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Manuel Scorza nunca publicó íntegramente el largo poema épico que dedicó a la rebelión de Túpac Amaru. Figuran aquí los fragmentos publicados por la Universidad Nacional de Educación en el núm. 2 de su revista Cantuta, Lima, 1969.

I

A Enrique Solari

¡Hombres de las nieves, hombres de las arenas,
hombres del mar!

¡Hoy es el día del canto!

¡Hombres de las alturas! ¡Ésos que se crían en las
praderas donde pasan su infancia tenebrosa los relámpagos!

¡Hombres de poco sudor, de pómulos biselados por los
vientos, siempre vestidos por la lana negra de las
tempestades!

¡Ésos que traen osos a los caseríos!

¡Los que entran a los pueblos con los trajes
manchados de arco iris!

¡Reuníos, reuníos!

¡Habitantes de los ventisqueros!

¡Todos esos que enjaulan ríos y comen cabezas de
carnero pelada con ceniza!

¡Contrabandistas de aguardiente, saladores de cuero,
cuñados de las paca-pacas!

¡No quiero pleito con ellos!

¡Por el contrario: los busco para compadres!

¡Hoy es el día del cantar!

¡Hombres del centro, sembradores de eucaliptos,
vendedores de telas chillonas talladores de anillos de
carozo de durazno, buscadores de vetas! ¡Ésta es la
gente que en las ferias de los domingos ofrece
baratijas y gesticula con las manos llenas de piedras
falsas, rematadores, subastadores, mercachifles!
¡No me meto con ellos, cuento mis dedos cuando
les doy la mano! ¡Éstos no son pura boca,
éstos guardan en las trojes, y son
buenos para padrinos!

¡Reuníos, reuníos!

¡Hombres de las selvas, comedores de frutas,
asadores de monos, maridos de culebras! ¡Toda
esa gente que hundiendo sus pértigas
en el atardecer navega hacia los
rápidos del olvido, todos esos que agitando los brazos
saludan desde las balsas cuando se alejan hacia las
grandes cataratas de la medianoche!

¡Reuníos, reuníos!

¡Y la gente remota de los caños, gente desnarigada
por la uta, cuyas sombras, nos cuentan, son verdes!
¡Bocas siempre manchadas de risa y mango,
hospedadores de ladrones, contrabandistas!
¡De aquí salen las hembras estrechas!
¡El que las prueba ya no puede dormir!

¡Entrad también a la plaza del Canto!

¡Y las gentes de las arenas donde los desiertos se
sientan con la cabeza entre las manos!

¡Hombres de los pueblos donde los mediodías se
tienden con la lengua fuera!

¡Éstos son los que usan grandes sombreros de paja!

¡Odres de risa, barricas de engaño! ¡Aquí roncan los
Grandes Maestros de la sombra y los Preparadores
de pócimas! ¡Ésos que bajo la luna de los Grandes
Pasos fuerzan a las noches a beber grandes tragos
de luciérnagas! (El Enemigo hurta después sus
cuerpos y deja piedras en sus ataúdes.)

¡Hablo con respeto, no los ofendo: yo sé que tienen
Grandes Pactos con el Tiznado!

¡Penetrad también al Cantar!

¡Hombres flacos del sur, gente vestida de negro,
gente que pelea por el agua!

¡Gentes pagadas de sí mismas; no tienen para comer
y mandan engastar celajes en los anillos de sus barraganas!

¡De aquí salen los que le roban los huevos al águila!

¡No me meto con éstos! ¡Gustan demasiado de la fruta
confitada y la calumnia!

¡Reuníos, reuníos!

¡Hombres del Perú, hombres perseguidos como
piojos, hombres pisoteados, hombres tallados a
sablazos, hombres que tienen una sola camisa!

¡Escuchad el cantar de la Guerra de los Pobres, oíd el
cantar de Túpac Amaru!

III

Era invierno.

Era invierno,
en los pasos
aullaba el año famélico.
¡Sólo encontraba carroña!
Era invierno cuando chisporroteó la Rabia.
¿Y dónde humeó la pelea?
¿En Lima, la Tapada?
¿En Huamanga, la Beata?
¿En Trujillo, la Florida?
¿En el Cuzco, por sus tesoros famosa?

¡En Tungasuca, la Mendiga, empolló su flamígero
huevo la Revuelta!

VII Reunión de la cólera

A Juan José Vega

Y los Pobres se sublevaron.

Halando sus montes que bramaban al vadear las
torrenteras,
arreando sus campos que se bamboleaban bajo el peso
de las bandadas
(Ay cuántas alondras se trizaron en la marcha),
azuzando a las montañas semidormidas que en la
niebla tropezaban
olvidando el delicado cristal de los venados,
los Pobres acudieron.

Arreando los gordos rebaños de las ofensas,
pastoreando las enormes manadas de los dolores,
—mucho tardaron en vadear el Urubamba—
vino la gente de Acos.

Tomasa Tito Condemayta los mandaba.

La gente de Taraco vino luego.
Eran tan pobres que no tenían ni sombra.
Para acudir tuvieron que descuartizar los pellejos
de muchas noches.

Pedro Silva Condori, Ojos de Venado, era su varayok.

Cabalgando en pelo sus hambres,
jineteando sin brida a sus miserias,
vino el ayllu de Cai-Cai.

Nicolás Sanka, el Tartamudo, era su varayok.

Ondeando al viento el estandarte de sus telarañas,
única bandera que flamea la pobreza,
vino el ayllu de Parcuna.

Miguel Samalva, el Viejo, era su varayok.

Seguidos por la tropa de sus vientos amaestrados,
flanqueados por la fila de sus granizos enseñados.
¡Cuántos años tardaron en enseñarle a dar la pata a la
Desgracia!
vino el ayllu de Quisguares.

Andrés Condorpusa, el Campanero, era su varayok.

El ayllu de Otavalo vino luego.
Potentísimos brujos los protegían, yacarcas
capaces de dormir bajo los lagos.
Bajo tiendas de hongs con grasa de trueno los
frotaron.
¡Ay! No estaban autorizados.
Ninguno volvió a ver amarilla la retama.

Gregorio Malki, el Lagañoso, era su varayok.

Salpicado por el fango de atardeceres deslumbrantes,
llegó el ayllu de Poroy.
No les importaba la lluvia,
no les importaba comer espinas,
no les importó acostarse con la Carcancha.

Juan Canke, el Leporino, era su varayok.

El allyu de Marcaconga vino luego.
La víspera habían preñado a sus mujeres.
Qué bien hicieron.
Después ya sólo con los cardos sin tetas se acostaron.

Francisco Frinacancha, el Yerbatero, era su varayok.

La gente de Colpa vino luego.
¡Hombres presurosos!
Por abalanzarse a la batalla despreciaron los
carneros que sus hembras degollaron.
Cuánto se pesaron.
Después tuvieron hambre y para comer sólo trozos de
neblina encontraron.

Narciso Puyucawa, el Porquero, era su varayok.

Desde sus picachos donde el trueno vaga desalentado
bajó el ayllu de Sicaya.

Pascual Cusiwamán, el Aguatero, era su varayok.

Desde las nieves adonde sólo sube el hambre moteado
de delitos,
bajó el ayllu de Livitaca.

Andrés Camake, el Cojo, era su varayok.

Y desde más arriba,
donde la noche peina a los muertos,
bajó el ayllu de Chimor.

Pedro Silva Condori, el Tuerto, era su varayok.

Así
a la plaza entraban danzando.
Ay que lástima dieron luego sus charangos
destripados.

Así acudían,
desde cien, desde mil años antes,
cargando en brazos sus pequeñas iglesias, sus cristos
flacos, sus santos pobres
—en los harapos se veía que andaban sin trabajo—
arrastrando como perros sus cursos sin agua,
tratando de salvar los escasos tesoros de estiércol
de sus pájaros.

Porque no iban a ver la Danza de las Tijeras.

Y con sus ojos miraban al buitre descender a
saltos las escaleras del cielo,
y al zorro renunciar a sus amistades, bruscamente
altanero.

Y la Guerra avanzó volcándolo todo.
Es en abril cuando nace en el campo la campánula y
honra la pradera la amarilla nevisca de la retama.
Por las laderas avanza el pueblo ilustre de las flores,
mejores que el hombre.
Porque ni la zarza a la que nadie invita, ni el
cardo que no tiene novia, matan ni asesinan.
Más altas que sixtinas son las pobres cúpulas del
geranio.
Bella es la flor, la hierba tonta crece sin saber
sobre los cráneos de los maestros de armas.
Más alta que las desdeñosas estirpes de los ming y
de los claudios es la descendencia de las flores.

Porque bajo la napa de los pájaros,
bajo la veta de los delfines, ¡ojo de águila!, ¡oro de
tinieblas!, ¡filo del día!, contra la muerte el hombre
sólo tiene su coraje.

VIII

Cuando los Nobles supieron que el pueblo arreaba
un rebaño
de meteros por la nieve, se calzaron de huracán
para la Cólera.

"El Señor, Nuestro Dios,
inspiró a un hombre a descubrir las refulgentes
Indias.
En la proa de su locura, se cubrió con las bubas del
sueño;
los Reyes, nuestros amos, mandaron cargarlo de
cadenas.

Un relampagueante Papa,
cien labrados arzobispos, mil repujados obispos,
nos repartieron estos reinos.
Somos los Señores,
por nuestros anillos pasan temblando los planetas,
somos Señores de las Tierras y las Aguas.
¡Muerte a los que se rebelen contra Nos!
Segad las tardes.
Volcad los lagos.
Talad las aguas.
Lapidad la luz.
Muerte, muerte, muerte.

Ni la aurora que conoce los yacimientos del rocío,
ni el mediodía que engorda bajo los aleros,
ni los ventanales del crepúsculo,
se libren del coletazo de nuestra ira.
Sombra sombra, sombra. "

XI La espuma de la ira

Cuando el Marqué de Guirior supo
que su ejército era un cubo de ceniza
a sus lacayos mandó vestirlo con el traje de la ira.

Luego, él mismo, con sus manos,
se calzó de huracán para el castigo.

Y convocó a los Notables.

Lima, la Tapada, abrió su único ojo.

En sus ventrudos palacios, en sus plazas de toros,
en sus Paseos de Aguas, los Muy Grandes agitaron
sus crótalos.

Seis mil calesas ronronearon.

Por las galerías de marfil del año,
entre antorchas de seda, los Nobles avanzaron.

¡Sólo a cien pasos sus sombras se atrevían a seguirlos!

El Marqués de Montemira llegó primero.

¡Siete lacayos portan el candelabro de sal de su
mirada!

Bordado de odio vino el Marqués de Soto Florido.

Pisoteando el Rímac, fangoso como su alma,
llegó el Marqués Zelada de la Fuente.

Nadando en su grasa, vientre con ojos,
vino el Marqués de Roca fuerte.

¡Son los Grandes!
¡Son los Dueños del Perú!
¡En sus casacas todos llevan bordada la Tenia! ¡Como ellas son blancos, como ella viven inmaculados
en medio de la inmundicia!

"¡Somos los Señores del Perú, somos blancos más
puros que la nieve!"
¡Nuestros rostros no parecen fango pisoteado!
¡Ni mil mares llenarían el pozo que de la plebe nos
separa!
¡En el Perú cien familias han estado siempre sobre
todos!

"¡Así ha sido, así es, así será!",
dijo el Marqués Guirior.

"Los apestados de sueños,
los que consuelan a las quimeras moribundas,
los que se niegan a identificar a los que miran en
sueños,
los que rehúsan revelar las actividades clandestinas de
sus espejos,
los espantapájaros en cuyos equipajes se sorprenden
cartas de las aves,
¡ellos empollan los huevos donde crecen los héroes!"

¡Ay de los rebeldes!

¡Ay de los que instigan a los jóvenes a fabricar
auroras!

¡Ay de los que pegan con saliva la cristalería rota
de las fábulas!

¡Ay de los que murmuran que el hombre desciende de
relámpagos!

"¡La vida es orden!
el agua, el aire y la luz
todos siguen sus túneles de crital,
los puentes colgantes de los amaneceres o las
escaleras de los pájaros.
Puntual llega la lluvia la semilla;
nunca el pájaro espera en vano a la Primavera.
¡El sol se aparta de su camino de oro!
Las estaciones, los planetas, las jerarquías son
inmutables.
La vida es sorda:
¡Todo lo que se oponga al orden debe abatirse!"

Dijo el Juez Mata Linares.

"¡Basta que Hombre sueñe,
basta que un solo hombre se infecte con la pústula del
delirio,
para que toda una raza hieda a mariposas!
¡Basta que que uno solo murmure haber visto arco
iris en las noches
para que hasta el fango tenga los ojos relucientes!"

El Visitador mira el canario.

¡Cae el ave convertida en humo amarillo!

XII

Bajo la humeante cúpula de sus cejas los Obispos se
encendieron.
"Seré soldado", dijo el Arzobispo Moscoso, y mandó
repicar la María Angola.

¿Y quiénes acudieron?

Los dominicos volaron primero.

Fray Melchor de la sota los conducía.
La gula, la Codicia y la Lujuria los seguían bajo palio.

Los betlemitas sólo vuelan de noche
—heridas de muerte les causa la luz—
los betlemitas evitan el día.

Fray Ramón Salazar los conducía.

Jineteando los pecados capitales,
la calle del Ataúd bajaron los franciscanos.

Fray Pedro de la Rosa los conducía.

Sólo entonces los seminaristas develaron el tapiado
rostro del arzobispo.
Siete lebreles los seguían:
todos lamían su sombra cuajada de esmeraldas.

"Hermanos en Cristo:
En verdad os digo, infinita es la piedad del Señor.
En su perdón se purifica el que tiene las manos
tintas de sangre o la que comercia su carne;
pero ni la Virgen, más pura que el rocío,
intercede por los revolvedores.
Un relámpago tiene el Arcángel para todos los
libertadores."

Santa Tiniebla, Madre de los Santos, ora pro nobis.

"En verdad os digo:
el Señor les dio a los ricos poderes, palacios,
grandezas;
a los pobres desdichas, lágrimas, fatigas;
de los ricos es la tierra; de los pobres, el cielo.
Pero también os digo:
sólo los sumisos penetran en el Reino."

Santa Tiniebla, Madre de los Grandes, ora pro nobis.

"Condorcanqui:
yo, Manuel de Moscoso,
Arzobispo del Cusco, Príncipe de la Iglesia,
te excomulgo.
Yo abro de par en par la ceniza de tu perdición,
yo te condeno al fuego.
Tiniebla, tiniebla, tiniebla."

Santa Tortura, Candado de los Pueblos, ora pro nobis.

¡Anatema a los Rebeldes!

Santa Espada, Guardiana del Orden, ora pro nobis.

¡Anatema a los soñadores!

Santa Tortura, Candado de los Pueblos, ora pro nobis.

¡Anatema a los que señalan caminos!

Santa Serpiente, Patrona de los Delatores, ora pro nobis.

¡Anatema a los que guían a las muchedumbres
perdidas!

Santa Ergástula, Jaula de los Puros, ora pro nobis.

¡Anatema a los que empollan los huevos del imposible!

Santa Miseria, Fosa de los Soñadores, ora pro nobis.

¡Anatema a los que tienen los ojos manchados de palomas!

Santa Infantería, Terror de los Débiles, ruega por nos.

¡Bienaventurados los pozos donde se ahogan los
solitarios!

Santa Caballería, Escuela de la Muerte, ruega por nos.

¡Bienaventurados los piques que abaten a los
mejores!

Santa Artillería, Mastín de los Fuertes, ruega por nos.

XIV

Don Fernando de Inclán, Intendente del Cusco.

Cuán poco faltó
para que el Cusco se nos escapara de la mano,
el año ochenta,
cuando la guerra mostró su labio leporino.
Enero entró a la ciudad
con la melania desgarrada
y la mitad de su sombra: las espinas se quedaron
con la otra.
Con mis propias manos di mi cantimplora al mes
agonizante,
y supe que el pueblo venía arreando meteros.
Palidecieron las Capitanías,
alzando los brazos sollozaron las Intendencias.
Bañado por cubos de relámpagos,
piafó el Siglo.
Los temblorosos dedos del Cusco
desgarraron la delicada seda de la brisa;
bajo la falda de las provincias,
se acurrucaron los caseríos,
debajo de sus tricornios envejecían los caballeros.
Yo les dije:
"Gentilhombres ceñidos por la banda de honor,
comerciantes ricos en trigo,
ilustrísimos prelados de sombras enjoyadas:
No es un ejército,
es una multitud desesperada.
Hace mucho que no comen
sino los pellejos de sus presentimientos;
viven del puro jugo de sus lanzas
y tampoco son lanzas, son ramas, espadas de
espantapájaros."

XVII

¿Qué alcanzó la gente que asaltó la ciudad desdeñosa?
¿Qué alcanzó Tomasa Tito?
Tenía hermosura, campos, ganados.
¿Qué logró?
Un montón de gusanos alcanzó.
¿Y Carmela Canke, la Preñada?
¿Qué hijo parío?
Una lanza en los ojos fue lo que crió.
Y Marcela Castro que con flores se adornaba,
¿cuál galán la enamoró?
Una nube de moscas la ennovió.
Y maría Malki, la Coqueta,
¿qué sombrero lució?
Un sombrero de fierro la adornó.

Pero las estrellas no se inmutan,
giran indiferentes a nuestro infortunio.
El estólido sol ignora
que lame nuestra única carne.
La tierra tampoco nos perdona.
Zumba el insecto de nuestra agonía.
La mañana no se apresura
a sacar la joyería del rocío,
ni la tarde signa adornarse con el collar del arco
iris

Tres días combatimos.
El primero era serpiente; el segundo, buitre;
el tercero, un perro, aullaba delante de treinta
regimientos.

XXI

Aunque te cubran la cara de sangre,
di que llueven granadas.
¡Alegría!
Aunque te lluevan piedras,
di que graniza.
¡Alegría, alegría!
(Anónimo quechua)

Un año duró la pelea.
Un año de mil meses combatieron.

Cien mil sacaron la lengua.
Cien mil se balancearon de las vigas.

Honor al valiente y al cobarde,
honor al hermoso diputado por las hembras,
honor al contrahecho sólo amado por su madre.
A la hora de morir todos fueron iguales.
Honor al que tumba árboles con su abrazo y al que
tiembla ante los insultos de los tordos.
Igual pesaron en los platillos de la muerte.
No tenían lanzas, ni espadas, ni estandartes.
Todos los Reyes,
todos los Papas,
todos los Grandes,
avanzaban contra ellos.
No temblaron.

Un año duró la pelea.
Un año de mil meses combatieron.

Que sobre sus sombras rotas,
sobre sus sonrisas quemadas,
sobre sus sueños volcados,
sobre sus nombres pisoteados,
monten guardia hasta la última generación los arco
iris.

Fueron derrotados, no vencidos.
Ni con espada, ni con cadena, obtiene el hombre
victoria.
Sobre las ruinas siempre avanza el alba con banderas.

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