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A Eduardo Lizalde

Eva

Entre todas las doncellas que pastan
en los patios del Sofista ninguna mas hermosa
que Eva,

Eva, la del cuello especialmente creado
para ramonear hierba en otros planetas.

Eva,

ahora sólo eres un agujero donde el zorro
esconde sus tesoros epilépticos.

Eva,

por tu anillo
pasaban tiritando, el falo erecto, los planetas
iracundos.

Eva y yo a picotazos disputábamos
los gusanillos de los años.

Ustedes son jóvenes,

ustedes nunca sabrán cómo era este
poblado en el tiempo en que la ciudad vivía
colgada del rabo de los purísimos mandriles.

La corniveleta muchacha llegaba.
Hervía la ciudad.
En los billares pastan las calumnias,
en los circos cacarea la arena.
Me saltan las lágrimas cuando el Dandy
me conduce a los balnearios donde Eva los
obeliscos de nuestra pasión empollaba.

Por las playas buscábamos delirios, quizás estrellas,
megaterios.

Decenios recorrimos las arenas
hasta reconocer tus ojos en una malagua.

Eva: tu belleza ofendió a las matronas.

El Inquisidor mandó desnudarte: en tus senos
los alguaciles descubrieron huellas de los mordiscos
del Giboso.

El gentío aulló: esa misma tarde te condujeron
a la hoguera.

Desde entonces ardes
y a veces en las noches me despiertan
los chillidos de tu calavera azul.

Lorena

He delirado por penetrar en estos desfiladeros,
he padecido por esta estatua
a cuyas tetas todo un pueblo de viciosas pirámides
se prendía.
En aquel tiempo mi rostro era un médano,
mi voz una araña.
¡Tú eras la miel que caía
por las quijadas de mi pesadilla!
No te debí amar.
No debí penetrar en el antro del futuro,
no debí coronar de úlceras al rey del sueño,
no debí nacer en esta ciudad de mandíbula
babeante,
no debí ser un anacoreta, un insecto,
un herbolario, un profeta, un traidor, un peregrino.

Por entre los fuselajes abatidos de las putas,
enredada en la cabellera del cielo por donde caen
rugiendo los maricas,
igualmente alcanzados por el fuego antiaéreo,
meneas tu resplandeciente culo.

Yo permito que los cangrejos prosperen
bajo mi lengua,
mientras la cretina derrama sus nalgas
sobre las luciérnagas, devora las murallas centinelas
de mis sueños.

Yo me asomo a mirar el gran mar.
¡Decenios he mezclado pócimas para hallar
la palabra!

¡No hay palabra!
La quimera no permite acariciar su plumaje.
LA pasión no es comunicable.
Las galaxias se alejan a trescientos mil
kilómetros por suspiro de nuestros labios.

Lorena:
sólo tú conoces nuestros gustos,
sólo tú sabes que al terminar el invierno
debes despertarnos con la cucharada de luciérnagas
sin la cual existir es imposible.

Dalmacia

Como Jonás viví mi juventud en el vientre
de Dalmacia.

Brisas eran mis cabellos, tifones mis cejas.

En tu vientre más alto que Orión millones
de estorninos revoloteaban.

Yo me sumergía a buscar pececillos, recorría
ramblas, penetraba a los iglúes a dormir con
ondulantes hembras.

El viento de marzo quiebra los frascos
donde Dalmacia guarda nuestros fetos.
Villanos: éste es el tiempo en que menstruan
los años.
Éramos felices: por nuestros anillos Saturno
saltaba dichoso.
Jaulas de alisios, auroras palpitantes
Dalmacia me traía.
Pero faltaron las brisas, las pestes
despoblaron los mares.
Bajo soles negros, la lengua seca, vagamos
por océanos calvos.

Dalmacia agonizante me vomitó sobre las playas.
Yo quise besarla,
hacia países verdes en brazos conducirla.

Yo grité desde los acantilados:
¡Dalmacia, es difícil vivir!
¡Es difícil llevarse a los labios tazas
humeantes de sueños!

No me oía.
Entre los témpanos nadaba para siempre neblina.

Eunídice

Al doctor Manuel Quijano Narezo

Eunídice,
la que se alimenta con cucharadas
de mis pómulos,
me posee.

Montada en le lomo de mis traiciones,
seguida por la muchedumbre de mis mentiras,
entre las jaurías de mis delirios,
eructando relámpagos
emerge de su gruta,
viene,
me arranca los élitros;
donde estuvo mi amor
deja un oleaje de medianoches corrompidas.
Yo retuerzo tu nombre de penada,
de prófuga, de puta, de luciérnaga maldita.

No sé lo que digo:
el calor me enloquece,
arranca los tentáculos de mi canción
retorcida.
Mi pasión es como esas tarántulas
que bajo la nieve aguardan siglos
para precipitarse sobre los países.

No, no es el calor.
El calor no despierta a los muertos.
El pasado no obliga a masturbarse a los santos.
Grazna en mi hombro la niebla.
Oh estación nublada como mi alma.

¿Pero quién nos asiste cuando la noche toca
su gong de nieve?
¿Quién me consuela cuando el pasado eriza
su cornamenta?
¿Quién nos abraza cuando la locura quiebra
los frascos donde guardamos las orejas
de nuestro amor?
¡Hombre de cabeza cortada, hombre
de sombra cortada:
márchate hacia el polo,
remando en la frágil barquilla de tu oreja cortada,
de tu alma cortada
de tu sonrisa cortada!

¡No me marcharé!
Mis días enflaquecerán en su jaula.
No partiré.
Nunca escaparé del corral de mi piel.
Estoy estigmatizado, estoy llagado, estoy bendito,
te has fundido en mi voz.
No me dejas,
oh novia oh loba oh animal condenado a la misma
pena.

Rogad por mí.
Pedid por el apestado.
Rogad por el calcinado.
Pedid por el inundado.
Suplicad a la noche que descargue su hacha de nieve.
Estoy clavado al alfiler
de mi pasión sombría.
Orad para que las estatuas alcancen
a conciliar el sueño.

La trompeta

Para Álvaro Menén Desleal

I

Y vinieron los parricidas.

"¡Materia, dormías.
Bajo pesados párpados de liquen,
bajo millones de bisontes en carrera,
bajo esmaltes de plumas, infancia
de alondras o muslos de ponientes,
so muchos pisos de climas y de pájaros,
Sueño, soñabas!"

Hoy no podemos dormir.

En vano con yelmo que no mella hocico
de remordimientos,
buscamos las cascadas donde nace la luz
insoportable.
Por gusto vagamos por países sin tetas.
Las palomas son navajas de mirada rencorosoa.

"¡No podemos dormir!"

Instalados en tronos de brasas,
ataviados de silbidos,
con el asco por morrión,
bebemos los vasos de cuero del insomnio.

"¡El sueño tiene los ojos abiertos!"

En vano diligentes servidores
lustran los gordos flancos del desastre.
Sea en patio de palacios a cuyas
fenestras se asoma, de tricornio, el desengaño,
o en salones recamados por los gritos
de razas refiladas por la lanza,
o en zahúrdas incapaces de hospedar
al insulto,
revuélcase el ensueño.

Porque vosotros en hora mala,
porque vosotros en horas que suponemos
infestadas por camadas de ratones,
ebrios por pócimas de lanzas,
vaciasteis la barrica de los días.

Y así con simples antorchas
o fósforo prestado a los mismos prisioneros
(la cerilla de sus pobres inteligencias),
o, simplemente, frotando pedernal
con rodillas gastadas por el póker,
penetraban a los sótanos del recuerdo,
abrían las tabernas grasas de la memoria
donde, mala puta, siéntate la añoranza de las cosas
que tienen plumas.

Y así almenados
como ciudades donde la plebe muere de escorbuto,
mientras los nobles celebran bailes de disfraces,
talaban épocas.

¡Flotas enteras en sus salivas naufragaban!

Y como esos circos que a los pueblos penetran
precedidos por los cómicos,
y el vulgo sale a las ventanas y arrójales
planetas, naranjas, monedas,
así ataviada
por imágenes cuyo sentido es la nevisca
que sepulta a la juventud en el invierno,
penetraba la ruina.

II

Hemos visto plazas pulguientas de planetas
mendicantes,
hemos visto ciudades infestadas por cometas
harapientos.
¡Y a embajadores de lo venidero,
plenipotenciarios del fuego, profetas reconocidos
por las alondras,
con los jubones raídos, la sonrisa remendada,
y con ese brillo en los trajes que denuncia
con altavoces la miseria,
en los sótanos de la pobreza,
en los patios de esos tiempos
donde no ya le paso del que corre a guarecerse
de la tormenta sino los puros movimientos
de los astros,
el mero cambio de equinoccio,
rajan, de podridos, los zapatos,
hemos visto a los grandes sonreír
por un mendrugo!

En esos arsenales donde rumian los magos
capturados en remotísimas galaxias,
en esos talleres donde alimentan
de pétalos a los bólidos de carrera,
a la salida de los cines, cogidos del brazo
de los campeones de rock, y ahora por callejuelas
cariadas por tabernas de mala fama,
por rincones donde bellacos altaneros orinan
sobre mármoles ilustres,
talados por silbidos,
hemos visto a los hijos del relámpago disputando
por las cáscaras de la baba.

III

"¡La sed nos consumía!"

¡En vano retorcimos el cuello
de la frescura!
¡El agua misma vagaba con los labios
agrietados!

Armados de metralletas, listados de cananas
y bazukas, a las nubes sometemos al juicio marcial
de nuestra ira.
En la puerta de los cines,
bajo calvos cráneos de academias,
en plazas de toros, en arenas de pugilateo,
en bolsas de valores,
deliramos.

Y como antaño
las ciudades bajo la deslumbrante gloria
de las nieves,
de las cornisas penden los carámbanos
de la sed.

Más largas que ríos de nuestras lenguas
circundan la cintura de esta época maldita.
Y a la falta de pinos,
en las sogas de la sequía
estrangulamos insignes obeliscos.

En las puertas de los consulados
la muchedumbre forma grandes colas,
aullando solicitamos pasaportes de gusano,
por derecho de antigua residencia
suplicamos nacionalidad de ratas, visa para cruzar
el país del topo.

¡No lo obtuvimos!

Y ofrecimos soborno.

En los mercados, a precios viles, trocamos
los encajes de las constelaciones;
por calderilla cambiamos la seda de nuestros
razonamientos.

¡Nada logramos!

Buscando frescos subimos a las terrazas
de la locura.
¡El Sol era el padre de la sed!

Y tramamos el asesinato del Sol.

Entre los escombros del agua, entre frutas
coléricas, nos conjuramos.

A toque de tambor reclutamos falanges.

Y sólo cuando nevó el metal de la ira
vaciamos nuestras cotas.

Soberbio era el ejército.

Al frente de cada liga
marchaba la estirpe de sus más insignes
caligaris, la crema y nata de sus capones,
la flor y la espuma de sus caras cortadas
capaces de hacer blanco a cien años de distancia.

Y marchamos contra el Sol.

Y buscamos alianzas.

Y solictamos y obtuvimos grandes pactos
con la raza superior de los decápodos.

Bajo aspersión de palabras sacras,
bajo bendición de púlpitos morados,
bajo lluvias de hisopos de ceniza,
frente a la cúpula misma de la audacia,
arzobispos suscribieron tratados con lo oscuro.

IV

En los puertos donde recalan los deseos
de patas de palo,
a la salida de las usinas donde, áspid
de cola mágica, embotellan el chorro del recuerdo,
tarareando rocks azafranados,
con el rostro tostado por el sol
de un gran deseo de cambiar,
hurgando con palillos de dientes el pasado,
comiendo la sandía de groseras carcajadas,
como esos malevos que se asocian para vivir
de las mujeres,
a nuestro paso, desprecio, silboteas.

"¡El asco nos engorda!"

Como astros embarazados por sabe Dios
qué mestizos conocidos bajo luna de desgracia,
pía el recuerdo.
Porque a ciertas horas,
bajo los paraguas de hueso del deseo,
fabuloso resulta el esplendor de las lechugas y
aun el humilde rábano humilla con su pompa a las sixtinas.

¡Lo atestiguamos!

En arcas donde duermen libros
entre cuyos remolinos guardamos amados equinoccios,
hay cartas y astrolabios y pruebas de lealtad
de las serpientes.
¡Hemos por estrechos navegado, surcado
arrecifes donde cantaban secretos!
¡Cuántas veces lavando las cubiertas
de insignes pensamientos,
en días de tifones,
desde cejas enarcadas por el silbo
de la ballena blanca, a los mástiles, con nuestras
propias manos nos atamos!

"¡Así vivimos!"

Y cuando desde lo alto de las colinas
donde, todavía huevo, prospera la avutarda del día,
desde cima de cráneos mondos de prudencia
miraban hervir la multitud de las devastaciones,
los padres,
y el padre de los padres,
y el padre de los padres de los padres,
el que sólo a su semen se debía,
se aterraban.

Y de sus casas antaño repletas
por las ambrosías de la dicha,
cármenes zumbantes de delicia,
alhambras, donde otrora, en frascos
de labrado cristal, guardaban lo eterno,
salían a testar.
A la hora en que por una promesa
de hamburguesas los maricas cazan
a los adolescentes,
a la hora en que las viejas enjoyadas
eructan la juventudad de las alondras,
antes de la hora nona,
antes de eso,
con trajes de ceniza unos, agitando
los élitros del día tremendo otros,
buscaban notario.
Y ante testigos vestidos de tigre
incandescente, ante magnates de flotas de siete
mares, ante cargueros de Osa Mayor,
reconocían primogénita a la culpa.

V

¡No hay diálogo!

¡Preparaos!

En los aduares, con disimulo, mientras
al cuchillo viajan los que huyen de promesas
pronunciadas en horas de desgracia,
recoged hierba,
guardad salamandra para la penuria,
así, aconsejamos,
grada a grada,
de ostra en ostra,
recorred idiomas, buscad la imagen justa,
expresad las grandes hégiras de nuestra desgracia.
¡Ojos atento, balseros!
Porque en hora de sueño cruzaremos
los grandes estuarios de nuestra pena
hacia los cursos donde, vestida de puta,
aguarda la nostalgia.
¡Remad, bellacos!
¡No hay mapas ni astrolabios!

¡Ni respuesta!

Hemos por ramblas y janeiros
paseado por las cornisas de ocasionales
compañeros de jolgorio,
bajo mediodías en busca de hembras
a iglúes hemos penetrado,
y también —no lo negamos— asistido
a la misa verde de los tahúres,
bajo palio de silbos comimos
tu pan tenebroso, inteligencia.

El hambre nos obligaba.

VI

La piedra comía piedra,
el diente modría diente,
el agua se enviciaba,
era el pan antropófago.

Nadie nos auxiliaba.

Y salimos en busca de alimento.

Y delante de altares de piedra manca,
delante de dioses de dentadura
de caballo, despeinaban la cabellera del hacha.
Lanza en mano
volcaban países;
en los campamentos de su rabia
se repartían razas;
con orégano y hierbas de delicia adobaban
planetas.

Y el hambre no cesaba.

Y en la famelia tramaron devorar a sus hijos.

No tenían hijos.
Conjuraron bodas nefandas.
Alto era el precio: asumieron el riesgo.

Y cambiamos arras con lo intolerable.
Y en estepas donde sólo habitaba el cálculo
remoto, en arenales donde únicamente pernocta
la soltería del desprecio,
nos fulminó la lanza del deseo.

Y a falta de las grupas de canela
de sus mujeres legales, penetraron en el lecho
ondulante de las saxífragas,
hallaron delicia en las bocas de las nepentes.
Y a la luz de antorchas de trescientas orejas
ofrecieron azahares a las primogénticas del pulpo.
Y aceptaron el ciempiés de aquella dicha.
Y luego de un milenio de preñez sus mujeres
empollaron sus descendencias.

Y conocieron los metecos de su sangre.

Habían engendrado mulatos de relámpago
y cerdo.
Y conocimos el crepúsculo perro,
el trueno-rata,
el día-hongo,
el saber-ciempiés.

VII

¡Alcahuetes, bendecidnos!

Bajando con nuestras balsas por los rápidos
de la calle cuarenta y cinco,
a golpe de hacha,
talando los bosques de cielo,
la maleza de Saint Germain,
grandes galgos de piedra nos seguían;
navíos empavesados, cargados de brasa
hasta la mesana,
manchados de extraños arco iris, canosos
de leyendas y explosiones,
veleros cargados de tesoros de maldad
incalculable.
¡Puerto del Turco donde mujeres tapiadas
amamantan a pueblos de templarios odiados
por la luna, o, simplemente, en el Malecón de los
Franceses, donde silba el viento, no la fama!

La pena nos golpea.

En su lecho carcomido por meteoritos,
difícilmente los vapores de los años respirando,
jadeando,
resoplando como esos barcos que a los bares
penetran perseguidos por la orca,
tosiendo,
buscando aire,
y el hacha del recuerdo cae,
hosco el gesto de los gerentes juegan a dados
la escasa lana de noviembre,
en su trono
coronado por relámpagos de trapo, rulos de otro
tiempo.

¡Pasado, piabas!
Por escaleras gastadas por coletazos
de agonizantes delfines,
caminos practicados a fuerza de maldiciones,
sudando, gimiendo, exigiendo, sollozando
el águila del recuerdo machaca el muro de la ciudad,
derriba a topetazos el orgullo.
El asco nos envejece.

Ni los vivos ni los muertos lo soportan.
Bajo sombreros de liquen,
gentilmente destocándose sus hongos
de piedra bruta,
bajo el cóncavo cielo de sus losas
se sublevan.
Y así envueltos en el manto de ceniza
de los desastres,
en la mano, intacto, el cetro de rocío
de los tahúres, las escalinatas del desengaño
descendemos.

¡Proxenetas, amparadnos!

El falso peregrino

A Rowena

I

Cuando terminó el verano el falso peregrino
quebró su huevo,
atravesó la floresta de sus crímenes,
descendió la escalinata,
el parque conducía a un verano, a una
vida anterior.
Melena al viento enfiló hacia la ciudad.

II

Mocedades del Cid

En un sótano
al que jamás se atrevieron a descender
las ratas,
íntegramente vendado
vivió el profeta su juventud vehemente.
Nada lo distinguía de sus compañeros de cría.
Como ellos,
permanecía centurias colgado del rabo
de las constelaciones;
como ellos,
reptaba hacia altillos donde envejecía
ferozmente.

Ora despertaba convertido en médano,
ora relámpago, ora tempestad.
Pasó su juventud graznando.
Se proponía una vida heroica.
¿Quién desconoce su iniciación
en la santidad?

III

El niño asombra a los sabios de Sión

Es el día de la feria,
aniversario de las calumnias, máxima efemérides
de la ciudad.
La urbe danza.
Pestes fosforescentes,
plagas radiantes, deseos leporinos, colman
las plazas.
Razas íntegras perecen pisoteadas.
Tal era la alegría cuando el emocionado leproso
proclamó su amor por la Oca Adriana.

La bizca me persigue,
ay amor
La tuerta me acaricia,
ay amor
La muda me desviste.

Canta el bellaco.
La muchedumbre pía embelesada.
El doncel arráncase
las vendas que tapian sus cegadores ojos.
Rompe a reír entonces el espantapájaros.
El Peregrino suplica silencio.
El espantahombres vuelve su rostro de piedra.
El mancebo comprende que nada aplacará
el rencor de la estatua.
Níveo de rabia derriba a hachazos
al concertista.
Sorbe sus sesos, come sus frutos, se deleita
con sus cabellos.
Ya nada detiene la matanza.
Estrangula a la ciudad,
pisotea los mares,
arrasa la tierra,
dirige su pico a los cielos,
implanta milenios de matanza.
Cuando se detiene
un charco de planetas agoniza a sus pies.

IV

Primeros milagros

Ni en las galaxias, ni fuera de las galaxias,
encontrará refugio.

Perezosamente se levanta de su silla
y solicita su sombrero.
Nada delata su turbación.
Los hombres beben cerveza, las mujeres
lavan sus penes, los niños juegan con pulpos.

Todo es normal.

Fingiendo interesarse en la crianza
de incestos gana los suburbios;
pocos años bastan para cruzar las ramblas,
unos decenios para atravesar la plaza.
Joven todavía cruza las murallas.
Cuando los campanarios convocan a los beduinos,
vuela a centurias de distancia.
¿Por dónde?
Por sus calaveras recogidas en los estrechos
se deduce que habitó los mares;
por sus esqueletos encontrados por las caravanas
se presume que atravesó los desiertos.
Las águilas pretenden que amó a una corneja,
los peces que reinó sobre los escualos.

La travesía no fue fácil.

En el libro de bitácora consta:
"Países verdes emergían de sus conchas furiosos,
países morados seguíanme ronroneando.
Para atravesar aquellas comarcas fingí ser ciego.
No era fácil.
Los alcahuetes sospechaban de la mansedumbre
de mi cítara.
Una noche percibí la brisa,
mi sombra ya no podía sacar los pies del fango."
Por su talla no obtenía posada,
pasaban glaciares por sus ojos;
reyes cubiertos de enredadera tañían
músicas difuntas,
reina la oscuridad,
se murmua de amores con témpanos,
matrimonios con pestes,
en los estrechos olas inmensas lo detienen cien
años.
En el libro de bitácora consta que "para
sobrevivir mató millones de marmotas de un
arcabuzazo".
La palabra "arcabuzazo" demuestra que por lo
menos transcurrió otro milenio.

V

Manjares de la amistad

En el bosque donde abrí las hileras de mis
cuatrocientos ojos, Merlín paseaba sonriente.
No distinguí las bandadas
que disputaban en sus ojos.
Merlín observó los planetas que cruzaban
por mi anillo.
El hechicero me ofreció uvas, relámpagos,
amistad.
A la luz de las hogueras dancé, luego dormí.
Cuando desperté habían transcurrido otros mil años.
¡El despreciable brujo me había traicionado!

VI

La partida

Evitando tropezar con los centinelas
podridos por la brisa, recorrí la caverna.
En la bruma distinguí a los jugadores.
Por la estúpida sonrisa que untaba
sus quijadas comprendí
que jamás me libertarían si perdía
la partida.

Trescientos años tardé en divisar la mesa.
Es difícil jugar.
Millones de estorninos ocultan las bandas.
La vegetación cubre los rostros de los jugadores.
Los géiseres son venenosos, los billaristas lentos.
Para decidirse tardan decenios.
Los adversarios envejecen sin iniciar el juego.
Hay que esperar que nazca una nueva generación.

¿Qué se gana cuando empiezan?

Las bolas no llegan, ruedan años,
a medio camino son gastadas por meteoritos,
devoradas por bisontes.

La selva cubre la sala,
el agua inunda las mesas, los jugadores,
los años.

VII

El centelleante pájaro de amor

Mitad nieve, mitad arena era la sala.
Antes de cruzarla se secaban los mares,
los mismos desiertos se sentaban
con la cabeza entre las manos.
Quise salir: no se podía.
¡Había que bailar con Mandrágora!
No era fácil hallarla:
habitaba en las selvas,
vivía bajo lagos perpetuamente cubiertos
de hueso.
Años tardaban en vestirla,
decenios en remolcarla;
Mandrágora era caprichosa;
si en el camino descubría helechos,
no vacilaba en lanzarse a las aguas,
sin importarle cuántos países pisoteara.
¡Había que soportarla!
Y empezó la fiesta.
Sacaron a los músicos
de sus sarcófagos;
el frenesí empapaba
la quijada de los palacios,
bailando cruzamos salas
atravesamos galerías,
arcadas de nieve,
países de cuero
amamantados por la luna.
Y la música seguía.
¡Qué dichosa era la novia!
Me arrancaba los cabellos,
sacaba mi rostro a cucharadas.
Y el vals no terminaba.
Encanecían las ciudades,
cojeaban las torres,
tosía la noche,
el vals no terminaba;
la orquesta desfallecía,
vacilaban las trompetas,
engordaban los saxos,
la peste diezmaba los tambores,
y la música seguía.

VIII

El reo pretexta ser príncipe de las golondrinas

Parado en una esquina
en una intersección de los meses
pasó chisporroteando una mujer
tres treinta trescientos años no sabría decirlo
muchedumbre de cítaras
obeliscos viciosos ciegos iracundos pontífices
con falo bajo palio
seguíanla frenéticos
la primavera piaba pero no llegaban las aves
los amigos traicionaban
no obstante escribí mis palotes calmosamente
redacté mis deberes
mi madre me enseñó a decir la verdad
no me explico
embistiéronme los espejos
nací a destiempo
acepto lo que diga la policía
no asistí a los crímenes
probablemente dormía
frecuentemente me transformo en árbol
muchas veces reclino la cabeza
al despertar soy una peste
nadie atravesó la calle
lo juro
estatuas sospechosas me seguían
no volví el rostro
sabía que me convertiría en sal
traté de alejar a mis perseguidores
vagué años por las avenidas
las fuentes se apartaban
las flores rechinaban sus dientes
volví asustado
hallé la ciudad desierta
las torres simulaban roncar
sentí miedo
penetré al café
una gran tela de araña cubría la época
las mesas los parroquianos la tarde el siglo
rodaron pulverizados
era evidente
vivía en una época desaparecida
telefoneé a la policía
ignoraba que dormir fuera delito
mis trajes mis belfos mis fuselajes estarán
manchados pero mi cola es inocente
espera el juicio de la eternidad.

IX

El campo en primavera

Pasados unos milenios el reo abre los ojos.
Ha envejecido.
Por su aspecto
semeja una banda de pirámides epilépticas.
Para defenderse de los eclipses
sólo dispone de su pico.
Vaga por las ramblas;
en su caminata encuentra jóvenes humeantes,
adolescentes derribados por el fuego antiaéreo.
En las esquinas estúpidamente profetiza
el pasado,
solicita tazas llenas de relámpagos.
Mil cuatrocientos años después demanda un destino.
La súplica es aprobada.
Pasa cincuentos mil años en el vientre
de su novia,
una mañana entre las vendas, oye pájaros.
Es el atardecer:
quiebra su huevo,
atraviesa la floresta de sus crímenes,
desciende la escalinata,
el parque conduce a un verano, a una vida anterior.

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