero los
soldados estaban dispersos. Era necesario hacer ejército, llevar a los hombres
hacia Dios, para ir después a Roma con ellos. Con la madre conversó mucho de
esto, porque ella era la gran caritativa, el ángel de todos los menesterosos y
el amparo de la niñez desvalida. Los pobres acudían a su casa en tropel, a
recibir el pan de cada día de manos de Dolores y santa le dijeron entonces a esa
hermosa solitaria de cabellos blancos. Era la vestal de la vieja casa, donde en
copa de alabastro ardía la llama sagrada del recuerdo, mientras en urna de oro,
en el viejo comedor de roble, dormía la lira fuerte del poeta médico. ¡Oh
memorias! ¡Oh amables diosas, que os quedáis cuidando las virtudes, que en la
casa dejan los muertos! Porque Dolores vivió con aquel gran corazón que ya no
latía y perfumó, con las violetas de los canteros primaverales, la honesta y
bravía leyenda de su caballero. Fue la divina enamorada de su sepulcro. Todas
las tardes bajó el ancho corredor de la casa, vestida de negro, en la hora en
que con la luz parece morir el alma de las cosas, de rodillas rezaba las
oraciones crepusculares, tan hondamente llenas de caridad y de silencio. Amó en
los hijos el alma del padre y pensó que todos los niños debían ser amados. Fundó
sociedades para darles alimento y educación; la infancia tuvo su gran abuela y
su apostolado ardoroso conmovía a todos; los ricos daban dinero y las niñas
vendían flores en los festivales piadosos, en la noche primaveral de los parques
ducales, caminando entre el azulado fulgor de los globos eléctricos, sobre la
fotografía metálica del bosque, acostada en los aromados senderos, mientras los
cisnes resbalan silenciosos sobre el lago dormido y luciente y las góndolas
surcan la sombra, llena de madrigales. Así los novios servían a la caridad
cristiana. En otras partes los escritores daban conferencias; los poetas
declamaban versos y la música congregaba a los hombres. Así el arte servía para
la caridad cristiana, fecundada por sus fuertes aristocracias. En el alma
popular hubo un profundo sacudimiento. Los obreros se reunían. Se trataba de la
infancia. Ricardo enardecía la muchedumbre, hablando de la fe y de la necesidad
de salvar la inocencia. En sus bailes recogían dinero para la gran obra Los
gobiernos fueron también subyugados por el fervor sincero, que agitaba a la
nación. Surgieron hospitales y casas para la infancia desvalida. Llegaban los
chicos, manchados de suciedad y de miserias, con la piel terrosa y el cuerpo
enflaquecido. Había muchos enfermos por el hambre y otros que traían en los
órganos dolorosas herencias de predestinados a morir temprano. Para los más la
cama limpia y el buen pan era una resurrección. Se ponían alegres como los
pájaros y rosados como las cerezas. Dolores era la madre de todos ellos.
Caminaba por las salas cuidando todo amorosamente, con su sentir suave y con el
alma llena de melancólica ternura. Algunas hermanas de caridad la ayudaban en la
labor piadosa, en su ausencia sobre todo, cuando ella se preocupaba de los
talleres instituidos para las jóvenes pobres.</p>
<p>Mucho trabajó, salvando almas de la deshonra, pero en ese cambiar a través de la
ciudad, ella sentía que había otra fuerza que destruía su obra. Algo siniestro
serpeaba por los conventillos. Hablaban de una mujer diosa, vestida de raso, que
arrastraba a las muchachas al mal. En los barrios lejanos, cuando la divisaban,
corría por todas las casas como un calofrío de terror y señalaban la víctima que
desaparecía pronto para no reaparecer jamás. Una leyenda de mujer invulnerable
la rodeaba. Era la querida de los poderosos. Los mareaba con las carnes tibias y
blancas, diseminadas en la forma perfecta; se desprendía de su cuerpo un aroma
acre de hembra en celo irresistible y muchos caían en el abrazo insaciable de
esa Friné desnuda. Era una corruptora esa ninfómana febril; manchaba inocencias
y las entregaba a los obreros para que las despedazaran. Al rato las muchachas
eran sectarias de la anarquía. Era Goga la cortesana, un violento apóstol,
dominada siempre por el alma sombría de Germán. Se encontraron una vez con
Dolores en un miserable tugurio. Un anciano moribundo estaba acostado sobre un
catre. De rodillas rezaba la hija, con el rostro apenas iluminado por la luz
mortecina de una vela de sebo, puesta en una botella, en el rincón del cuarto.
Al entrar Dolores vio a Goga que parecía enojada. Había como un relámpago
oblicuo en sus ojos y sus senos hinchados subían y bajaban. Crujía la seda.
Dolores saludó, sin que Goga le contestara y cuando se acercó a la niña a
decirle palabras de consuelo, la cortesana contestó con aspereza:</p>
<p>-Siempre llegan tarde ustedes los ricos. Vienen en busca de ángeles y se olvidan
que cuando uno es un miserable y un harapiento, no se puede ser ángeles. ¡La
indigencia mancha las alas y ensucia los ojos, señora! Ustedes que no tienen
nada que hacer, podían prevenir las pobrezas. Cuando se nace en ellas todo es
inútil. Las alas se manchan y los ojos se ensucian, ¡lo repito!</p>
<p>Dolores la miró con dulzura y quedó deslumbrada ante la cabellera de oro de la
cortesana, que caía en bucles sobre el rostro, casi ocultando su marmórea
belleza, aún más egregio en ese momento de pasión. El corazón amable de Dolores
se entristeció, mientras el moribundo había cesado de respirar, entre la
desesperación sollozante de la hija. Esta salía al patio llorando. Hubo en el
cuarto un momento de silencio, que Dolores interrumpió:</p>
<p>-¿No quiere usted, que las dos amemos a la huérfana? ¿No quiere usted acompañarme
a ser la madre de ella? Le pido disculpa si la he interrumpido; pero yo pensé
que usted quería acompañarme en esta obra de piedad cristiana. Lo que usted ha
dicho, es cierto, señora. Mejor es prevenir los males que curarlos después.</p>
<p>-¿Usted? ¿Conmigo? -exclamó Goga con violencia. Entonces ¿usted no me conoce? Yo
soy Goga, una prostituta, ¿oye? Ha debido ver pues usted, que yo tengo la cara
procaz y las pupilas lujuriosas. O se imagina que una se ha revolcado en todos
los chiqueros y que le puede todavía quedar corazón para ser madre de nadie y
que los hombres con el cuerpo, que le roban a pedazos, obligándola a una a las
más infames bajezas, ¿no le roban también todo lo demás, el amor, el dolor, la
piedad y la fe y todo? ¡Cómo se conoce que usted no ha vivido en el pantano! ¿Yo
madre? ¡Eso es ridículo! ¡A mí que he abortado siempre! Pregúntele lo que le han
enseñado los hombres a ésta.</p>
<p>-¡Ya! ¡Ya! tan joven -preguntó Dolores con dolor y temblándole la voz.</p>
<p>-Hace rato, señora. Hace mucho rato -contestó Goga. En qué mundo vive usted
señora Dolores. </p>
<p>-¿Usted me conoce? -dijo sorprendida ésta.</p>
<p>-A cada paso la encuentro a usted -replicó la mujer. Y la admiro, sobre todo
porque usted no aprende. Ha venido aquí a salvar a esta muchacha, como va a
muchos conventillos. Bueno. Siempre llega tarde como aquí. Yo le voy a contar su
historia delante de este muerto. A los trece años, ¿entiende? Un rico la
despedazó, como a mí, como a mí, ¿entiende? ¿Entiende usted?</p>
<p>La voz de la ramera se hizo estridente. Las frases saltan silbando como
lonjazos.</p>
<p>-Tuvo un hijo de él -siguió Goga. Fue a dar a un hueco de basuras. Allí murió de
frío y de hambre. Después ella se hundió de cabeza donde se hunden todas; se
hizo una inmunda, y este viejo entonces resolvió morirse y ha cumplido su
promesa. ¡Qué sencillo es todo esto, señora Dolores, y qué cruel! Es inútil que
usted trate de salvarle. No lo conseguirá. Yo la admiro así mismo. Usted quiere
redimir a todos los que sufren y levantar a todos los caídos; pero se olvida que
la carne que se pudre tiene que desaparecer y que el alma muere podrida como el
corazón. ¡Oh señora! A nosotras que no estamos contentas, si no nos revolcamos
con diez hombres todos los días, es mejor que nos dejen. No podemos, ni queremos
servir para ser lástima y repugnancia. Déjennos morir tranquilas en nuestros
chiqueros, vestidas de seda y borrachas de orgías, un cuarto de hora en la vida
siquiera. ¡Vaya por ustedes, pues, que viven la vida entera así! ¡No nos
incomoden... pero cuídense! ¡Nosotras no estamos con las manos en la cintura! No
hay cuidado. ¡A cada chancho su San Martín! Ya han de ir nuestros obreros a
romperles las hijas a ustedes. Alguno ya lo dijo; ¡a ti se te hará lo que hayas
hecho a tus semejantes!</p>
<p>Goga hablaba con la cabeza echada para atrás y el cuerpo erguido. Sus narices se
dilataban en ese himno de odios y de venganzas. Una luz fría iluminaba el azul
de sus ojos. Dolores la miró con tristeza y se acercó a ella y suavemente le
contestó con voz llena de humana pena:</p>
<p>-Cuánto mal le habrán hecho los hombres, ¿no es verdad señora? ¿Qué culpables
son? ¿Por qué pierden estas divinas hermosuras? -agregó Dolores levantando las
manos al cielo como si rezara, ¿por qué las arrebatan a Dios? Venga Goga.
Cálmese. Siéntese aquí.</p>
<p>Acercó una silla. Goga le dirigió una extraña mirada y se sentó.</p>
<p>-El error de ustedes -siguió Dolores lentamente- está en pensar que somos felices
por que somos ricos. Se imaginan que no hay en nuestras casas silencios
dolorosos y tristes crepúsculos. ¡Se equivocan pues! A nosotras también se nos
mueren los hijos. Nosotras también nos quedamos sin padres.</p>
<p>-Pero siquiera los han tenido alguna vez -interrumpió Goga-, y hermanos, eso que
llaman familia, para que haya un amparo para las que no usamos para defendernos
sino las uñas. Son nuestras armas. Después usted sabe lo que sucede. El cuerpo
se acostumbra al mal. Ya no retrocede uno. Se necesita el hombre. El sexo es
déspota...</p>
<p>-Usted se olvida, Goga, de muchas cosas -añadió Dolores, tomando entre las suyas
la mano de la ramera.</p>
<p>Tenía en ese momento en los ojos Dolores una luz de santa. Sus palabras eran como
un sereno Evangelio.</p>
<p>-Usted se olvida -repitió- de muchas cosas. Así la voluntad, Goga ha permitido la
redención. Los pecadores han podido rezar. Dios no desprecia a la criatura y
Magdalena que tenía como usted el cabello de oro y el alma ardorosa, fue
perdonada. Era como usted hermosa casi fuera de lo humano. Jesús, la salvó.</p>
<p>-Yo no se nada de eso, señora -contestó la mujer. Habrá que decir que hubo una
que tuvo suerte. Es una no más y ese Jesús, de que usted habla, debía ser muy
grande y muy bueno; pero es uno también. El mundo nos trata como a perros. Somos
sarnosas. Nadie cree en la sinceridad de la prostituta que reza.</p>
<p>-Ese es otro error de ustedes -replicó Dolores. Yo sé de muchas almas amables que
aman la desventura y esperan a los arrepentidos.</p>
<p>-Pero ¿dónde están? -preguntó Goga con ímpetu. ¿Por qué no nos salvan? ¿Y
permiten que vivamos en el odio y nos venguemos corrompiendo todo lo que
tocamos? Qué diferencia entre ese Jesús que usted nombra y Germán Valverde.
¿Quién es ese Jesús que usted nombra?</p>
<p>Dolores no contestó. De nuevo ese apellido se cruzaba en su camino. Estaba
pálida. Tenía miedo por sus hijos; pero Goga había seguido hablando con
violencia:</p>
<p>-Mejor es que no lo conozca, señora, a Germán. Viera cómo es. ¡Qué terror me
inspira! Yo soy una cosa cobarde en sus manos. ¡Qué hielo tiene en los ojos!
Asusta. Su alma es como un infierno. Cómo trabaja. Esta sembrando la huelga y el
delito en todas partes. Él con los obreros, yo con las muchachas. A la
revolución vamos. Conoce a sus enemigos. Son los obreros católicos. Los va a
hacer pedazos. Su hijo, señora, es el jefe. Cuídelo. Yo le aviso porque usted es
la primera mujer buena que encuentro en mi camino. Usted ha sido cariñosa
conmigo... como una madre... como una santa; pero yo me voy a olvidar, porque
tengo mucho vicio en el corazón. Germán lo sigue a su hijo. Si se encuentran,
dígale que no lo vaya a herir a Germán. Yo lo amo. Yo soy su hembra, ¡sépalo!
Quiere destruir las sociedades de obreros, que está formando su hijo y lo ha de
conseguir. Ya la vez pasada se miraron como enemigos. Yo estaba presente. Que se
cuide su hijo; pero que no lo hiera a Germán. Si lo hace, ¡que se guarde de mí!
¿oye? que se guarde de mí. Yo me voy a olvidar de usted, ¡porque tengo mucho
vicio en el corazón!</p>
<p>El diálogo fue interrumpido. La muchacha había entrado y ya se hacía de noche.
Había sombra en el cuarto y la luz de la vela parecía más viva. Llegaron algunos
hombres para vestir al muerto, en momentos en que Dolores daba dinero a la
huérfana, sin decirle una palabra. Ya afuera sintió que la seguían. Era
Goga.</p>
<p>-¿Desea usted hablarme? -Goga preguntó Dolores deteniéndose.</p>
<p>-Quiero pedirle disculpa -contestó ella. No haga caso de lo que le he dicho. Ya
sabe que yo soy una miserable. Soy un alma de burdel.</p>
<p>-No diga eso -exclamó Dolores. Usted no es sino una desventurada. No diga eso,
porque la piedad de Jesús es infinita. Todos cabemos dentro de su perdón. </p>
<p>-¡Jesús! ¡Jesús! -repitió la cortesana con extraña curiosidad. ¿Quién es pues?
Dígamelo de una vez. Lo único que sé de su vida es que murió en una cruz.</p>
<p>-¿Usted no sabe de veras Goga?</p>
<p>-¡No! ¡No! Nadie me ha enseñado. No sé. No sé -contestó con ímpetu la mujer.
¡Dígamelo pues!</p>
<p>-Yo se lo voy a decir. Escúcheme -agregó Dolores estrechándole la mano. Jesús es
el bien. Es el amor casto. Es la resignación y el sacrificio. Es el martirio que
sonríe, muere y redime. Es la caridad inagotable. Todos los humildes están en
Él. Todos los buenos y los sufrientes están en Él. Cuando murió en la cruz, el
sol se fue y los cielos se nublaron. El universo se sacudió, como si le
arrancaran los cimientos y la tiniebla amortajó su cadáver. Entonces la
naturaleza lloró, ¡porque había muerto la bondad! Una mujer se abrazó de la cruz
en ese momento, con la cabeza echada hacia atrás en el divino éxtasis y el oro
de sus cabellos, sueltos en la tormenta oscura. Era Magdalena, la meretriz.
Mucho amó a Jesús y fue santa. Acuérdese de Él Goga, cuando tenga algún dolor, y
no se olvide de mí tampoco. Recomiéndeme todos los pobres que quiera. Mi casa y
mis bienes son para ellos. Una cosa sólo le exijo y es que crea que nosotras las
ricas solemos tener también cosas cariñosas en el corazón y amamos a nuestro
prójimo, ¡cómo quisiéramos ser amadas! Dolores desapareció en la sombra y Goga
la vio perderse a lo lejos y se acordó mucho rato de sus palabras:</p>
<p>-Cuando tenga algún dolor, acuérdese de Jesús y de nosotros, porque amamos a
nuestro prójimo, ¡cómo quisiéramos ser amadas! Una alegría profunda se apoderó
de ella. También los ricos tenían noblezas entonces, pensaba en su camino a
través de la ciudad. El dinero no hacía egoístas siempre y al lado de los
perversos, había familias de caritativos silenciosos, y muchas santas llenas de
amor hacia los demás y de modestia.</p>
<p>Ese momento feliz de su corazón duró poco. Germán la esperaba para entregarla de
nuevo al lodazal... y ella, la lujuriosa, cayó esa misma noche con su cuerpo
desnudo, de posada en posada, anhelando el abrazo de todos los vampiros, sin
saciarse jamás, sombría y ávida de limo, como la flor de la ciénaga...</p>
</div>
<div>
<head>Elbio</head>
<p>Una noche Ricardo Méndez narraba, sentado en el patio, sus laboriosas jornadas de
apóstol. Angélica y Dolores lo escuchaban en momentos, en que Martín y Elbio
Errécar entraban a visitarlos. Elbio era médico. Mientras él estudiaba, la madre
murió y el viejo Martín con su espesa barba blanca y la piel llena de arrugas,
sin haber perdido su altivez formidable, sintió en aquella desgracia, como si le
cavaran el sepulcro y pensó morir también. Se agarró de Elbio, para que eso no
sucediera y éste se desparramó, como la yedra alrededor de la pared vetusta y lo
sostuvo. Cada día las arrugas del viejo se hacían más hondas y más rosada la
tez. Le salía más barba. Toda su cara estaba llena y blanca de seda. Los ojos
brillaban entre la espesa ceja y las pestañas espesas. Se había encorvado un
poco, sin que su cuerpo perdiera el músculo poderoso. En el dolor su alma se
hizo más clara todavía y más intrépida. Conservó el aposento, como cuando vivía
la vieja compañera y de noche, antes de acostarse, siguió rezando su rosario con
más fervor, desde que había dos muertos más a quien cuidar. Ya no trabajaba. En
el último cuarto de la casa, guardado estaba su banco de carpintero, el amigo de
sus días viriles, el confidente silencioso de su fuerte acción. Los años lo
habían gastado. En algunas partes faltaban pedazos y se veían profundos huecos;
porque el brazo robusto de Martín, armado del martillo poderoso, había hecho más
de una vez saltar astillas. Los cepillos y garlopas estaban ordenados sobre él y
las sierras colgadas de la pared. Ese cuarto era como un templo, donde se
guardaban las sagradas armas, una panoplia, que había grabado muchas horas de
honesto sudor, en una vida útil. Martín los miraba sonriendo. Era su triunfo. Él
había sido el atleta del taller, el alegre artista de aquella orquesta del
trabajo, el creador de las estridentes y hercúleas sinfonías. Por eso amó sus
herramientas, como el guerrero viejo la espada de acero. Casi sin querer, cuando
las limpiaba hasta dejarlas lucientes, años tras años, iba recordando su pasado
tan sereno y tan lógico, hasta producir el bienestar del presente. Un día
después de otro, ocho o diez horas, pero todos los días; sin desertar jamás, sin
huelgas, paciente y pertinaz, como uno de tantos laboriosos de esos que
construyen ciudades y fecundan campos. Así se envejeció Martín Errécar y así
educó a sus hijos. Por eso oyendo esa noche las narraciones de Ricardo y los
tumultos de la ciudad, Martín movió la cabeza, pensando con pena, cómo podía el
alma de la muchedumbre enfermarse hasta el delito y el espíritu sectario llegar
hasta la injusticia. Así cuando Ricardo, con voz sonora y gesto brusco, lanzó
anatemas contra los socialistas, y anarquistas que interrumpían su acción,
Martín se levantó con ímpetu y poniendo la mano arrugada y con manchas de vejez
sobre el hombro de aquél le dijo:</p>
<p>-¡Esto no anda! ¡Esto no anda! Ustedes rezan demasiado y trabajan poco y los
anarquistas son holgazanes y obedecen a malos predicadores. ¡Vamos! Esto no
sucedía antes. La fortuna nunca se hizo de repente. El día era corto para
nosotros. No teníamos tiempo de pensar en la haraganería y en el incendio; pero
también te digo Ricardo, que nuestra mejor oración era trabajar de sol a sol.
Nunca pensamos, que se debía transformar al obrero en sacerdote. Es una
exageración. Nos bastaba que fuera honesto y varonil. Yo no digo que no sea
preciso rezar; pero a su tiempo. Creo que la mujer que abandona los quehaceres
de la casa y vive en la Iglesia, hace mal. Dios no puede encontrar bueno eso.
Todavía existen muchos compañeros, que han hecho como yo. Estos eran desiertos.
No había sino ombúes, pitas y pantanos. Hemos construido manzanas enteras de
casas; hemos puesto rieles de trenvías y empedrado las calles. Todo esto debe
ser bueno, mejor que rezar el día entero, hacer huelgas y cometer delitos. Debe
ser bueno, porque hemos formado familia y adquirido un modesto pasar. Después
por algo se vive setenta años. Yo no he visto concluir bien a los que lo esperan
todo del cielo, ni tampoco a los revoltosos, a los que gritan contra los
patrones y contra los ricos. A nuestra vista se han empobrecido los primeros y
los otros han concluido en los hospitales o en las cárceles. ¡Esto no anda! ¿No
te parece Elbio que tengo razón en lo que hablo? Yo le dije, pues, te acuerdas,
a ese Germán una tarde, que hacía mal en seguir echando a perder a los obreros;
pero ese hombre parece loco. Eran albañiles y carpinteros. Todos me rodearon. Yo
estaba tomando sol en la plaza, en ese día de invierno. ¿Te acuerdas Elbio? Es
el rico Martín. Será como todos, decían. ¿Qué le importa a él que el trabajo nos
enferme y que la paga sea miserable? ¿Acaso ha sido pobre nunca y le ha faltado
pan, como a nuestros hijos? Usted los ha asistido pues, Don Elbio. Bien sabe que
es de hambre que se enferman. Entonces ¿por qué lo reta a Germán? ¿Qué quiere
que hagamos con tres pesos por día? Necesitamos uno y medio para comer con la
familia y lo demás para casa y vestido. No nos alcanza. Las cosas están muy
caras. No sabemos por qué. Entonces Germán que se retiraba dio vuelta y gritó
con los ojos descompuestos:</p>
<p>-Yo les voy a decir por qué están caras las cosas.</p>
<p>El pueblo dio como un rugido. ¿Te acuerdas Elbio? Se hizo un remolino. A mí me
tiraron de aquí para allá y cien voces se oyeron que parecían de trueno:</p>
<p>-¡Díganos! ¡Díganos! ¡Viva Germán!</p>
<p>-Porque aquí, amigos míos, los gobiernos no se ocupan del pobre. No hacen otra
cosa que ayudar y proteger el trabajo de los ricos, para que aumenten su
fortuna. No tiene nada que hacer el pueblo aquí. Esto no es sino una
plutocracia, un gobierno de ricos y si no protegieran tanto las fábricas y
dejaran que entrasen de Europa con más libertad las cosas de allí, que son tan
baratas, ustedes se vestirían y comerían con la mitad de lo que gastan ahora.
Cuando Germán concluyó de hablar había un gran silencio. Me acuerdo muy
bien.</p>
<p>Arriba de nosotros el viento torcía las ramas de los árboles. Yo estaba oyendo
las respiraciones de todo ese pueblo y me sentía renacer al lado de los obreros;
porque esa fuerza tenía yo también cuando joven. Ellos se miraban callados. No
habían entendido a Germán. Entonces éste tomó de un brazo a un albañil y le dijo
a dos dedos de la cara:</p>
<p>-No has comprendido. Ya lo veo. Ese sombrero que tienes puesto te cuesta seis
pesos, ¿no es cierto? Bueno, los de Europa los podrías tener por tres; pero, si
los traen de allí, les hacen pagar muchos derechos. Entonces no se pueden vender
menos de ocho pesos; luego todos compran los de aquí. Esto lo hacen, para que
las fábricas ganen lo que quieran, con perjuicio del obrero. ¿Por qué te han de
obligar a gastar seis pesos? Esos tres que das de más, te los roban los ricos.
¿Empiezas a entender ahora? Lo mismo pasa con tu calzado, con tu saco, con el
vestido de tu mujer, con la cartera de cuero, que tu hijo lleva a la espalda,
cuando va a la escuela, y con los fideos de tus sopas. Y pagas el azúcar malo el
doble de un buen azúcar y te obligan a beber el vino malo de aquí, el vino
protegido por muchos centavos de peso el litro, cuando, el bueno de Europa, vale
centavos de franco y se tira a la calle por demasiado abundante. Tú eres
trabajador. Necesitas el vino, como el aire que respiras y la carne que comes. Y
como no puedes comprarlo, bebes los aguardientes venenosos de los almacenes y
eres un borracho de mala bebida. ¿Entiendes ahora por qué es cara la vida? Y
después este país, tan grande, se lo han repartido entre cien familias de ricos.
La tierra nadie la cultiva. El desierto está por todas partes y al labrador, que
lo pide para sembrarlo, lo sacrifican siempre. Yo no hablaría, si todos fueran
como este viejo -y me señaló- a quien respeto; porque éste necesitó treinta años
para educar a sus hijos y hacer su fortuna, mientras que ahora, con la sangre y
los ahorros de ustedes, se enriquecen y se sacian los protegidos en poco tiempo,
sin escrúpulos. Hay que hacer la América al galope. Es decir: hay que robarla y
después irse. Por eso los salarios de ustedes son escasos y muchas las horas de
trabajo. No se respeta a la mujer, ni a los niños. ¡Jipen, brutos! ¡Para eso han
nacido! Vuestras mujeres os dan un hijo cada año. Saldrá raquítico, porque no ha
podido ella descansar en la preñez y después de los partos, a los pocos días,
tiene que trabajar. Así se envejece pronto, cansándose antes de haberse repuesto
y se muere. Les repito esto para que se fijen: los hijos de ustedes saldrán
raquíticos, porque la mujer del pobre no descansa en el embarazo y se muere
pronto, porque no se puede reponer después de los partos, desde que tiene que
trabajar. Esas fortunas rápidas crecen sobre una generación de desaparecidos
miserables, como los cipreses sobre el cementerio. Esto no se arregla con
padres-nuestros. No hay más que una forma: ¡empobrecerlos! Para eso está el
fuego y está la huelga. Que entreguen lo que han quitado. ¡Que repartan sus
riquezas! Acaso ellos no más han de tener frazadas en invierno y han de estar
bien nutridos ¡Y nos tratan con insolencia! ¡Y somos animales! ¡Y desprecian a
nuestros hijos! Y cuando uno pide aumento de salario, reposo en los días de
fiesta y disminución de las horas de trabajo, se encojen de hombros, cuando no
contestan con la bofetada o el garrotazo que queda impune. ¡Vamos! Es preciso
que una vez por todas se convenzan. ¡Esto no se arregla con padre-nuestros! Y si
los poderosos se meten, ya saben ustedes lo que hay que hacer. No serían los
primeros, que iban a conocer, ¡cómo despachurra las tripas la dinamita!</p>
<p>Al llegar aquí se calló Martín, moviendo tristemente la cabeza como si quisiera
así repetir su estribillo: «¡Esto no anda! ¡Esto no anda! Se acordaba del
pavoroso espectro y tuvo un gesto de asco varonil. El sol occidente iluminaba,
en ese momento, los ojos lúgubres de Germán y el resplandor del rojo horizonte
difundía el rededor de su persona, como una aureola de incendio. La muchedumbre
estrepitaba fascinada por el anarquista.</p>
<p>Así en algunos años de sorda labor y de tenaces luchas, la huelga se había
desparramado por toda la ciudad. Reventaba hoy en una fábrica, mañana en un
taller y los que resistían eran ultrajados, cuando no los ensangrentaban a palos
o a puñal. Había mucho hambre y mucho arambel. Los obreros vivían en una
inquietud muy cercana de la demencia y la deshonra entraba a menudo a polucionar
sus casas. Los figones estaban llenos de borrachos. Allí entre el humo de las
pipas y sobre las copas de caña, estudiaban los jefes las formas violentas para
dejar desierto al trabajo y meditaban las venganzas. Allí llegaban los cuentos
horribles de los que en invierno se habían muerto de frío y se sabían los
vejámenes de los patrones y de los poderosos contra los proletarios miserables
que los servía. Cuando salían de la sentina y entraban en sus tugurios, el
espectáculo de la familia harapienta aumentaba el encono y por todas partes se
sentía el estrépito del subsuelo, con tonalidades de borrasca. El alma lóbrega
de Germán atizaba las malas pasiones, saltando de taberna en taberna, de
mechinal en mechinal, siempre agitado, siempre consejero del delito, mientras
Goga, la meretriz, corrompía las muchachas de los talleres. Pero muchas veces se
volvía indócil, resistiendo las órdenes del anarquista. Entonces éste la
abofeteaba hasta sacarte sangre y cuando ella se quejaba exclamando: «¡Jesús!
¡Jesús! ¡Dolores sálveme!»; Germán la arrastraba de las mechas por el pavimento
de ladrillo. Huía ella después, perdiéndose días enteros y vagando por la ciudad
como un alma desconsolada. Iba siempre hacia la casa de Méndez. Quería hablar
con Dolores; pero cuando llegaba cerca, se la veía retroceder y perderse lejos
de nuevo. Volvía a ser una orgiástica; volvía a Germán, hechizada por aquel
corazón ponzoñoso. Mientras tanto, éste, en su propaganda, se había encontrado
muchas veces con Ricardo. Habían tenido diálogos acres. Se arrebataban los
prosélitos en esa lucha formidable, en que los católicos aumentaban sus
sociedades y se fortalecían por la fe y la riqueza. Entre las dos fuerzas, Elbio
Errécar trabajaba para que sus amigos no se afiliasen y una gran masa de obreros
lo seguía, seducidos por su honesta palabra y porque preferían no ser sectarios.
Eran un enorme grupo de robustos y de sanos, esos vencedores del porvenir. Se
llamaban: ¡libres trabajadores! Los socialistas por su parte, se agitaban y se
confundían con los de la anarquía, en su lucha contra los católicos. Eran
conferencias, reuniones en media calle, protestas, amenazas y un furioso bregar
por enfermos, mientras otros arrastraban como podían sus organismos
convalecientes, señalados todavía con el lívido estigma de la enfermedad pasada,
¡porque María la dulce madre había mitigado sus dolores, acariciando de noche la
frente exacerbada por el insomnio y visitándolos en sus delirios, rodeada de
luz, entre los cánticos paradisiacos, acompañada por millares de ángeles,
volando en largas espirales y susurrando las palabras de la esperanza! Entonces
las flores frescas de sus jardines eran para la divina madre, que da pan a los
pobres, rocíos a la naturaleza y salud a los chicos enfermos, que ellas cargan
en ese momento, para ofrecerlos en su santuario. Así se ven algunos rostros,
llenos de costras negruzcas y cicatrices de viruela, pieles manchadas, tumores,
infelices que van a pedir paz para sus espasmos histéricos, coreicos que saltan
por la calle, con la cara descompuesta por horribles muecas. Y mientras la
peregrinación blanca marcha entre las avemarías del rosario, entre el perfume de
las flores votivas, todo alrededor se difunde como una hediondez de hospital,
como un vaho malsano desprendido del pecho aplastado de los tuberculosos, sucios
de sudores, que arrastran consigo ese calor acre de la cama enferma, donde se
condensan las náuseas y las podredumbres... Y se ven caras flacas y amarillas;
enormes vientres de hidrópicos y monstruosas fisonomías de leprosos delirantes;
se huelen bochornos pecaminosos de ocultas apostemas y se adivina en las
mortales palideces la ponzoña de las fétidas malezas, que cuajan las ropas y
señalan a lo lejos el camino del sepulcro. Aquí un alucinado, allá un
epiléptico, más lejos un hemipléjico, describiendo curvas pera arrastrar su
pierna paralítica y algún aullido entre la monótona letanía, interrumpida a
ratos por el patalear de los atáxicos sobre el piso de madera; el templo y el
hospital en marcha, la religión de los felices y la religión de los
desventurados y de los miserables. Todos rezan, mirando como fascinados a las
madonas milagrosas de los palios de seda y cuando la muchedumbre va a llegar al
tren, del centro de la romería blanca, donde caminan las niñas, se levantó un
coro de melodía suavísima, el himno a María, la madre de los desamparados y de
los tristes, la compañera de las vírgenes castas. Eran salmos. Cada uno le
ofrece su dolor, para que lo mitigue y a ella le narran los melancólicos poemas,
¡que se escriben en las casas desoladas, al lado de los padres enfermos, al lado
de los hijos de quince años, que pueden morir, las crucifixiones de las noches
largas, la eterna noche de la enfermedad, que no cura y los ímpetus de gratitud
del alma arrodillada! Los más son los vigorosos de los círculos obreros, que
aman a Dios porque sí, en la profunda y fuerte ingenuidad de la fe y que
proceden, sosteniendo a las hermanas y a las madres, como si fueran un baluarte
de combatientes, de cabeza descubierta y alma leonina. Cantan todos, y la
melodía tiene la dulzura de las almas puras y sencillas. Algún poema, de la
niñez de todas las casas, cruza a través del corazón de los peregrinos y algún
reflejo azul del cielo misericordioso anima las pupilas de esa muchedumbre, que,
en sus cantares, entrega a la divina madre, las flores de la naturaleza, a
porfía, como enamorados fervorosos, mientras los paralíticos arrastran el pie
muerto por el pavimento; los atáxicos hacen sonar su lúgubre pataleo; los
tísicos empujan sus lívidas momias y en los leprosos asoman los rojos
tubérculos, como una monstruosa máscara, como una evocación de algún carnaval