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1 Valses

A Rubén Bonifaz Nuño, en memoria de
los días que galopamos por los desiertos
allá lejos.

Vals verde

No viajaremos
a los países de cabellera incandescente.

No partiremos,
no saldremos de la ciudad ululante.

Bajo los árboles vertiginosos del crepúsculo,
vestidos de viudos, hemos de vernos.

En las estepas de los gentíos
me verás, te veré, nos veremos.

Y alrededor de nosotros
los recuerdos de pico ensangrentado.

Las hélices amarillas del otoño
degollando pájaros inocentes.

Cierta tarde —cualquier tarde—
en una esquina nos desconoceremos.

Y por calles diferentes
a la vejez nos iremos.

Vals gris

Las torres más valientes
agachan la cabeza
cuando el otoño llega
con el plumaje acribillado.

En otoño los árboles
encienden sus ojos más tristes.

Otoño sin embargo era
cuando miré en tus ojos
comarcas donde ardía otro sol.

Agosto, el cojo malvado,
escupía las ventanas;
la niebla graznaba en los tejados.

Pero nosotros caminábamos
—oh praderas, oh puentes—
por países de diamante.

Tus veinte años saltaban como peces
y el corazón merlín se me saltaba.

En el palacio de las luciérnagas
bailamos danzas desgarradoras.

Hoy llega sin ti el otoño
y sin ti los crepúsculos desalentados
sólo saben ponerse sus viejos trajes.

Los pájaros idiotas
repiten verdosos
las canciones de ayer.

Lentas cruzan el cielo
las tardes astrosas.

Pobre es el mundo:
sólo tú autorizabas lo maravilloso.

Vivir es largo.
Ave carnicera es la Melancolía.

Funeral de la primavera

Como el Viajero
que desde gibosa cumbre
postreramente mira
la ciudad donde fue dichoso,
así contempla, oh Joven,
los áureos, inmortales campos
do la lujuria galopó radiante,
la verde crin al viento
de nuestros amores extendida,
pues cuando el nocturno día acabe,
cuando en el olvido hunda la tarde
su cola de diamante,
ya no seremos jóvenes,
será ceniza la alegría,
humo la dicha.

En palacios destellantes,
en jardines ahora calvos,
canté a la Felicidad, oh Musas,
¡oh hierba de las ruinas!
Yo soy el que a la aurora
condujo altivo
el rebaño azul de las sirenas.
El Rey.
El de los príncipes gorriones.
El de las minas de luciérnagas.
El Emperador Dichoso.

Ahora soy el Inundado,
el Novio Sumergido,
el Por Tu Pico Picudo Picoteado.
Oh amores,
días cortos,
rayo breve.

Pasa presto la mocedad:
pronto el polvo
sepulta el salto del delfín
y la araña su tela teje
con los cabellos de la más hermosa.

No nos veremos más en esta vida.
No volverán los soles
a dorarme con tus rayos.
No volverán las tardes
a sumergirse con sirenas.
No volveréis a turbarme,
monstruosos ángeles.

En vano el ser miedoso
húndese en mares
de piafantes monumentos:
enflaquecen los castillos,
palidecen las naciones
y con el tiempo el aire
escuálidos los mira:
templos robustos,
torres bien vestidas,
y el mismo viento
que sobre las tumbas,
—príncipe demente—
imagínase reinar.

Ayer era yo joven
y en el centro del rocío
cantabas, Diosa Centelleante.
¡Ay, un momento dormí sobre las flores:
al despertar hallé tu rostro odioso,
serpientes tus cabellos,
chamuscados tus senos inmortales!
¡Ay, Loco:
lo que ansioso bebiste en tu vaso
fue el agua hinchada de la muerte!

Inútilmente el doncel
en las praderas danza;
inútilmente adórnase
con plumas de arco iris:
el oído traidor escucha
el zumbido de las abejas
que la muerte sorda
enfurece en su panal.
¡Acostumbráos a los modales
descorteses de la nada!

No duerme la Polvorienta Esposa:
aguarda lasciva
el retorno del viajero
desengañado de políticas terrestres.
No hay tela, ni aguja, ni artesano
capaz de zurcir las brocaduras
que da el tiempo rabioso
en tu galana tela, juventud preciada.
Hermosa:
un día no más
dura el resplandor del mundo.

Oh fuentes ahora mudas,
relámpagos de mi amor
cubiertos por la hierba.
Frente a mi vida,
con tu sonrisa
danzaron, esbeltos, los años:
hoy mendigan en la nieve.
¿Dó ríen las doncellas
de hermosura fiel?
¿Dó fulgen
nuestra hazañas?
¿Dó arden las hogueras
del poema inmortal?

¿Para quién levantan
los poetas sus cosechas?,
¿para quién los adolescentes lastimados
siegan en las tardes sus tristezas?,
¿no son niebla las palabras,
embeleco la Poesía?,
¿no corren los ríos
sin descanso hacia la noche?,
¿qué son los poetas sino guerreros
que sólo conocen el bando feroz en que combaten,
cuando malheridos ya de sombra,
de los jinetes que se alejan,
reciben el estandarte taciturno
que a su patria secreta pertenece?

¡En vano soñé islas
de ojos relucientes,
días de fascinantes plumas!
¡Oh sol, oh joven sol,
pastor de malvadas flechas,
sólo porque sabíalas mortales
nos dejaste beber
las aguas del arco iris!

¡Fracaso de los años!
Imagina el humano
caminar a su ilusión derecho.
No camina: cae,
despéñase desde la cuna,
rueda mientras crece,
mientras duerme cae.

Arden hermosos,
bajo la luna,
los atletas,
y a la señal
parten veloces
sin saber que la hierba
es más veloz que los venados.
¡Oh musgosos locos
que imagínanse correr,
cuando ya en la meta,
aguárdanlos mudos
gentíos de ceniza!

¡Ay, en la fementida mocedad soñamos
que empapan nuestros trajes
los flecos tiernos de la espuma
cuando, en verdad,
es la baba blanca de las losas,
el inmóvil oleaje de las tumbas
que a nuestras pobres naves,
audazmente, se adelante!

¡Adiós, azules días,
días llameantes
en cuyos ojos
entreví
la invisible isla inmortal!
¡Mésome los cabellos,
pues por infames telas
troqué con los mercaderes
mi tesoro inextinguible!
Pasó fugaz, el día,
y no hallé el palacio
a cuya puerta,
sólo ese instante,
el dragón dormía.
¡Oh, Mancebo,
llora entre los cuerpos
asesinados
de tus más hermosos años!
¡Ya el Genio no saldrá
de sus antros!
¡Nadie acudirá
cuando frotes tu lámpara!

Acaba el canto, Musa:
el día veloz acaba.
Antes de que brote
la blanca hierba de la noche,
a la ciudad, triunfante,
penetrará el Bastardo.
Ya salen con guirnaldas los señores.
Su piafante corcel aprestan.
Encienden la pedrería de su armadura.
Alzad los estandartes.
¡Es el Polvo Emperador!

2 Desengaños del mago

A Jorge Zalamea,
in memoriam

I

Yo vivía en una torre que custodiaban tades
de susurrantes collares.

Yo acechaba a las caravana que, al caer
los crepúsculos, entraban en los patios
polvorientas de azul.

Yo jamás dormí.

Tal vez dormí, tal vez soñé que un ruiseñor sediento
secaba los mares.

Tortugas sospechosas empezaron a seguirme.

Yo en las tardes miraba flotar en los estanques
ciudades de ojos magnéticos.

Cada noche la marea depositaba en los árboles
islas dormidas.

En bosques de miel esperé a Lucy, la niña de cuernos
relucientes.

Lucy sollozaba por los elefantes enredados en mi
barba.
Lucy era una gaviota.
Yo era un cangrejo, un lirio, un árbol
relampagueante.

II

Déborah: si alguna vez desciendes de los tejados,
si alguna vez emerges de los cementerios donde
vives, y cruzas (ave o demonio) por la Plaza del Oso,
me verás bajo la lluvia esperándote. Porque amé tu
calavera de conejo, amé hasta enloquecer tu rostro
dañino.

Déborah y yo cabalgamos sobre un escarabajo
de ojos penetratntes y en días de tristeza recorrimos
espejos, uniformados de azur.

Déborah se mataba las pulgas mientras yo recitaba
mis grandes cantos.

Sólo una vez me permitió besarla. Fue en los
jardines: la primavera silbaba su tonadilla.
Ella movía la cola, azorada.

Pero tan pronto la besé, sacudió el polen de su falda,
aulló la luna y huyó por los desfiladeros.

Yo felizmente era un topo, dichosamante excavé
un túnel.

Yo estaba solo amancebado con la luna.
Bien lo sabes, Déborah, mi araña incomparable.

¡Oh mi alondra!

¡Oh mi cítara enlutada!

III

Antaño fui un mago melancólico, panteras
invulnerables me seguían arropadas en sus sedas.

Poblé los cielos de bondadosos monstruos.

Yo tenía veinte años: el año empezaba.

La abominable tripulación puso proa al paraíso.

¡Proa al paraíso, charcos de maldad!

("¡Nunca te traicionaré! ¡No me rendiré mientras
chapoteen las sirenas! —mentíale a mi musa".)

Remonté ríos de erizados dientes.

Era el tiempo humeante de mi generación.

Todavía escucho gritar a los unicornios pisados
por la multitud.

El gentío himpla para que abdique.

Pero yo no cambio de plumaje: me niego a iluminar
con mi canto los fétidos establos de la noche.

No más embustes:
que el Poeta se quite el antifaz y muestre su pico
afilado.

Rabiosos ejércitos nos buscan.

Mas yo vuelo hacia el futuro, yo anido en el pasado.

Os prometo: una brisa de alondras refrescará
el infierno.

IV

Y llegó el tiempo del murciélago.

En los caminos colgaron a los elfos.

Pintarrajearon a las hadas antes de forzarlas.

Fracasaron mis magias.

Vagué por llanuras de trapo.

Me hinché de moscas como un verano gordo.

Estuve en Samarcanda, la de cabeza sumergida.

Sólo insectos poblaban tu urbe, desesperación.
¡Oh desolado, sólo tu pueblo ciego te miró envejecer
ante las murallas!

Atravesé salones enjoyados donde el tigre husmeaba:
tigres gigantescos entre cuyas zarpas pasan ríos
despavoridos.

Huí de aquellas tribus.

Llegué a Nínive, la de ojos sangrantes.

La tarde era un pez de tetas fosfóricas: el río
arrastraba imperios de oro danzante:
yo mismo era una serpiente.

Tuve suerte: me amamantó una hembra cuya gordura
a los naturales aniquilaba.

Yo saludo a la que me llevaba muérdago y ratones
frescos a mi cubil, yo celebro a la que lamía mis
cabelos.

Oh Nínive vestida con mi dicha.

Nínive de ojos inaccesibles.

Nínive de torres soñolientas.

Nínive donde queda mi corazón ardiendo.

Así empezaron los años de mis inolvidables
desgracias, aquel amor que fue mi ruina.

V

Al salir me derribaron los coletazos del viento
enloquecido por los piojos.

Para vivir compuse canciones: la turba me arrojaba
oro entre los barrotes.

Ya era tarde.

Enfermé.

Agonicé en los bosques. Mi trono era la luna; mi cetro,
el aullido del lobo.

Peinábame el sol, adulábanme sus hipócritas vasallos.

Recliné la frente en las catedrales.

Caían las torres envenenadas.

Sangraban los obeliscos.

El mar encaneció, las islas huyeron.

3 Déborah

I

Bien sé que con tu ojo único —con tu ojo de monstruo
acostumbrado al espanto— invisible y alta, lúbrica
y negra, me miras, ferozmente, Déborah.

Ésta es la hora en que en el pavor de tus antros te
vistes de novia y subes jadeando a tu torre enana.

Ésta es la hora en que, al fondo de los mares, los
magos soñolientos entreabren sus verdosas conchas
y las fatídicas vírgenes hierven en sus ollas
mi pasado.

¡Mi pasado!

En ciudades desaparecidas, en desencajados templos,
pulso el pestilente laúd cuya música sólo soportan
los inmortales: desde las ventanas he visto cojear
a los otoños, he visto —con tristeza— a los vientos
arrastrar ballenas.

Yo recuerdo el deslumbrante plumaje de los canallas,
yo celebro tu infatigable cola, yo lloro porque
antaño, a esta hora, te posabas en mi hombro,
papagayo tenebroso.

Yo sé bien —bien lo sé, amor mío— que ahora mismo
te sientas en la profundidad de tu trono y me
descubres, bajo el furioso mar, profundamente
dormido.

II

Cuando paso bajo tus balcones, cuando atravieso
los patios, jadeando bajo el peso precioso
de mi caparazón, tú miras la nieve de remotos países.

Yo cruzo humildemente el jardín, pero tú
no desciendes a mirarme: absorta estás ante el rosal
de curvado pico.

Tal vez es el crepúsculo: flamea tu rostro
extrañamente.

Voy entonces hacia ti: cruzo polvorientos salones,
recorro cadavéricos palacios, hasta que miro
parpadear tus ojos palúdicos.

Entonces chillas, saltas de rama en rama y graznas
como si tuvieras la pata quebrada.

III

Todavía era la noche cuando el hastío apareció en
lo alto de tu torre lívida.

Tú bajaste los ojos.

Peces horrendos surcaron el aire perlados de ira.

Comprendí entonces que ya nunca volverían los días
dichosos, las inolvidables tardes idiotas, las felices
noches cretinas.

Entreabrí las lujosas cortinas del invierno arruinado.

Bajo la luna, jadeantes caimanes de seda nos seguían.

Tigres ancianos se asomaban a las ventanas
para mirarte, por última vez, con ojos furibundos.

Atravesé la ciudad dormida: roncaban todavía las
torres obesas, ahítas de crepúsculo.

Al alba, prodigiosamente cansado, me detuve entre
las actinias: desde entonces duermo: es raro que
lleguen hasta aquí los peces, muy raro que los
pacíficos radiolarios disputen por los ojos
de las púdicas holoturias.

VI

Si algún día en tu barbuda torre, en tu país baldado,
oyes jadear las hélices del odio, comprenderás
que no he mentido.

Idolatré tu rostro azul, tus ojos viciosos,
tu barriga hinchada de hongos mortales.

No reniego haberte visto entre los cánticos de carbón
de los lunáticos, de la peste anunciando el reino
deslumbrante.

Era verano. Te descolgaste de los campanarios
—era un escamoso día de verano—, emergiste
entre las algas gritando.

Yo chillé de alegría. Hacía muchos meses que me
negabas tus besos: ebrio de gloria arrastré de los
cabellos a la pobre tarde.

En aquella gruta fuimos felices y los paseantes
palidecieron cuando Déborah y ho, dulcemente
abrazados, cruzamos las islas. Las
bandadas llevaban a cuestas nuestros mantos.

Déborah: tuve que partir.

Déborah: la tempestad tiene ojos centellantes
mi corazón padece en tu isla blanca.

Déborah: yo sé que me oyes, yo sé que en tu guarida
escuchas el silbido amarillo de nuestra inolvidable
cobra y luego sollozas y después el olvido.

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