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1 El árbol de los gemidos

Epístola a los poetas que vendrán

Tal vez mañana los poetas pregunten
por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
tal vez mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas
por donde venía la ardiente cólera.

Yo respondo:
por todas partes oíamos el llanto,
por todas partes nos sitiaba un muro de olas negras.
¿Iba a ser la Poesía
una solitaria columna de rocío?
Tenía que ser un relámpago perpetuo.

Mientras alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire el pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras llueva sobre el pecho de los mendigos,
mi corazón no sonreirá-

Matad la tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
No digáis el romance de los lirios.
Hay cosas más altas
que llorar amores perdidos:
el rumor de un pueblo que despierta
¡es más bello que el rocío!
El metal resplandeciente de su cólera
¡es más bello que la espuma!
Un Hombre Libre
¡es más puro que el diamante!

El poeta libertará al fuego
de su cárcel de ceniza.
El poeta encenderá la hoguera
donde se queme este mundo sombrío.

América, no puedo escribir tu nombre sin morirme

América,
no puedo escribir tu nombre sin morirme.
Aunque aprendí de niño,
no me salen derechos los renglones;
a cada sílaba tropiezo con cadáveres,
detrás de cada letra encuentro un hombre ardiendo,
y no puedo ni cerrar la a
porque alguien grita como si se quedara dentro.

Vengo del Odio,
vengo del salto mortal de los balazos;
está mi corazón sudando pumas:
sólo oigo el zumbido de la pena.

Yo atravesé negras gargantas,
crucé calles de pobreza,
América, te conozco,
yo mismo tendí la cama
donde expiró mi vida vacía.

Yo tenía dieciocho años
yo vivía
en un pueblo pequeño,
oyendo el diálogo de musgo de las tardes,
pero pasó mi patria cojeando,
los ahogados empezaron a pedir más agua,
salían de mi boca escarabajos.
Sordo, oscuro, batracio, desterrado,
¡era yo quien humeaba en las cocinas!

¡Amargas tierras,
patrias de ceniza,
no me entra el corazón en traje de paloma!
¡Cuando veo la cara de este pueblo
hasta la vida me queda grande!

¡Pobre América!
En vano los poetas
deshojan ruiseñores.
No verán tu rostro mientras no se atrevan
a llamarte por tu nombre. ¡América mendiga,
América de los encarcelados,
América de los perseguidos,
América de los parientes pobres!
¡Nadie te verá si no deshacen
este nudo que tengo en la garganta!

Alta eres, América

Alta eres, América,
pero qué triste.
Yo estuve en las praderas,
viví con desdichados,
dormí entre huracanes,
sudé bajo la nieve.
¡En tu árbol
sólo he visto madurar gemidos!

Alta eres, América,
pero qué amarga,
qué noche,
qué sangre para nosotros.
Hay en mi corazón muchas lluvias,
muchas nieblas, mucha pena.
La pura verdad, en estas tierras
golpean a los hombres hasta sacarles chispas,
y uno, a veces,
con sólo mirar envenena el agua.

Alta, tierna, bella eres,
mas yo te digo:
¡no pueden ser bellos los ríos
si la vida es un río que no pasa!
¡Jamás serán tiernas las tardes,
mientras el hombre tenga que enterrar su sombra
para que no huya agarrándose la cabeza!

Entonces,
¿de dónde trajeron los poetas
la guitarra que tocaban?
Te conozco:
dormí bajo la luna sangrienta,
despintaron mis ojos las lluvias;
el cruel atardecer
me dio su enredadera de pájaros violentos;
en salvajes llanuras
destejí impecables tinieblas,
en las casas entré y en las vidas,
pero jamás miré sonrisas deshabitadas.

¡Ay, tu corazón al fondo de la noche!
Ya fui lo que seré y todo ha sido sangre.
Ya se quemó el pez en las sartenes.
Ya caímos en la trampa.
Por favor, ¡abran las ventanas!
Aquí el pájaro no es pájaro.
sino pena con plumas.

Soy el desterrado

América,
a mí también debes oírme.
Yo soy el estudiante
que tiene un solo traje y muchas penas.
Yo soy el desterrado
que no encuentra la puerta en las pensiones.
Te digo que en las calles
y en las azoteas y en las cocinas,
y al fin de cada día y en mi pecho,
algo está muriendo.

Escúchame:
Yo soy el desterrado,
yo vagué por las calles
hasta que los perros
lamieron mi amor desesperados.
¡Acuérdate de mí!
Hay días que no tengo ganas
de ponerme los ojos,
días en que hasta los pájaros
se pudren a la mitad del vuelo.

¡Amor, amor,
tú no has dormido
en cuartos inmundos;
tú no sabes lo que es vivir
con una mujer que zurce su ropa llorando!

Ay, durante siglos los poetas callaron
y en el silencio sólo se escuchaba
un susurro de abejas que sonaba,
hasta que ya no pudimos más,
y el dolor empezó a mancharlo todo:
la mañana,
el amor,
el papel donde cantábamos.
Un día el dolor
empezó a gotear desde abajo,
daban los muros gritos desgarradores,
una mano amarguísima volcó mi pecho.
Ahora vengo a ti gimiendo,
aquí está mi voz encarcelada,
aquí estoy yo, debajo de esta frente, derrumbado.

¡Años de los castigos!

¡Años de los castigos!
¡Años de las prisiones!
¡Años que se comieron las arañas!
No tuve paz,
ni dónde reclinar la cabeza.
Los trenes me llevaban,
entraban a las tumbas,
cruzaban los infiernos,
mas mi corazón salía
de los hornos tiritando.

¡Años de los perseguidos!
¡Años de los flagelados!
¡Años como ratas echadas a morir!
Como piedra atravesé la vida,
las miserias, las prisiones,
anduve por los pueblos,
llegué a la comarca
donde el pan sólo se viste de fantasma.

Desde casas vacías,
desde catres solteros,
desde trajes gastados y pálidos deudores,
desde domingos sin nadie con quien pasear,
vengo diciendo que los hombres sufren,
las aguas sufren, las camas sufren.

A verme vienen quejándose las tardes,
las piedras quieren que cuente las pisadas,
el túnel tiene hinchado su único ojo,
toca el gallo su corneta lastimera.
¡Oscura es la vida,
la tierra sólo sirve para enterrarnos!

América, vuelve a tu casa

América,
¿qué esperas para volver?
Tu casa no es una casa:
sangra la mesa,
el pan humea,
hacen señas los sillones aterrados,
¿qué esperas para volver?
¿no ves a los muertos parpadeando?
¿no ves a los cuartos desangrándose por las ventanas?

Vuelve a tu casa.
Yo te quiero libre o morir.
Yo mañana seré olvido, y olvido
los magnates y los hijos de los magnates,
pero tú vivirás,
la vida vivirá,
las muchachas
siempre sentirán en la boca
el vacío dejado en el aire
por la alondra al partir.

Vuelve a tu casa,
levanta mi corazón del polvo,
devuélvele la cara al desterrado,
derriba el muro que nos separa de la dicha.
Están tristes mis montañas
y tiritas en la nieve de sueños terribles;
sé que nos esperan carnívoras tinieblas,
mas sé también que no podrán contra el amor.

La noche pasará.
Pueden escupir las aguas,
pueden fusilar a los gorriones,
pueden quemar los versos,
pueden degollar al dulce lirio,
pueden romper el canto y arrojarlo a una ciénaga,
pueden ponernos frente a los fusiles,
pero esta noche pasará.

Un día seremos libres.
La tierra será libre.
Los poetas no cantarán, como yo, en el destierro,
y no habrá miedo, ni muñecos malos, ni penumbra.

Guardad para entonces lo soñado,
soñad no más, sin miedo.
El Poeta nombra al Pueblo
heredero universal de la Risa y del Rocío.

¡He de ver luz madura en tus espigas!
¡He de ver a mi patria sin espinas!
Y si ese día estoy callado y no te respondo,
si la tarde me llama y no respondo,
si el amor me llama y no respondo,
llámame con tu voz,
y marchará mi polvo tras tu bandera rota.

2 Patria pobre

Patria pobre

Yo conocí en mi patria sólo rostros vacíos,
hombres de mirada prematuramente cana,
balnearios de hueso
donde antes de tiempo veraneaba la muerte.
Yo sólo recuerdo ojos en la niebla.

Así era mi padre:
un hombre que miraba la lejanía
como si él mismo estuviera por venir;
así son los que en mí caminan cuando duermo,
así son los hombres, las cárceles, los pueblos.

Yo no conocía el rostro de mi patria.
Tuvo que caérseme el corazón a un pozo;
tuve que verla con su cartel de ciego en los suburbios,
tuve que oírla llorar de miedo en las prisiones,
para comprender que la patria
era quien me dolía bajo tanto dolor.

Porque no es cierto que en mi patria
crezca una flor de espuma inmóvil,
no es cierto que el crepúsculo
coma en la mano azul de las muchachas.

Yo sólo vi pueblos ojerosos,
sementeras de griso,
gemidos tan grandes
que ni por las calles más largas podían pasar.

Yo no tengo tardes fulgurantes
ni muchachas risueñas de amor.
Yo apenas recuerdo un país tan pobre
qu ni en el ocaso da sombra.

Patria tristísima

¡Ay, Perú, patria tristísima!
¿Dónde vieron los poetas pájaros transparentes?
Yo sólo veo dolor,
yo, únicamente amargas cocinas,
yo, puramente platos vacíos,
a mí solamente sálenme espinas,
lobos furiosos del pecho abierto.
¿Dónde no estuvo la tiranía,
la frente arrasada,
el pétalo impotente?
¡Hasta en las más tiernas frutas
siento carbones encendidos!

¡Ay, Perú, patría tristísima!
Si yo llamara al padre
y al padre padre hasta el padre más antiguo
y alrededor de mi voz los reuniera
para que me mostraran la dicha,
toda la felicidad que aquí brilló
cabría en un pañuelo.

Qué tristeza.
Cuando yo era niño,
veía al crepúsculo agitar sus crueles altas
y le huía por los campos
sin saber que buscaba mi boca para gemir,
pero fui cubriéndome de cuervos,
fue invadiéndome la noche:
ahora soy el dolor de mi tierra quebrada.
No se puede apagar con saliva mi pecho ardiendo,
no se puede pegar con palomas mi patria rota,
mi América en pedazos, mi amor, mi agonía.

Patria tierna

La patria es tierna,
decíanme en la infancia;
la patria tiene ríos de rápidos diamantes,
en las llanuras el viento se acerca las doncellas
en su caballo blanco.

Salí a buscarte.
Anduve arenas enlutado,
pero no hallé la copa
en que bebías rojos crepúsculos.
Bajo un árbol malvado
temblaba un pueblo miserable,
roto de sed
arrastrabáse el pájaro.

Ay, qué amarga dulzura.
Yo cantaba: ahora estoy mudo.
¡Por ti, patria pobre,
por esos pueblos de una sola calle
donde nunca caminó la dicha!

¡Patria, cómo creíste!
Ya se tragó al crepúsculo una araña.
Humeando estoy,
traigo en los bolsillos cadáveres,
loco, bruto, negro, clamo.

Acuérdate del Hombre,
acúerdate que el mar
se quitaba su máscara de olas
para jugar con nosotros en la arena.
Libértate, libértanos,
alza mi corazón del fango,
quita de mi pecho
tu pata de caballo ronco.
¡Malhaya patria que nos diste rostro
sólo para que corrieran lágrimas tan largas!

Patria diamantina

¡Ay, hermosa,
cuántas veces, desde lejos, te vi pasar!
Ibas tigre,
primavera,
interminable,
altísima en la espuma de las banderas,
ay, patria, perdido
entre los mendigos no te pude hablar.

Yo no sé si lo sabes,
yo no sé si te han dicho
lo que aquí se sufre:
sufre el día,
llora el mar enjaulado en la arena;
en la vasta noche
oigo quejarse a los peruanos,
desde antes de nacer óigolos quejarse.

Madre:
nos persiguen,
nos destierran,
nos ahogan;
sin metáfora, sin versos, sin sílabas:
ya no podemos más.
Y no lo digo por mí
sino por todos los que tienen que anudarse la corbata
aunque estén desesperados.
Lo digo por la muchacha
que nadie saca a bailar.

¡Pobrezas, sartenes, cucharas humilladas,
aullad por mi boca!
Yo soy la boca de quien no tiene boca.
¡Alguien tiene que morderse la calavera
para que sepan que esta tierra sufre!

Y no pueden las sirenas consolarme.
Es inútil que sonría la doncella.
Yo quiero que nadie llore en su cuartito.
Mientras alguien sude desgracia los domingos,
mientras alguien se ahogue si su sopa se derrama,
nadie puede consolarme.

Mientras el día se vaya del Perú
con el hocico lleno de sangre,
y la vida acorralada
suba como loca las paredes,
no puedo perdonar.

¡He de llorar hasta que digan
que estoy sentado al fondo del mar!

El desterrado

Cuando éramos niños
y los padres nos negaban
diez centavos de fulgor,
a nosotros nos gustaba
desterrarnos a los parques
para que vieran que hacíamos falta,
y caminaran tras su corazón
hasta volverse más humildes
y pequeños que nosotros.

¡Entonces era hermoso regresar!

Mas con el tiempo
encallan de verdad los barcos de juguete;
atravesamos túneles, deudas, años,
y son las tres de la tarde,
y no le sale el sol a la pobreza.

Un día, un impresor misterioso
pone la palabra "tristeza"
en la primera plana de los periódicos,
y caminando comprendemos
que estamos en una cárcel de muros movedizos.

Y es imposible regresar.

Gorrión dulcísimo

El Perú es un organismo enfermo:
donde se aplica el dedo brota pus.

Manuel González Prada

Perú, gorrión dulcísimo,
te oigo llorar,
¿qué pasa, qué está pasando?
El sol acongojado,
la verdura desolada,
el rocío deshecho,
el mar, la primavera,
ya no pueden con las lágrimas,
¿qué pasa, tierra mía, qué está pasando?

Ay, desgraciadamente,
Perú, con odio tu nombre escribo.
Talado está el árbol de los relámpagos,
seco está el río de los valientes.
Oh mendigo,
sirviente inmenso
que te arrastras ante los cerdos
que chapotean en esta gran charca de los gemidos.

Respóndeme:
¿fuiste torrente para ser pantano?,
¿en este pozo cayó mi alondra?,
¿en este cerdo acabó tu toro?
¿salieron del cobre los guerreros,
domaron ruiseñores,
imperios esmeraldas,
torres elevaron
para que tú, ahora, pordiosera,
te arrastres ante los sapos?
Pariste huracanes,
¿para ser mendiga,
la reina de los piojos?

¡No!
¡No traigan palomas!
¡Está la patria amarga!
¡Miradla!
¡Donde se pone el dedo salta pus!

¡Libértanos, patria!
No seas valiente
sólo para rompernos la boca,
y destrozar la muñeca de la niña,
y carcajearte de nuestros calcetines rotos.
Ay, más me valiera comer penumbra,
más valiera amarnos en el lodo con las sapas.

Ustedes tienen las tardes

Ustedes tienen las tardes,
siembran los hijos,
maduran los sueños,
cosechan los besos;
ustedes tienen las tardes,
pero no tienen patria.

Cuando un pueblo cae,
y los hombres callan,
y el Viento pregunta
y nadie responde,
y los hombres se enfangan
(amarran a la vergüenza)
y nadie se muerde el corazón llorando,
la patria se aleja,
se va con los humildes a comer destierros,
se pone terribles ropas pobres.

Porque ésta no es mi patria,
éstos no son sus ojos,
cambiaron su cara mientras dormía.
El pobre, el oscuro, el desterrado,
el que sobra siempre en la mesa,
son el Perú, oídme,
escuchadme clamar,
bajad a ver qué larga herida.
Yo soy la voz de los que nunca se quejaron,
el toro que hace siglos embiste en nuestra sangre.

Vengo a conmover las piedras más roncas,
¡alguien tiene que emocionarse con mi voz!
¡Santos, traidores, asesinos,
llorad sobre mi hombro!
¡Todos caben en el canto!

Yo os digo:
la patria no come pan malvado.
Mientras no me soltéis,
no entrará en vuestra casa.

No quiero cantar

No quiero cantar.
¿Para qué voy a cantar?
Meses manchados,
lágrimas quemadas
sollocé para que desencadenaras mi corazón
mientras tú lamías
las pezuñas que me humillaban.
¡Qué te importa que las cocineras
salen las sopas
para que sientan todos lo amargo de sus lágrimas!

Yo te quería.
¿Quién como yo te quería?
Yo temblaba
hasta cuando el rocío
mojaba tu dulzura,
pero no volveré a quererte.
Me voy,
¿me oyes?
¿siempre serás el hombre pobre,
la sonrisa deshabitada,
el pariente que avergüenza?,
¿eternamente
cubrirás mi amor de estiércol?

Pordiosera,
no vuelvas a buscarme.
Mientras seas la mujerzuela de los generales,
no vuelvas a buscarme.
No volveré.
No me pondré el traje hediondo.
Es inútil, es inútil.
No me busques,
estoy lejos.

Pueblos amados

Pueblos amados,
poetas fulgurantes,
padres remotos,
amigos queridos,
dais asco.
Me voy.
¡Que conste!
¡No me complico!

A mí no me vengan con la patria espuma.
La patria hiede,
desgraciadamente la patria vomita buitres.
¡A mí no me digan: "hay visitas"!
¿Hasta cuándo la patria
será el muro donde orinan los gendarmes?
Ay, ¿hasta cuando serás la ramera
con la que sólo se acuestan los borrachos?

¡Hagan lo que quieran!
Enfanguen al puro,
enjoyen al ladrón,
coronen al asesino,
enmierden al héroe,
cáiganse de risa.
¡Está bien, pero no me compliquen!

Ay, patria, ay, enemiga,
¿con qué me has mojado
que no puedo secarme?
Se me pasan los días
untando con tristeza los papeles,
marcando tu dolor se me pasa la vida.
Ya me apagué,
ya no soy nada,
no encuentro la palabra que te libre,
la voz que te alce, la luz que te limpie.

¿Qué pasa, amor mío?
He visto a los pueblos llorar en silencio,
caen los luceros podridos,
estoy viendo mi pecho llenarse de herrumbre.
¡Libértate, amada!
¡Asesina, levántate, te ruego!
Yo canto en vano si estás caída,
yo no soy nada si tú enmudeces,
estiércol soy si a ti te humillan.

Vuelve en ti, vagabunda.
No es verdad lo que digo.
Las praderas no pueden olvidarte.
Cuando nadie las mira, lloran las piedras.
Los corderos te extrañan, los borrachos te extrañan,
mi corazón te extraña.
Sácame del pecho las espinas,
borra los malos sueños,
enciende la Luz que no se extingue,
danos la libertad que no termina.

3 Espero la mañana

Los poetas

Ustedes, poetas,
¿qué creían?
Cantaban
bellísimas canciones;
en vuestra tarde hermosa
sólo sonaba
el murmullo amarillo de la fuente;
los poetas tejían
enredaderas de espuma
alrededor de las muchachas;
los poetas decían:
las aguas son transparentes
como si debajo agitaran candelabros encendidos. Aquí algo humeaba;
no era nada,
era gente desconocida;
el humo salía de los ojos del mundo,
quemaba cisnes, mataba flores,
y ustedes, poetas, cantaban.

¡Era difícil interrumpir la melodía!
Cómo iban los poetas a decir:
"No hay papas",
"Está sucia mi camisa",
"La niña llora por su pan descalabrado",
"No tengo para el alquiler",
"No puedo, vuelva a fin de mes".

Ay, poetas,
ahora el beso
en los labios se nos pudre;
muertos estamos
de comer barbudas aves.

En verdad, os digo:
antes de que cante el gallo,
lloraréis mil veces.

Antes del canto

Antes de la primera letra,
antes aun de la primera página,
yo escribí este libro.
Cuando era tan pequeño
que todo mi dolor cabía en un verso;
después, temblando entre los años,
cuando ya no bastaban
todas las tardes de muchas vidas.

Tal vez cuando comprendí
que la dicha era un remoto recuerdo de familia,
o cuando lavando el rostro padre
se me mojó la mano de tiniebla,
o cuando la patria empezó a salírseme a borbotones,
ardió en mí la primera cólera.

Lentamente,
ruina a ruina,
muerte a muerte,
mi corazón se pobló de herrumbre
y cuando llegó el día
me bastó abrir el pecho
para que salieran mis muertos queridos:
Alejo, interminable amigo,
Adela, tan dulce,
Pedro Marca, hoy sin boca,
Mariano, creciendo solo en su celda,
Ramiro y su corazón azul de tanto golpe,
gentes que amé desde la infancia,
¿dónde estaban?
Rotos,
llovidos,
hasta la última hilacha desgastados.
Ay, todos navegaban por la muerte,
yo estaba encallado entre los vivos.

Entonces
comprendí
que yo también moriría
si no alzaba en mis versos
la vida que demolía el incendio,
y escribí estas canciones
para que en otras vidas ellos fueran inmortales
y en alguna parte
volviera a crecer el talllo de sus risas rotas.

Una canción para mi abuelo

Abuelo: tú nunca fuiste feliz.
Temías que el viento
desbaratase tu corazón de ceniza.
Te recuerdo una tarde negra,
diciéndome con voz blanca:
ojalá no seas,
como yo, un hombre triste.
Abuelo:
la vida te parecía
un pozo de malos sueños.
Cuando pensabas en la abuela
te quemaba una hoguera sin luz.

Y Juan, el herrero,
Y Pedro, el sembrador,
(pájaros huesos
con quienes conversa tu lengua de hierba),
también creían
que la vida es un sueño confuso.
¡Qué lástima, abuelo,
que no supieras que la vida tiene otro color!

¿Me oyes, me escuchas?
La tristeza va a morir.
Ahora, cuando la alondra
surca el cielo,
algo rosado empapa el alma,
porque el ave
viene del color que tendrá la vida
cuando los humillados alcen la cabeza
y partan la dicha
en pedacitos que alcancen para todos;
¿me oyes, me escuchas?,
ardiendo
está el mundo donde te ahogabas.

Perdona, pues si te dejo,
pero me llaman, necesitan
mi mano para formar una ronda alrededor del mundo.
Mas luego volveré.
Cuando la Libertad abra sus alas
sobre mi país desesperado,
volveré.

Volveré con todos los nietos del mundo
en primavera, y abuela
y maría y paloma, todos los días vendremos
a regar la parcela de alba que nos toque.

Señores abuelos

Señores abuelos,
¡abuelos que no fuisteis mis abuelos!
¿De dónde sacabais fuerza
para seguir viviendo?
Cuando miro el pozo
adonde goteaba vuestra vida,
y toco las Señas
que el dolor dejaba en vuestros rostros
para que no se equivocara
el Gran Talador
legado el Tiempo del Buen Corte,
la blancura
anochece en mi garganta.

Oh, abuelos,
qué ceniza la vida,
qué difícil cerrar los ojos
sabiendo que los que iban a pudrirse
se quedaban arriba
pobrecitos,
tiritando,
mal parados en sus tobillos,
lluviosos,
solitarios,
con espinas.

Cesad, abuelos:
no se perdió nada;
todo lo oí,
lo recogí todo;
lágrimas,
desesperación,
fatiga,
salen de mis labios sonriendo.

A vosotros,
que sois la flor de las patatas,
a vosotros, labios de hierba,
os digo:
vuestros nietos cantarán.

Se van los malos.
La vida será, por fin, la vida.
¿Oís,
estáis oyendo?
Es la Libertad,
la patria, la dulzura, los amores.
Subid amados,
creced tranquilos,
cantad conmigo,
mirad la aurora.

Voy a las batallas

América,
aquí te dejo.
Me voy a las batallas.
Luchar es más hermoso que cantar.
Yo te digo,
a pesar del dolor,
a pesar de las patrias derrumbadas,
ama a los gorriones.
Yo sé que es difícil
hallar entre las tumbas un lugar para la risa.
Yo mismo, a veces, caigo,
y el viento
levanta mi cara como una alfombra rota,
pero aun en las celdas,
bajo la lluvia,
yo no perdí la fe.

Amigos,
aunque os golpeen,
jamás perdáis la fe;
aunque vengan días sucios,
jamás perdáis la fe,
aunque yo mismo os ruegue de rodillas,
no me creáis,
amad la vida,
¡guardad rocío
para que las flores
no padezcan las noches canallas que vendrán!
Sed felices, os ruego
salid de los cuartos sombríos,
sed felices para que yo no muera.
Yo no escribí estos cantos
para dar espuma a las muchachas.
Yo canté porque los dolores
ya no cabían en mi boca:
yo siempre estuve aquí
peleando con mastines de pavorosa nieve;
conozco todas las caras,
he visto a los deudores tratando
de meterse en sus zapatos cada amanecer.
¿Dónde no estuve?,
¿en qué pantano no bebí?,
¿a qué pozo malo no rodé?

Ay, a mi alma caían las cáscaras
que amargas cocineras pelaban.
Amigos: en mi corazón jamás reinó silencio,
yo oí todas las voces,
escuché a las sábanas quejarse,
supe cuando las ciradas escribían cartas de tristeza,
y cuando no llegó a tiempo el único pie del cojo,
y canté, América, los dolores,
y recliné en ti mi cabeza.
Mas ahora digo:
degollad la tristeza,
cantad frente al mar.
Dadme la mano, amigos,
Amo la tierra flaca
que me siguió cojeando a los destierros.
No quise confesarlo antes.
Era difícil,
me ahogaba el esqueleto,
el aire me dolía,
la voz me llagaba
pero ahora te amo.
No soy nada,
no soy herrero,
ni jinete, ni sembrador.
Yo sólo sé cantar, pero te amo:
¡también la aurora se construye con canciones!

¡Amigos,
os encargo reír!
Amad a las muchachas,
cuidad a los jazmines,
preservad al gorrión.
No me busquen amargos en la noche:
yo espero cantando la mañana.

Un gran viento se levanta.
Hay demasiado dolor.
Un gran viento se levanta.
He visto arder extraños ríos.
Un gran viento se levanta,
preparad la hoguera,
preparaos.

Aquí dejo mi poesía
para que los desdichados se laven la cara.
Buscadme cuando amanezca.
Ente la hierba estoy cantando.

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