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Nervo

"¡Buff!"

El joven Nervo resopla, casi desnudo, frente al espejo. Por fin ha terminado. Primero se ha pelado usando dos maquinillas; la primera, más novata, dejaba mucho que desear y Nervo acaba por recurrir a la veterana. A continuación se sacude los pelos y barre el suelo varias veces, para luego soltar una maldición por lo bajo al haber olvidado que también tenía que recortarse la barba. Arreglado este asunto, y barrido el suelo otras tantas veces, el joven da por concluido su "tratamiento anti-pelo".

Llega el momento de la merecida y necesaria ducha. Respetando la costumbre, Nervo abre Spotify en su móvil y comienza su creciente lista de reproducción por donde le nace. Una banda de metal empieza a impregnar el ambiente con su sonido estridente, mientras el joven entra en la ducha en silencio; la procesión va por dentro.

Nervo abre el grifo y, sin esperar a que el termo caliente el agua, deja caer un chorro frío, pero soportable, sobre su piel. Los primeros pensamientos aleatorios comienzan a formarse en su cabeza, turnándose en su fuero interno con las estrofas más cañeras que la banda de metal le escupe desde más allá de la mampara. Su mente sobrevuela sin detenerse demasiado sobre las pequeñas tareas a realizar una vez quede limpio: sacar la basura, ayudar en la cocina, recoger la habitación, ...

El joven no está seguro de si ha escuchado pasos fuera del baño, pero no importa. Ya sea por A o por B, de repente recuerda que no está sólo en casa, y que no todos los que viven en casa de sus padres junto con él le son queridos. No, qué va. Sin estar seguro de qué ha podido hacer para merecerlo, le ha tocado compartir techo con un gilipollas. El agua que corre por su cuerpo es incapaz de apagar la chispa que comienza a arder en su interior. La mecha se dispara y los recuerdos comienzan a atropellarse entre sí. Nervo comienza a revivir las situaciones en las que el gilipollas ha hecho méritos a pulso para ganarse tal título sin que pareciera importarle lo más mínimo. X, Y, Z, ... ¿Cómo? Se pregunta Nervo. ¿Cómo puede un gilipollas tener tan poca vergüenza? ¿Cómo puede su familia soportarlo? Y si sólo conociera a un gilipollas en sus círculos más cercanos...

La mente del joven pone segunda, ya pasada de revoluciones. Sin dejar de lado al gilipollas, su mente comienza a traer bajo el foco de su consciencia otros pensamientos. El primero en hacer acto de aparición es el trabajo. Nervo ha sobrevivido en las últimas semanas a cierta carga de trabajo atrasado, fruto de su inexperiencia en el proyecto y un notable puñado de malas decisiones. El joven ya estaba disfrutando de una relativa calma y optimismo tras la pequeña tormenta, y seguía disfrutando de la suerte que había tenido de entrar en el proyecto. Pero ahora mismo su mente no está por mirar lo bueno, sino por centrarse en lo malo. Y lo malo es que aún tiene que remontar. "Aún tienes que remontar". Su mente se asegura de imprimir esta idea en su ser, atrayendo consigo pequeños flashes de lo que le queda por hacer.

Y claro, es imposible pensar en el trabajo sin pensar en sus compañeros. O mejor dicho, en su interacción con ellos. Porque sus compañeros, salvo excepciones, son geniales. El foco cae pesadamente sobre Nervo, cegándolo. Su timidez y sus inseguridades han retrocedido grandes distancias, cierto. El joven ha ganado grandes batallas y ha evolucionado bastante apartir de aquel niño tímido y neurótico que apenas hablaba en el instituto. Pero como ya hemos dicho, aquí no estamos deteniéndonos en lo bueno.

Todas las veces que el joven no ha expresado lo que sentía o pensaba, aunque fueran chorradas; las veces que se ha comido la cabeza por cualquier banalidad propia de las mundanas relaciones sociales, las veces que ha sentido vergüenza, impotencia, celos... ¿celos? Sí, celos. Todas esas veces y pensamientos marchan sobre él, bailando el paso doble sobre su cabeza semi-rapada.

Casi sin darse cuenta ya se está echando el champú. La música hace rato que ha cambiado; lo siguiente en la lista de reproducción es una canción más lenta, la voz de la cantante con un tono relajante. ¿Significa esto que él también se relajará? Más quisiera. Su propia lista de reproducción interna ha entrado en un bucle auto-alimentado. Tareas, gilipollas, trabajo, relaciones. Tareas, gilipollas, trabajo, relaciones. Tareas, gilipollas, trabajo, relaciones, libro. ¡Es cierto! Está escribiendo un libro y lleva un tiempo bloqueado. Se trata de un hobby; su subsistencia no depende de ello, y no siente prisa por acabarlo. O no debería. Pero no está de más añadirlo a la lista: tareas, gilipollas, trabajo, relaciones, libro.

Su ¿diálogo? interno deja en un segundo plano los movimientos mecánicos de sus manos limpiando su cuerpo y la música que se pasea por el ambiente. Sin embargo, puede escuchar algo más proveniente del exterior del baño. Su madre se lamenta, saturada por otro domingo que los quehaceres y la falta de ayuda han convertido en una odisea más que en un día de descanso. Las quejas no van dirigidas a Nervo, pero su lamento lo alcanza igualmente. Siempre se puede hacer un poquito más por ayudar. Siempre.

Si Nervo ha heredado la capacidad innata para coger nervios de alguien, sin duda es de su madre. El joven entra en resonancia con ella, haciendo suyas sus preocupaciones. La sacudida comienza a notarse físicamente. Un pequeño dolor de cabeza empieza a saludarle. Una cierta rigidez florece en su cuello, regada por el chorro de agua que debería relajarlo. Las piernas rígidas, la respiración cada vez más agitada. Nervo comienza a esforzarse en centrarse en la música tranquila, en la voz femenina pausada, justo cuando la canción termina y comienza otra canción cañera. Nervo no puede evitar sonreír.

El joven comienza a hacer acopio de todas sus bazas, que las tiene. Sabe que no es el fin. De ninguna manera. La ansiedad le ha atacado antes y siempre se ha sobrepuesto, como otras tantas personas en el mundo. Sabe que no está solo; a las malas le basta con salir de la ducha rápidamente y correr con los suyos. Eso tiene que ayudar. Pero mejor si lo puede dejar como última opción. Se sabe fuerte. No invencible, pero sí fuerte, como su madre. Puede con ello.

Los pensamientos que se agolpaban en su cabeza comienzan a remitir. La ducha está acabando y comienza a sentirse algo mejor. Incluso se permite repasarse un poco con un último chaparrón de agua fría, mientras se centra en la canción que no ha parado de sonar. Qué buen grupo.

Nervo abandona la ducha y se viste con tranquilidad. No hay motivo para huir. Sale del baño y va directo a la cocina, recordando que tenía hambre desde hace rato. Se sirve algo de picoteo al tiempo que entra su madre y se sienta delante de él. Ambos comparten que no están en su mejor momento, ahorrándose la mitad; sobre las palabras. No todas, pero sí la mayoría. Nervo se mira las manos; le tiemblan. Su madre tiene una expresión cansada. No se puede volver de la guerra sin cicatrices.

Los temblores se suavizan. El cansancio se desdibuja. Falta la mitad del domingo y hay ganas de aprovecharlo. La pareja se levanta ayudados por el optimismo que termina de volver de su pequeño descanso. Nervo se plantea desahogarse un poco escribiendo un relato sobre lo sucedido.

Porque si se puede sacar algo positivo del mal rato, qué menos que escribir un maldito relato después de tanto tiempo.

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